Valentina llevaba toda la mañana practicando frente al espejo del baño del piso 18. No porque le encantara verse la cara—de hecho, eso solo le recordaba lo cansada que estaba—sino porque la bendita presentación del día siguiente se estaba convirtiendo oficialmente en su nuevo enemigo mortal.
Levantó la barbilla frente al espejo, respiró hondo y se lanzó:
—Buenos días, estimados inversionistas… —Pausa dramática. —Estoy aquí para presentarles…
¡CLAC!
La puerta del baño se abrió de golpe.
—Ay, no jodas… —murmuró Valentina, porque solo había una persona con esa capacidad de entrar a cualquier sitio como si fuera parte de un operativo secreto de la CIA.
Era Lucía.
Lucía, la reina del maquillaje perfecto, tacones de 12 centímetros, y la lengua más afilada de todo el edificio.
—¿Ensayando aquí? —preguntó con una ceja levantada, mirando a Valentina como si fuera una gallina tratando de aprender álgebra. —Cariño, si el baño te da pánico escénico, imagínate mañana frente a un grupo de millonarios aburridos.
Valentina quiso morirse ahí mismo.
—Lucía, necesito practicar en algún sitio donde Álex no pueda aparecer de la nada a decirme que mi respiración está desorganizada.
Lucía soltó una carcajada.
—Bueno, mínimamente deberías respirar.
Valentina rodó los ojos.
Lucía se acercó y le puso una mano en el hombro.
—Cálmate. Si Álex te eligió a ti, por algo será. Aunque…
—No sigas. —Valentina la interrumpió. —Ya sé que soy la opción más improbable desde que inventaron las opciones improbables.
Lucía sonrió con malicia.
—Solo digo que no es normal que el jefe de hielo confíe en alguien. Mucho menos en ti.
—Gracias, Lucía. Tu apoyo emocional será anotado en mi lista de traumas pendientes.
Lucía levantó las manos.
—Solo la verdad. Pero tranquila, yo te ayudo a ensayar.
Treinta minutos después, Valentina estaba parada frente a Lucía, sujetando unas diapositivas impresas que ya parecían sobrevivientes de una guerra.
Lucía estaba sentada en el borde del lavabo, mirándola con la misma expresión que un profesor resignado.
Valentina tragó saliva.
—Buenos días…
—Mala postura. Hombros atrás. Otra vez —ordenó Lucía.
Valentina respiró, enderezó la espalda y repitió.
—Buenos días, estimados inversionistas…
—Demasiado nerviosa. Parece que estás ofreciendo disculpas por existir.
Valentina cerró los ojos.
—ESTOY nerviosa. Y sí, a veces me disculpo por existir. —Suspiró dramáticamente. —No sé cómo voy a lograr esto.
Lucía rodó los ojos.
—A ver, Isa… tú eres tierna, dulce y adorable. Usa eso. Nadie sospecha de un osito de peluche. Apuntas a los inversionistas, haces ojitos, hablas bonito… ¡Boom! Presentación perfecta.
Valentina abrió la boca, horrorizada.
—No voy a coquetear con inversionistas septuagenarios. ¡No pienso usar mis ojos de gatito para seducir a nadie!
—Ay, tampoco te emociones, mi amor. No estás seduciendo a nadie. Estás sobreviviendo. —Lucía sonrió. —Mira, mañana yo te maquillo, te pongo linda, y tú solo lees tus números con claridad. Con eso basta. Ellos no muerden.
—¿Y si sí muerden?
—Pues muerdes tú primero.
Valentina soltó una risa nerviosa.
—Dios mío, estoy perdida.
Lucía apoyó una mano en su mejilla.
—Eres fuerte, Isa. Solo te faltan dos cosas: práctica… y aceptar que Álex no confía en cualquiera.
Valentina frunció el ceño.
—No entiendo por qué confía en mí. Yo ni siquiera confío en mí.
—Pues ya estás tardando —dijo Lucía con energía—. Ahora sigue. Desde el principio.
Valentina respiró hondo y se posicionó.
—Buenos días, estimados inversionistas. Soy Valentina López y hoy vengo a presentar…
—¡López!
Las dos se congelaron.
Ambas giraron al mismo tiempo hacia la puerta.
Ahí estaba Álex Montes, traje perfecto, expresión helada, y ojos intensos clavados en Valentina como si hubiera encontrado a su fugitiva favorita.
Valentina soltó un chillido muy poco profesional.
—¡¿Qué haces en el baño de mujeres?! —gritó tapándose la cara con los papeles.
Álex respondió con esa calma que solo él tenía:
—Hace cinco minutos que nadie responde en tu escritorio. Si vas a desaparecer, al menos que sea en un lugar donde pueda encontrarte.
Lucía, sin pudor alguno, dijo:
—Jefe, está ensayando. Bueno, intentando ensayar. Bueno… sobreviviendo. Ya usted la conoce.
Valentina habría vendido su alma por una trampilla en el suelo que se la tragara.
Álex entró un paso más. Las luces blancas del baño le daban un aura de villano de película.
—Necesitaba revisar contigo un cambio en la presentación.
—¡¿Un cambio?! —Valentina chilló. —¿AHORA? ¿A doce horas de la junta?
Álex la miró con paciencia sospechosa.
—Solo es un ajuste. Y no grites, Valentina. No estás en una feria.
Lucía susurró:
—Sí está. La feria de tu desesperación.
Valentina le lanzó una mirada asesina.
—¿Sabes qué, Lucía? Si un día desapareces misteriosamente, que sepan que fueron tus comentarios los que provocaron mi caída en la demencia.
—Ay, mi amor, tu demencia nació contigo —respondió sin inmutarse.
Valentina respiró hondo, apretó los dientes, y decidió ignorarla.
—Está bien, Álex… ¿qué necesitas revisar?
Álex extendió un folder hacia ella. Valentina lo tomó con manos temblorosas.
—Punto tres: cifras del último trimestre. Hay una actualización —explicó él.
Valentina lo revisó. Efectivamente, había un nuevo apartado con números ligeramente distintos.
—Puedo ajustarlo —dijo ella con un hilito de voz.
Álex la observó durante varios segundos. Valentina retrocedió un paso… porque ese hombre tenía la habilidad única de mirarla como si pudiera leer sus pensamientos. Y sus pensamientos en este momento eran un desastre, una jungla, un incendio forestal y un pan quemado.
—Valentina —dijo él finalmente—. Si necesitas ayuda, dímelo.
Lucía abrió los ojos como platos.
Valentina casi dejó caer los papeles.
—¿Cómo?
—Lo que escuchaste —respondió Álex. —No hay vergüenza en pedir apoyo si estás nerviosa.
Lucía tosió dramáticamente.
—¿Nerviosa? No, para nada. Solo ha temblado como flan en un terremoto.
—¡Lucía!
Álex la ignoró.
—Te estoy hablando en serio.
Valentina sintió el pecho apretarse. No sabía si era ansiedad, miedo, o la sensación incómoda de que Álex se estaba portando… demasiado humano.
—Puedo hacerlo sola —mintió descaradamente.
Álex dio un paso más hacia ella.
—No tienes que impresionar a nadie. Solo haz tu trabajo.
Valentina tragó saliva.
—¿Y si lo hago mal?
—Entonces lo corregimos. Juntos.
Lucía casi soltó un grito.
Valentina casi se desmayó.
Y Álex… Álex no parpadeó. Como si decir eso no hubiera sido la cosa más impactante del mes.
Valentina sintió que algo en su interior se movió. Algo que no debía moverse. Algo que no quería mover.
—Está bien… —dijo ella—. Practicaré.
Álex asintió.
—Bien. Envíame la versión revisada en una hora.
Y salió del baño como si hubiese venido a revisar el inventario, no a presenciar el colapso psicológico de su empleada.
Lucía fue la primera en recuperar la voz.
—¿Ves? Ese hombre te mira como si fueras algo más que un desastre con piernas.
Valentina puso una mano en la pared para no caerse.
—Si tú sigues hablando, te juro que voy a ofrecerte en sacrificio a los inversionistas.
Lucía sonrió ampliamente.
—Ay, Isa… te tiembla el alma. Y no es por la presentación.
Una hora después, ya en su escritorio, Valentina revisó el archivo por enésima vez.
Le latían las sienes. Tenía las manos frías. Y el estómago revuelto.
El correo estaba listo para enviar.
Solo faltaba un clic.
Un miserable clic.
Pero antes de que lo presionara…
Un nuevo mensaje entró.
De Álex.
Ella lo abrió, temblando como si fuera una bomba.
“Pasa por mi oficina cuando lo tengas listo.
Quiero revisar algo más contigo.”
Valentina tragó duro.
Algo más.
¿Algo… qué?
Su respiración se aceleró.
¿Qué más podía querer Álex antes de la presentación?
Y más importante…
¿Por qué sentía que este “algo más” podía cambiarlo todo?