Valentina jadeaba, con la escoba temblando en la mano y el delantal completamente cubierto de salsa, harina, restos de pollo mutante y un líquido viscoso que parecía tener vida propia. Alejandro estaba a su lado, empuñando la sartén como si fuera su última defensa ante el apocalipsis culinario. La cocina se había transformado en un escenario caótico digno de una película de desastre, solo que más ridícula y peligrosa.
El pollo mutante graznaba amenazante, mientras los camarones estrategas formaban escuadrones de ataque, y el líquido viscoso burbujeaba violentamente, cubriendo el suelo y haciendo que cada paso fuera un riesgo de resbalón. Valentina y Alejandro intercambiaron una mirada, conscientes de que la situación había superado todo límite imaginable.
—Vale… —susurró Alejandro, frunciendo el ceño—. Esto… esto ya no es normal.
—Claro que no lo es —respondió Valentina, mientras esquivaba un camarón que intentaba saltar sobre su hombro—. Pero tú y yo hemos decidido que vivir en el caos absoluto es nuestro estilo de vida.
—Mi estilo de vida —dijo Alejandro con solemnidad—. Impecable. A diferencia de tu sentido de la lógica, que desapareció con la primera explosión de pesto.
—¿Mi sentido de la lógica? —replicó Valentina—. Por favor, el tuyo se quedó en la oficina con la última junta de accionistas, ¿recuerdas?
—Eso era estrategia —contestó Alejandro—. Estrategia pura y calculada.
El pollo mutante avanzaba lentamente hacia la encimera, graznando con fuerza, mientras los camarones se movían en formación perfecta, preparados para atacar desde cualquier dirección. El líquido viscoso burbujeaba alrededor de utensilios y electrodomésticos, convirtiendo la cocina en un verdadero campo minado resbaladizo.
—Vale… —susurró Alejandro—. Necesitamos un plan maestro. Esto ya no es un desastre, es una guerra.
—Plan maestro… —repitió Valentina con sarcasmo—. La última vez tu plan maestro terminó en harina, vino derramado y camarones colgados de la lámpara.
—¡Funcionó parcialmente! —protestó Alejandro—. Parcialmente, no digas que fracasó por completo.
—Parcial… —replicó Valentina—. Sí, parcial como tu paciencia cuando un pollo gigante decide que tu brazo es su enemigo.
Ambos se lanzaron a la acción. Valentina intentaba dirigir al pollo mutante hacia la puerta del balcón con la escoba, mientras Alejandro atrapaba camarones y los lanzaba fuera de la cocina con movimientos precisos. Cada intento parecía desencadenar una reacción aún más caótica: el pollo graznaba con furia, los camarones organizaban maniobras tácticas y el líquido viscoso formaba remolinos que amenazaban con engullirlos a ambos.
—¡Este camarón tiene más agilidad que tú! —gritó Valentina mientras esquivaba un salto inesperado—. Y tú te crees CEO invencible… ja.
—¡Oye! —respondió Alejandro—. No me compares con un marisco ninja. Mi dignidad aún está intacta.
—Intacta… —replicó Valentina—. Claro, intacta como tu ego cuando un pollo gigante te pica el hombro en plena batalla.
El paquete flotante del delivery comenzó a vibrar violentamente, derramando más líquido sobre la encimera y los utensilios, generando nuevos obstáculos. Los camarones aprovecharon el desorden para atacar desde todos los ángulos, mientras el pollo mutante se preparaba para un golpe devastador.
—Alejandro… —dijo Valentina—. Esto ya no es cocina, esto es un apocalipsis en miniatura.
—Sí… —respondió él—. Y si sobrevivimos, nuestra historia será épica, ridícula y absolutamente inolvidable.
El teléfono de Valentina vibró. Un mensaje del cliente misterioso apareció:
**Cliente:** “Recibí otra caja… el pollo mutante tiene cinturón n***o, los camarones forman escuadrones tácticos y el líquido viscoso parece tener mente propia. ¿Es esto una conspiración mundial?”
Valentina levantó la mirada hacia Alejandro.
—Creo… —dijo—. Que nuestro legado culinario ha alcanzado un nivel inimaginable.
—Otro nivel… —repitió Alejandro—. Sí, el nivel “épico, peligroso y completamente imposible de sobrevivir”.
El pollo mutante graznó, los camarones se alinearon y el líquido viscoso burbujeó con fuerza. Ambos entendieron que la verdadera batalla aún no había comenzado, y que lo que estaba por venir pondría a prueba su ingenio, valentía y coordinación al límite.
—Vale… —dijo Alejandro—. Necesitamos un plan B.
—Plan B… —repitió Valentina—. Sí, claro. Porque tu plan A consistió en gritar y lanzar harina.
—¡Funcionó parcialmente! —contestó él—. Parcialmente, no seas cruel.
Valentina suspiró, ajustó su escoba y se preparó. Sabía que esta vez no había margen de error. El pollo mutante estaba acorralado temporalmente, pero claramente planeaba su próximo movimiento. Los camarones se movían con precisión militar y el líquido viscoso formaba figuras con vida propia.
—Alejandro… —dijo Valentina, esquivando un salto del pollo—. Si esto se descontrola, nuestra vida juntos pasará a la historia como la más ridícula y épica de todas.
—Sí… —replicó él, con una sonrisa torcida—. Pero si sobrevivimos, será una historia digna de contar… o de grabar para reírnos después.
De repente, un golpe seco proveniente del balcón los hizo saltar. Una sombra enorme se movía frente a la ventana, proyectando una figura que prometía caos absoluto. Alejandro y Valentina supieron que no era ni pollo ni camarón… algo más estaba entrando en escena, listo para complicar aún más la situación.
—Vale… —susurró Alejandro, ajustando la sartén—. Esto no termina bien si no descubrimos la fuente del caos.
—Fuente del caos… —repitió Valentina—. Sí, claro. ¿Dónde encontramos eso? ¿En el manual de cocina apocalíptica?
—Tal vez… —contestó Alejandro—. O tal vez sea algo que ni los chefs legendarios podrían manejar.
El pollo mutante graznó de nuevo, los camarones se organizaron y el líquido viscoso burbujeó intensamente. Alejandro y Valentina intercambiaron una mirada: la verdadera batalla estaba por comenzar y lo que se avecinaba sería épico, peligroso… y absolutamente ridículo.
—Vale… —dijo Alejandro—. Prepárate… porque la próxima sorpresa será más grande que nosotros, más grande que esta cocina… y probablemente más loca de lo que jamás imaginamos.
Valentina apretó la escoba y sonrió nerviosa: sabía que el caos más épico estaba por llegar, y esta vez ni los camarones, ni el pollo, ni el misterioso líquido serían los únicos protagonistas de la locura que se avecinaba.
En ese momento, un ruido ensordecedor proveniente del balcón los hizo saltar. La sombra frente a la ventana se movía con rapidez, y ambos comprendieron que el siguiente desafío sería el más grande y absurdo hasta ahora.
—Alejandro… —dijo Valentina, con mezcla de miedo y emoción—. Creo que nuestra batalla culinaria apenas comienza… y esta vez, el delivery tiene un as bajo la manga que ni nosotros podemos prever.
—Sí… —respondió Alejandro—. Y si sobrevivimos, te prometo que celebraremos… aunque probablemente con comida enlatada, lejos de la cocina.
El pollo mutante graznó, los camarones se organizaron y el líquido viscoso burbujeó con intensidad. Alejandro y Valentina intercambiaron una mirada: el próximo movimiento decidiría quién sobreviviría en esta guerra de ingredientes rebeldes y cuál sería la magnitud de la locura que los esperaba…
Y justo cuando la sombra comenzó a moverse dentro del departamento, un chirrido metálico anunció que lo que se avecinaba superaría cualquier desastre anterior. Alejandro apretó la sartén y Valentina la escoba: la guerra épica y ridícula de la cocina estaba a punto de alcanzar su clímax…
La puerta del balcón se abrió de golpe, y un viento extraño arrastró utensilios, cajas y el líquido viscoso, anunciando que el misterio del delivery rebelde estaba a punto de revelarse por completo.
—Vale… —susurró Alejandro, con voz temblorosa pero decidida—. Esto… esto apenas empieza.
Valentina apretó la escoba y sonrió nerviosa: sabía que la locura final estaba por llegar, y que esta vez, nada ni nadie podría predecir quién saldría victorioso… o al menos, intacto.
El escenario estaba listo, el caos alcanzó su punto máximo, y la batalla más épica, absurda y cómica del delivery apocalíptico estaba a punto de comenzar.