Valentina jadeaba, con la escoba en mano y el delantal completamente cubierto de salsa, harina y un misterioso líquido viscoso que parecía tener voluntad propia. Alejandro, a su lado, sostenía la sartén como si fuera la última línea de defensa ante el apocalipsis culinario. La cocina era un verdadero campo de batalla: el pollo mutante graznaba con furia, los camarones formaban escuadrones tácticos y el líquido viscoso burbujeaba como si respirara. —Vale… —susurró Alejandro, frunciendo el ceño—. Esto ya no es normal. —Claro que no lo es —replicó Valentina, esquivando un salto del camarón que se dirigía directo a su hombro—. Pero tú y yo decidimos que vivir en el caos es nuestro estilo de vida. —Mi estilo de vida —dijo Alejandro con solemnidad—. Impecable. A diferencia de tu sentido de la

