Capítulo 35: La Amenaza del Delivery Fantasma

1107 Words
Valentina se quedó paralizada. La puerta del departamento estaba entreabierta, y del otro lado se escuchaba un ruido extraño, metálico, como si alguien arrastrara una cadena. Alejandro, con sus típicos gestos de CEO frío pero con una pizca de miedo evidente, se adelantó con cautela. —Vale… —susurró—. No sé qué hay ahí, pero tengo la sensación de que no son nuestros camarones rebeldes. Valentina arqueó una ceja, mientras sostenía una espátula como si fuera su única arma de defensa. —¿No son nuestros camarones? —replicó, con sarcasmo—. Entonces… ¿qué clase de desastre nos espera ahora? Alejandro abrió un ojo con expresión calculadora: —Si esto es otra sorpresa tuya, te advierto que mi paciencia tiene un límite. —Mi paciencia también —respondió Valentina—. Y justo ahora está a punto de explotar con olor a pollo y vino tinto. El pasillo estaba oscuro, iluminado apenas por la luz de la cocina que se colaba desde dentro. Avanzaron con cuidado y justo cuando pensaban que todo estaba bajo control, una sombra se movió veloz frente a ellos. Un paquete grande, que claramente no había estado antes, parecía deslizarse por sí solo hacia la cocina. —¿Qué demonios…? —murmuró Valentina, retrocediendo un paso—. Esto… esto no tiene sentido. —Claro que tiene sentido —replicó Alejandro, cruzándose de brazos—. Es la nueva era del delivery: ahora los paquetes vienen con autonomía. Valentina lo miró incrédula. —Autonomía… o invasión extraterrestre culinaria, más bien. Porque si esto se mueve solo, necesitamos un ejército, no una espátula. Alejandro soltó una risa nerviosa, mientras se acercaba al paquete con cautela. Al abrirlo, un olor extraño llenó la cocina. Pollo, camarones y algo más… algo desconocido que parecía burbujear por sí solo. —Vale… —dijo Alejandro, levantando la espátula como escudo—. Creo que esto es… peor de lo que imaginé. Valentina asintió, mientras un par de camarones saltaban de la caja, como si estuvieran organizando su siguiente ataque. —Peor… sí —replicó—. Porque hasta ahora pensábamos que la cocina podía ser peligrosa solo con ingredientes rebeldes, pero ahora tenemos una amenaza… flotante. El pollo, todavía con actitud desafiante de la batalla anterior, se lanzó hacia la encimera, seguido por los camarones, que parecían moverse estratégicamente como un ejército entrenado. Alejandro y Valentina intentaron capturarlos, pero el paquete flotante se movía con rapidez imposible, esquivando cada intento. —¿Esto es un entrenamiento secreto de tus ingredientes o qué? —gritó Valentina mientras lanzaba harina a los camarones. —Entrenamiento secreto —replicó Alejandro—. Sí, porque si esto no fuera épico, simplemente sería aburrido. Valentina rodó los ojos, pero no tuvo tiempo de responder. Una burbuja extraña se escapó del paquete, explotando sobre la encimera y cubriendo a ambos de un líquido viscoso. Alejandro resopló mientras Valentina reía, aunque con un toque de pánico. —¡Perfecto! —exclamó Valentina—. Ahora estamos pegajosos y con olor a pollo asesino. ¡Justo lo que necesitaba para terminar el día! —Sí —contestó Alejandro—. Porque nada dice “romance” como una pelea con camarones, pollo y… ¿qué demonios es esto? Valentina lo miró con una mezcla de horror y diversión. —No lo sé… pero estoy empezando a pensar que nuestra vida juntos será así: caos total, risas y alguna sustancia misteriosa en la encimera. —Exacto —dijo Alejandro, atrapando un camarón con una sartén—. Y si sobrevives a esto, puedes sobrevivir a cualquier cosa. —Oye… —replicó Valentina, mientras otro camarón saltaba sobre su cabeza—. No me compares con un camarón ninja que casi me deja ciega. —Claro que no —respondió Alejandro—. Solo digo que ambos somos supervivientes natos… aunque uno tenga más plumas y otro más ego. Valentina suspiró, mientras trataba de concentrarse en la batalla. El paquete flotante se movía de un lado a otro, y los camarones continuaban su ataque estratégico. Alejandro intentaba contenerlos con las manos y la espátula, mientras Valentina lanzaba harina y risas por igual. —Vale… —dijo Alejandro, resoplando—. Creo que necesitamos un plan B. —Plan B… —replicó Valentina—. Sí, porque tu plan A consistía en gritar y esperar que el perro resolviera todo. Y claramente no funcionó. —Oye… —dijo Alejandro—. El plan A tuvo éxito parcial. Solo parcial, no te atrevas a desacreditarlo. Valentina soltó una carcajada, mientras otro camarón saltaba sobre su hombro. —Parcial… sí, seguro. Tu parcialidad es lo único que sobrevive a esta cocina de locura. Mientras ambos luchaban con los ingredientes rebeldes, el teléfono de Valentina vibró nuevamente. Un mensaje llegó del cliente misterioso: **Cliente:** “Acabo de abrir la tercera caja… y creo que los camarones están planeando un golpe de estado. Por favor, díganme que esto es una broma.” Valentina miró a Alejandro, con los ojos desorbitados. —Creo… —dijo—. Que nuestro legado culinario ha alcanzado otro nivel. —Otro nivel… —repitió Alejandro—. Sí, el nivel “épico y completamente imposible de sobrevivir”. El pollo, como si entendiera sus palabras, se lanzó hacia el centro de la cocina, seguido por los camarones estratégicos y la misteriosa sustancia que ahora parecía tener vida propia. Alejandro y Valentina intercambiaron una mirada. Sabían que esta vez la situación no era solo un desastre culinario: era una invasión completa. —Vale… —susurró Alejandro—. Creo que la próxima ola no será solo épica… será apocalíptica. —Sí… —replicó Valentina—. Y lo peor es que ni siquiera sabemos si los vecinos sobrevivirán para contarlo. En ese instante, un ruido metálico proveniente del paquete flotante hizo que ambos saltaran. Sabían que, después de todo, esta guerra de delivery apenas comenzaba, y lo que estaba por venir pondría a prueba no solo su habilidad culinaria, sino también su ingenio, valentía… y paciencia mutua. —Alejandro… —dijo Valentina, con una sonrisa nerviosa—. Creo que esta vez la cocina nos tiene una sorpresa que ni tú podrás controlar. —Sí… —respondió él, agarrando la espátula con determinación—. Pero si sobrevivimos, prometo que será la historia más épica de nuestras vidas… o al menos, la más ridícula. Y con los ingredientes rebeldes organizándose para su próximo ataque, Valentina y Alejandro se prepararon para enfrentar la amenaza más extraña y cómica que jamás hubieran imaginado, mientras el misterio del delivery aún mantenía su último as bajo la manga.
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