"Aquella noche, como acostumbraba, salí del Dungeon a caminar por la ciudad. Varios chicos se me acercaron, rodeándome. Andaba bastante cansada, por lo que no pude escapar de ellos, y me limité a quedarme quieta. Uno de ellos me cogió de la muñeca con fuerza, y comencé a gritar y a balbucear ayuda. Entonces apareció. Un joven con una melena castaño oscuro comenzó a propinar a diestro y siniestro puñetazos y golpes a aquellos maleantes, recibiendo él también diversos golpes por parte de ellos. Finalmente, aquellos maleantes se marcharon, dejando al joven con heridas leves, pero heridas al fin y al cabo. Me acerqué a aquel joven que acababa de ayudarme, corriendo, echando un vistazo a sus lesiones e insistí en que viniera conmigo para sanarlo. Tras mucha insistencia, le ayudé a llegar al Dungeon. Entramos dentro y saludo a la dependienta con una leve sonrisa y subimos a la buhardilla.
-Siéntate en la cama mientras voy a por el botiquín.
Bajé de nuevo a pedirle a la dependienta el botiquín de primeros auxilios y subí de nuevo con este. Me senté a su lado en la cama y con mucha delicadeza le desinfecté las heridas con algodón y agua oxigenada. Cuando hube acabado, sonreí mirándole a los ojos.
-Muchas gracias. –Me agradece el joven con una sonrisa en los labios, que, sin saber el motivo, me hizo sonrojarme.
Me detuve en observarle, su vestimenta y su mochila. Despertaba en mi cierta curiosidad. La mesonera, es decir, la dueña del local, aparece con unos bocadillos y nos hace entrega de ellos. Esa mujer era para mi como una madre. El joven coge el bocadillo y se acaricia la nuca con levedad. Observándole, una sensación extraña recorría mi cuerpo. Agité la cabeza repetidas veces y señalo su mochila.
-Perdona por mi pregunta, pero, ¿Y esa mochila?
El joven desvía la mirada hacia la mochila y me mira seguidamente a los ojos, con una sonrisa en los labios, pero visiblemente gris.
-Soy como un caracol; llevo mi casa a cuestas. –Ríe con levedad y dejando escapar de entre sus labios un suspiro.
Me entristeció el escuchar aquello. Supuse que no era la única en esas condiciones. Me contó en ese momento que había pasado toda su vida de orfanato en orfanato hasta que logró escapar de allí. Me conmocionó aquella historia, pues era similar a mi propia experiencia. Le pedí que se quedara a pasar la noche allí, conmigo, pues de alguna forma debía agradecerle el haberme ayudado, y qué menos que cederle un cobijo donde pasar la noche. Se negó, no quería molestar, pero soy una persona muy cabezota y, finalmente, logré convencerlo. Pasó la noche allí, conmigo. Dormimos en la misma cama. Esa noche tuve una pesadilla. Lo recuerdo muy bien. Me separaban de pequeña de mi mejor amigo, la única familia que tenía. Desde hacía mucho tiempo, no dejaba de soñar con ello. Me desperté gritando y llorando, con la respiración agitada. El joven se despertó sobresaltado, bastante preocupado, y yo me limité a abrazarle y acurrucarme en sus brazos. Pasé el resto de la noche abrazada a él. A día siguiente, se preparó para irse. Ese chico tenía algo que me obligaba a detenerle, a impedir que se alejara de mi lado.
-Quédate conmigo. –Musité cogiéndole de la mano, cuando este se disponía a irse.