Lloré desconsoladamente toda la noche, abrazada a él. A la mañana llamé a la policía y estos acudieron de inmediato. Vi como cargaban el cuerpo en una camilla, como lo tapaban con un plástico y cómo se lo llevaban de aquel lugar. Uno de los policías se me acercó a realizarme una serie de preguntas.
-¿Qué a pasado?
-No lo sé. Mi mejor amigo a muerto, y no se ni cómo ni por qué.
-¿Dónde están tus padres?
-No tengo.
-¿Y tu tutor legal?
-Era él.
Después de aquello, fui enviada de nuevo a un orfanato, donde pase unos meses hasta, al fin, cumplir la mayoría de edad. Nunca pregunté que fue lo que le pasó a Adam. Tampoco quería saberlo. Pasó y ya está. No quería remover aquello. Al salir del orfanato, fui directa al cementerio, y busqué entre las tumbas su nombre, hasta que di con la suya. "Adam Cooper, 1995-2013". Suspiré con fuerza y aguanté las lágrimas. Pasé una mano por encima de la lápida, notando como un escalofrío me recorría todo el cuerpo. Eché un vistazo a mi alrededor y volví a depositar mi mirada en su nombre. Aun no podía creerme todo aquello.
-Te quiero, Adam. –Susurré.
-Te quiero, Alice. –Escuche.
No se si esa contestación fue el rugir del viento, pero me hizo sonreír. Me alejé de la tumba a pasos lentos, sin mirar atrás hasta que llegué a la puerta. Por un momento creí verle en pie al lado de su tumba, pero, en un parpadeo, esa imagen se desvaneció, junto con uno de mis suspiros. Volví después al Dungeon e intenté vivir una vida normal."
Y aquí estoy, después de tres años de aquello, en el prado junto al lago, donde solíamos ir juntos, donde pasábamos las horas muertas. No pude evitarlo, el dolor me pudo. Amarré unas pastillas y me las tomé. Y al fin, junto con Adam, vuelvo a ser una chica feliz.