Capítulo 6: Condenado a muerte

1214 Words
El amanecer llegó demasiado rápido, recordándome que no podía escapar de mi destino. La puerta de la celda se abrió con un chirrido áspero y la luz gris de la mañana inundó el pequeño espacio de piedra. Dos lobos del consejo me esperaban en el umbral, con miradas reprobatorias. —Es hora, Remus. No respondí. Me puse de pie lentamente y caminé hacia ellos sin oponer resistencia. El aire frío de la mañana golpeó mi rostro cuando salimos al exterior. El patio de la casa del Alfa estaba lleno. Toda la manada se había reunido. Lobos de todas las edades observaban en silencio mientras me conducían hasta el centro del círculo que habían formado. Nunca me había sentido tan expuesto. Había entrenado en ese mismo lugar desde que era un cachorro. Allí había luchado, celebrado victorias, aprendido lo que significaba pertenecer a una manada. Ahora estaba allí… como un criminal, como un traidor. El consejo de ancianos se encontraba frente a la casa principal. Cinco lobos sentados en sillas de madera, con rostros severos y miradas frías como el hielo. A su lado estaba mi padre, el Alfa del norte. Su expresión era de piedra, no había rabia en su rostro, ni siquiera tristeza. Solo autoridad. Entre la multitud distinguí a mi madre. Su mirada estaba fija en el suelo. Y un poco más atrás… Maya. Sus ojos estaban clavados en mí, pero no fui capaz de mirarla. Gracias a mí ahora ella tendría una mala reputación, y sería obligada a buscar a otro lobo de menor estatus social, tal vez al beta o un gamma. Los lobos que me escoltaban me obligaron a arrodillarme y el murmullo entre la manada creció como un viento inquieto. Uno de los ancianos se puso de pie. Era el más viejo del consejo, un lobo de pelaje gris que llevaba décadas aconsejando a los Alfas. Su voz resonó con claridad en el patio. —Remus, hijo del Alfa del norte —levanté la mirada—. Se te acusa de cruzar la frontera hacia territorio enemigo sin autorización. Un murmullo recorrió la manada, como si todos tuvieran el derecho de decidir mi destino, de juzgarme. —Se te acusa también de interferir con los asuntos de la manada del sur —el silencio volvió—. Y se te acusa de anteponer tus intereses personales a la seguridad de tu manada. Cada palabra caía sobre mí como una piedra. —¿Reconoces estas acciones? No tenía sentido mentir. —Sí. El anciano asintió lentamente. —Entonces reconoces haber roto las leyes que rigen a las manadas. —Sí. El murmullo se intensificó. El anciano cruzó las manos detrás de la espalda. —¿Tienes algo que decir en tu defensa? Durante un momento, observé a los lobos que me rodeaban. Había rostros conocidos por todas partes. Amigos de la infancia, compañeros de entrenamiento, lobos que habían creído en mí como futuro Alfa. Ahora ninguno de ellos me miraba igual. Respiré hondo. —No me arrepiento. El silencio inundó la sala por completo. El anciano frunció el ceño. —¿No te arrepientes de traicionar a tu propia manada? —No traicioné a mi manada —mi voz fue más firme de lo que esperaba—. Protegí a alguien que no tenía culpa de esta guerra. Los murmullos regresaron. El anciano me observó durante varios segundos y luego miró al resto del consejo. Hablaron en voz baja entre ellos. Sabía cuál sería la decisión. Mi padre ya lo había dicho. Muerte. Finalmente el anciano volvió a ponerse de pie. —Las leyes de las manadas son claras —el viento sopló entre los árboles, moviendo las hojas con un susurro inquietante—. La traición se paga con sangre. Mi estómago se tensó. El anciano continuó: —El consejo ha tomado una decisión… Remus, hijo del Alfa del norte, serás condenado a muerte. Un murmullo sacudió a la manada. Mi madre levantó la cabeza con un gesto de dolor. Pero yo no sentí miedo, solo una calma extraña. Porque en ese momento pensé en Nalire, en el pequeño latido que había escuchado en su vientre. Si mi muerte los protegía… valía la pena. Pero entonces algo cambió. Una voz conocida se deslizó entre la multitud. —La muerte no es su destino —susurró. Un escalofrío recorrió el patio. Todos giraron la cabeza. La vieja bruja estaba allí, en carne y hueso. Se encontraba de pie cerca del borde del círculo, envuelta en telas oscuras, con sus ojos brillando como brasas. El consejo frunció el ceño. —Este no es asunto tuyo, anciana —gruñó uno de los lobos. Pero ella no apartó la mirada de mí. —La sangre del heredero no debe derramarse —el viento se levantó, agitando su cabello gris—. Porque el destino de las manadas aún no ha nacido. Los murmullos estallaron. El anciano del consejo golpeó su bastón contra el suelo. —¡Silencio! El patio volvió a quedar en calma. —Habla con claridad, bruja —ordenó. Ella inclinó ligeramente la cabeza. —Si matan al heredero… condenarán a las manadas a la ruina. Mi padre dio un paso adelante. —Mi hijo ha traicionado a su manada —su voz fue fría como el hielo. —Tu hijo aún tiene un papel que cumplir —los ojos de la bruja recorrieron el patio lentamente—. Un día, de su sangre nacerá el lobo que cambiará el destino de todas las manadas. El silencio se volvió absoluto. Los ancianos intercambiaron miradas inquietas. En nuestra cultura, las profecías nunca eran tomadas a la ligera. Finalmente el anciano del consejo suspiró. —Las leyes de las manadas son claras… pero también lo son las señales del destino —se volvió hacia mi padre—. Alfa del norte, la decisión final te pertenece. Todos los ojos se posaron sobre él. Mi padre me observó durante largos segundos. Su mirada era dura, pero algo en su expresión había cambiado. Tal vez el miedo a desafiar una profecía. Finalmente habló. —Remus, hijo mío… —su voz resonó en todo el patio—. Has deshonrado a tu manada. Ya no eres digno de caminar entre nosotros, pero no morirás hoy —un murmullo recorrió a la multitud—. A partir de este momento… Quedas desterrado. El silencio fue total. —Tu nombre será borrado de esta manada —sentí algo romperse dentro de mi pecho—. No podrás regresar a este territorio jamás —su voz fue implacable—. Y si vuelves a cruzar nuestras fronteras… La sentencia de muerte se cumplirá. Los lobos que me sujetaban me soltaron, pero nadie se acercó a ayudarme a levantarme. Ya no era uno de ellos. Ya no tenía manada. Ya no tenía hogar. Me puse de pie lentamente. Por un instante, mis ojos buscaron a mi madre. Las lágrimas brillaban en los suyos. Luego miré a Maya. Su expresión era imposible de leer. Finalmente levanté la mirada hacia mi padre, pero él ya se había dado la vuelta. La decisión estaba tomada, y en ese momento entendí algo. Había perdido todo, pero aún me quedaba una razón para seguir caminando. Nalire y el hijo que aún no había nacido.
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