CAPITULO 1: El Reino del Caos y la Reina de Corazón de Hielo
The Heights Tower, Manhattan. Penthouse de los Moretti.
—¡No! ¡No! ¡Y no!— El grito agudo de Mila Moretti rebotó en las paredes de cristal que daban al skyline de Nueva York, desafiando la serenidad del amanecer—. ¡Ese no es el lazo correcto! ¡Tiene que ser rosa rosa, no rosa sucio!
Mila, con solo cinco años y la fuerza de un huracán categoría cinco, estaba parada sobre su cama con dosel, que parecía una versión miniatura del trono que en sus fantasías infantiles —alimentadas por las imágenes de reinas y princesas que tanto le gustaban— ella ya poseía. Llevaba un vestido rosa pálido que la hacía parecer un ángel, pero en sus manos, ese ángel sostenía un zapato que estaba a punto de convertirse en un proyectil de precisión.
Frente a ella, una mujer de mediana edad, con el uniforme de niñera que ya le quedaba grande debido al estrés de las últimas tres semanas, trataba de mantener la compostura. Marta, la decimotercera niñera en dos años, tenía una expresión de desesperación que podría haber ganado un Óscar.
—Mila, mi amor, por favor... Tu papá tiene una reunión importante esta mañana. El lazo rosa sucio... quiero decir, rosa pálido, es el que combina con el vestido. Y ya vamos tarde...
Mila frunció el ceño, el mismo ceño que su padre, Enzo, usaba para cerrar acuerdos de mil millones de dólares. Levantó el zapato.
—¡Mi papá dice que yo soy la reina! Y una reina no usa un lazo del color del moco de un unicornio enfermo!— bramó Mila, la lógica de cinco años en plena acción—. ¡Eres una campechana que no sabe nada de estilo! ¡Y no me digas "amor"!
El zapato salió volando, fallando por centímetros la cabeza de Marta, quien dejó escapar un jadeo que fue mitad susto y mitad indignación pura. En ese momento, la puerta de la habitación se abrió de golpe, y una figura alta, desaliñada pero innegablemente imponente, apareció. Enzo Moretti, con su barba de tres días y la camisa a medio abotonar, miró la escena con una mezcla de agotamiento y un dolor de cabeza que amenazaba con estallar.
—¿Qué está pasando aquí?— su voz era baja, pero con ese tono de autoridad que hacía temblar a sus empleados, aunque a su hija solo parecía darle más cuerda.
—¡Papá! ¡Marta me quiere poner el lazo feo!— Mila corrió hacia él, sus ojos azules, idénticos a los de él, fingiendo lágrimas con una maestría que Valeria, su madre ausente, habría envidiado.
Enzo suspiró, frotándose la sienes. Miró a Marta.
—Marta...
La niñera, que ya estaba reuniendo las últimas migajas de su dignidad, dio un paso adelante. Sus manos temblaban.
—Señor Moretti, he aguantado mucho. He aguantado que me diga que soy gorda, que me lance comida, que me esconda las llaves... Pero ya me cansé. Me cansé de lidiar con una campechana malcriada como ella. Prefiero renunciar y trabajar de cajera en un supermercado que soportar un día más de esto.
La palabra "campechana", usada ahora por la niñera en contra de su hija, pareció tensar el aire en la habitación. Mila, sorprendida por la rebelión, guardó silencio, mirando a su padre.
—¿Marta?— Enzo intentó razonar, pero la decisión de la mujer era definitiva.
—No, señor Moretti. No más. Me voy. Ahora mismo. Y créame, lo único que esa niña necesita no es otro lazo o un vestido nuevo. Necesita a alguien que la ponga en su lugar.
Marta se giró, ignorando a Mila por primera vez, y salió de la habitación, el sonido de sus pasos resonando como la sentencia final del reinado de Mila... al menos por hoy.
Enzo se quedó solo con su hija. Miró hacia abajo. Mila lo observaba, su pequeño rostro aún fingiendo tristeza, pero en el fondo de sus ojos, Enzo pudo ver la chispa del triunfo. Había ganado de nuevo.
—¿Te vas a poner el lazo rosa fucsia ahora, papá?— preguntó ella con una inocencia que era dolorosamente calculada.
Enzo se dejó caer en el borde de la cama, derrotado. Cerró los ojos. Sabía lo que venía. Su madre, la abuela Isabella, llegaría pronto de Italia, y lo único que ella diría sería: "Te lo dije, Enzo. Un hombre no puede criar a una niña solo".
Y lo peor era que, en ese momento, Enzo empezaba a temer que ella tuviera razón.