CAPITULO 6: Coronas de Hierro y Lenguas de Víbora

2141 Words
Sede de Van Doren Constructions. Piso 50. La situación en el despacho de la vicepresidencia era, por decir lo menos, un desastre arquitectónico de proporciones épicas. Cassie Van Doren, la mujer que podía intimidar a un sindicato de estibadores con una sola mirada, estaba físicamente anclada a Enzo Moretti. El pegamento industrial que Mila había "distribuido" con generosidad estratégica había creado un puente de tela y piel entre el saco de seda de Enzo y la manga de la chaqueta de Cassie. Además, la falda de Cassie seguía traicioneramente adherida al borde de su silla de cuero. —Moretti, si respiras tan fuerte me vas a descoser la costura del hombro —gruñó Cassie, tratando de mantener la dignidad mientras estaban en una postura que parecía un tango interrumpido. —No es mi culpa, Cassie. Mi caja torácica necesita expandirse. Además, tú eres la que decidió usar una chaqueta tan entallada —respondió Enzo, cuya nariz estaba peligrosamente cerca del cuello de ella. El aroma a jazmín y éxito de Cassie lo estaba volviendo loco. —Es una chaqueta de diseño, no una carpa de circo —replicó ella, sintiendo el calor del cuerpo de Enzo filtrándose a través de su ropa. En ese momento, el interfono sonó. Era la secretaria de planta anunciando que los inspectores de obra estaban esperando en la antesala para la firma de los permisos de excavación. —¡Maldita sea! —siseó Cassie—. Enzo, tenemos que disimular. Si alguien entra y nos ve así, mañana seremos la portada de Page Six. —¿Y qué sugieres? ¿Que bailemos? —Enzo intentó dar un paso, pero el tirón en la manga de Cassie lo detuvo—. Estamos literalmente unidos por el brazo. —Diremos que... que es una nueva técnica de coaching empresarial —inventó Cassie desesperadamente—. "Liderazgo de Proximidad Extrema". O que se me rompió un botón y tú me estás ayudando a sostenerlo. ¡Cállate y pon cara de que estamos discutiendo el presupuesto del hormigón! Mientras los adultos intentaban coordinar sus movimientos como si fueran un caballo de pantomima, Mila decidió que el despacho era demasiado pequeño para sus ambiciones. Con su corona de plástico bien puesta y su tutú naranja ondeando, salió al pasillo de la planta ejecutiva. Mila tenía sed. Y cuando una Moretti tenía sed, el mundo debía detenerse. En el área de recepción, Sonia, la jefa de Relaciones Públicas, estaba furiosa. Seguía humillada por el desplante que Cassie le había hecho frente a los rusos y, ahora, ver a su "jefa perfecta" pegada a un hombre tan guapo como Enzo Moretti la estaba carcomiendo. Estaba revisando unos archivos cuando sintió un tirón en su falda de lápiz talla cero. —Oye, mujer de los huesos —dijo Mila, mirando a Sonia desde abajo con una ceja arqueada—. Tengo sed. Quiero un jugo de manzana. Pero que no sea de caja, que sea exprimido. Y tráeme unas galletas, pero sin gluten, porque mi abuela dice que el gluten te pone la cara hinchada como un sapo. Sonia se quedó petrificada. Miró a la niña con un asco mal contenido. —¿Perdona? ¿Me estás hablando a mí, mocosa? —Sí, a ti —respondió Mila, cruzándose de brazos—. Eres la que está sentada detrás del mostrador. Mi papá dice que la gente detrás de los mostradores sirve a los dueños. Y yo soy la hija del dueño de la acería que va a comprar esta torre, así que... técnicamente, eres mi empleada. Muévete. Sonia sintió que la sangre le hervía. No soportaba a Cassie, y ahora tenía que soportar a una versión miniatura y más impertinente de ella. Se levantó, sus tacones resonando con furia. —Escúchame bien, niña malcriada. Yo soy la Jefa de Relaciones Públicas. No soy una secretaria, ni mucho menos tu niñera —siseó Sonia, acercándose a Mila con una mirada venenosa—. Tu padre puede ser muy rico y muy guapo, pero tú no eres más que un estorbo que él tiene que cargar porque no le quedó de otra. Mila no retrocedió. Sus ojos azules brillaron con una luz peligrosa. —Mi mami-Cassie dice que la gente pequeña de mente siempre grita cuando no tiene razón. Eres fea por dentro, por eso eres tan flaca. Tu corazón no tiene espacio para la comida. Esa fue la gota que colmó el vaso para Sonia. El odio que sentía por Cassie se desbordó hacia la niña. Se inclinó, invadiendo el espacio de Mila, y su voz bajó a un susurro lleno de maldad. —¿Mami-Cassie? —se burló Sonia con una risa estridente—. No me hagas reír. Esa mujer nunca será tu madre. Ella solo es una gorda con suerte que tiene a tu padre entretenido. Mira, maldita huérfana, para eso tienes a tu padre, que se la pasa pegado a la gorda esa para ver si le saca algo de dinero o placer. Deja de pedir cosas y lárgate a un rincón antes de que te dé un motivo de verdad para llorar. Mila se quedó inmóvil. La palabra "huérfana" golpeó un lugar oscuro en su pequeño corazón, pero la mención de "gorda" hacia Cassie fue lo que realmente encendió la mecha. Mila había visto cómo Cassie caminaba, cómo mandaba, cómo la había tratado con una mezcla de firmeza y esa suavidad que ella tanto anhelaba. Cassie era su reina, y nadie insultaba a su reina. —¡No le digas así! —gritó Mila, su voz resonando en todo el pasillo—. ¡Ella no es gorda, ella es... ella es perfecta! ¡Tiene espacio para abrazar porque tiene un corazón grande, no como tú, que eres un fideo podrido! ¡Retira lo que dijiste de mi mami! Sonia, fuera de sí, levantó la mano. —¡Cállate, pequeña víbora! ¡Te voy a enseñar a respetar a tus mayor...! —¡Sonia! —el grito de Harrison Van Doren fue como un trueno que sacudió los cimientos del edificio. Harrison acababa de salir de su oficina lateral y había escuchado cada una de las palabras que salieron de la boca de Sonia. El rostro del "Viejo León" estaba rojo de una furia que rara vez mostraba. Caminó hacia ellas con paso pesado, apartando a Sonia de un empujón para ponerse frente a Mila. —¿Cómo te atreves? —preguntó Harrison, su voz vibrando de odio—. ¿Cómo te atreves a insultar a una niña de cinco años en mi empresa? ¿Y cómo te atreves a hablar así de mi hija? —Señor Van Doren... yo... ella me provocó... —balbuceó Sonia, cuya piel se había vuelto blanca como el papel. —¡Me importa un bledo si te provocó! —bramó Harrison—. Has llamado "huérfana" a la nieta de mis socios y has insultado el físico de la Vicepresidenta de esta compañía. ¡Estás despedida! ¡Ahora mismo! ¡Seguridad! Dos guardias de seguridad aparecieron de inmediato. Sonia intentó hablar, pero Harrison no la dejó. —No quiero volver a ver tu cara en esta torre, ni en ninguna otra propiedad de los Van Doren. Recoge tus cosas y sal de aquí antes de que decida llamar a la policía por acoso a una menor. ¡Llévensela! Sonia fue escoltada hacia los ascensores, llorando de rabia y vergüenza. Mila, que seguía temblando un poco por la adrenalina, miró a Harrison. El anciano se agachó y la tomó de los hombros con una ternura infinita. —¿Estás bien, pequeña guerrera? —preguntó Harrison. En ese momento, la puerta del despacho de Cassie se abrió de golpe. Cassie y Enzo aparecieron caminando en una sincronización forzada muy extraña (Cassie con el brazo rígido pegado al de Enzo). Cassie tenía el rostro desencajado. —¿Qué pasó? —preguntó Cassie, acercándose a Mila—. Escuché los gritos de mi padre. Harrison se levantó, mirando a su hija con seriedad. —Acabo de despedir a Sonia. Ha insultado a Mila de la forma más rastrera posible. Cassie se quedó helada. Miró a Mila y luego a su padre. —¿La has despedido? —preguntó Cassie con incredulidad—. Papá, yo te pedí que la despidieras hace tres meses cuando filtró fotos de mis planos a la competencia y dijiste que "era eficiente y que yo era demasiado sensible". ¡Me ha llamado gorda durante dos años y no hiciste nada! ¿Y ahora la echas porque molestó a la niña? Harrison suspiró, sintiéndose culpable. —Cassie, lo de Sonia contigo... pensé que podías manejarlo, que eras más fuerte que sus insultos. Pero meterse con una niña... eso es otra liga. Cassie soltó una risa amarga. —Claro. Yo soy "fuerte", así que puedo aguantar que me humillen. Pero Mila es una Moretti. Sin embargo, su enfado con su padre se evaporó cuando vio la carita de Mila. Cassie se olvidó de que estaba pegada a Enzo y se arrodilló (arrastrando a Enzo con ella hacia abajo en una sentadilla muy incómoda). —Mila... —dijo Cassie, tomando las manos de la niña—. ¿Estás bien? ¿Te lastimó? ¿Te tocó? Mila miró a Cassie. Sus ojos estaban un poco rojos, pero no había rastro de lágrimas de debilidad. Miró el rostro preocupado de la mujer, sintiendo por primera vez que alguien, además de su papá, estaba dispuesto a pelear por ella. —No mami... —dijo Mila con una voz suave, casi angelical—. Estoy bien. Solo me asusté un poquito porque esa señora gritaba muy feo. Cassie suspiró de alivio y, sin pensarlo, rodeó a Mila con su brazo libre, atrayéndola hacia su pecho. Mila se hundió en la suavidad de Cassie, sintiendo ese "espacio para abrazar" que tanto le gustaba. Enzo, pegado al hombro de Cassie, sintió que su corazón se derretía. Ver a las dos mujeres más importantes de su vida unidas así era todo lo que siempre había soñado. —Esa mujer no volverá a molestarte, Mila. Te lo prometo —susurró Cassie contra el pelo de la niña. Unos minutos después, Harrison se llevó a Mila de nuevo a su oficina para darle el famoso jugo de manzana (que él mismo pidió a la cafetería ejecutiva con prioridad máxima). Mientras se alejaban, Mila miró por encima del hombro de Harrison hacia el lugar donde Sonia había desaparecido. Con una sonrisa diminuta y letal, Mila susurró para sí misma: —Una bruja menos... Mila no era tonta. Había reconocido esa mirada en Sonia; era la mirada de las "candidatas" que buscaban a su padre solo por su dinero y su apellido. Sonia no quería a su papá, quería el poder. Y Mila ya había decidido que la única mujer que merecía estar al lado de su padre era la "Reina del Acero" que ahora mismo estaba intentando despegarse de él con ayuda de una botella de acetona. De vuelta en el despacho, el equipo de limpieza estaba trabajando con cuidado sobre la ropa de Enzo y Cassie. —¿Por qué me defendiste, Cassie? —preguntó Enzo en voz baja, mientras una empleada aplicaba solvente entre sus brazos—. Podrías haber dejado que mi padre o el tuyo se encargaran. Cassie no lo miró. Estaba concentrada en el alivio de sentir que su brazo finalmente recuperaba su libertad. —Nadie insulta a un niño en mi presencia, Enzo. Ni siquiera si es tu hija. Y nadie usa mi físico como un arma contra alguien que no puede defenderse. —Ella te llamó "mami" de nuevo —dijo él, con una nota de esperanza. —Es una niña, Enzo. Está confundida —Cassie finalmente se separó de él cuando el pegamento cedió. Se puso de pie, alisándose la falda con un gesto seco—. No te equivoques. El hecho de que haya protegido a Mila no significa que te haya perdonado a ti. Enzo se levantó también, frotándose el brazo donde la piel todavía estaba roja por el pegamento. —A lo mejor no me has perdonado, pero hoy hemos sido una familia por diez minutos. Y te aseguro una cosa, Cassie... Mila es mucho más persistente que yo. Y ahora que sabe que la vas a defender, no te va a soltar nunca. Cassie salió del despacho sin decir una palabra, pero por dentro, el muro de hielo que rodeaba su corazón tenía una g****a nueva. Una g****a con forma de niña de cinco años que la llamaba "mami" y que acababa de ganar su primera batalla contra las brujas de Manhattan. Todo iba iba lento, sí. Pero los cimientos de algo nuevo se estaban fraguando, y esta vez, no eran de acero, sino de algo mucho más difícil de romper.
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