CAPITULO 4: Cimientos de Cristal y Corazones de Acero

2267 Words
Sede de Van Doren Constructions, Quinta Avenida. La sala de juntas de la planta cincuenta parecía un acuario de lujo suspendido sobre el abismo de Manhattan. Cassie Van Doren estaba de pie junto al ventanal, observando cómo los taxis amarillos parecían hormigas furiosas allá abajo. Llevaba un conjunto de dos piezas en color crema: una falda lápiz que desafiaba las leyes de la física al seguir perfectamente la curva de sus caderas y una chaqueta entallada que resaltaba su busto y su postura de mando. Sus 82 kilos de confianza estaban envueltos en la mejor seda italiana, y sus ojos, hoy de un verde tormentoso, no revelaban ni una g****a en su armadura. —Estás tensa, Cassie —dijo Harrison Van Doren desde la cabecera de la mesa, revisando unos planos digitales—. Puedo oír tus pensamientos desde aquí. —No es tensión, papá. Es eficiencia —mintió ella, dándose la vuelta con una elegancia que hizo que sus pendientes de oro oscilaran—. Solo quiero terminar con esto para poder volver al proyecto de los muelles. No me gusta perder el tiempo con fantasmas del pasado. Harrison soltó una risa suave. —Ese "fantasma" viene a salvarnos el suministro de acero para los próximos cinco años. Trata de no decapitarlo antes de que firme el acuerdo. En ese momento, las puertas dobles de roble se abrieron de par en par. Pero no fue el imponente Enzo Moretti quien entró primero. Un torbellino de rizos oscuros, un vestido de tul con más purpurina de la que era legal en un edificio corporativo y unas botas de charol ruidosas irrumpieron en la sala. Mila Moretti entró como si fuera la dueña de la constructora, seguida de cerca por un Enzo que parecía haber corrido un maratón con un traje de tres piezas. Detrás de ellos, Don Giorgio y Doña Isabella caminaban con la parsimonia de la realeza europea. Cassie sintió que el mundo se detenía. Sus ojos se cruzaron con los de Enzo. Él estaba más guapo que hace cinco años; el tiempo le había dado una madurez peligrosa, una mirada más profunda y esa barba de tres días que ella solía acariciar en las madrugadas universitarias. El aire en la sala se volvió denso, eléctrico, casi irrespirable. Pero Mila no permitió que el silencio durara. La niña se detuvo en seco frente a Cassie. Inclinó la cabeza hacia un lado, analizando a la mujer imponente que tenía delante con una intensidad aterradora para alguien de cinco años. —¡Vaya! —exclamó Mila, rompiendo el protocolo—. Tú eres muy grande. Harrison Van Doren, que normalmente era un hombre de negocios implacable, soltó una carcajada espontánea. Se inclinó hacia adelante, fascinado por la pequeña. —¿Y tú quién eres, pequeña guerrera? —preguntó Harrison con una ternura que Cassie rara vez le veía usar con extraños. —Soy Mila Moretti —anunció ella, señalando a Enzo con el pulgar—. Y él es mi esclavo... digo, mi papá. Enzo se frotó las sienes, cerrando los ojos por un segundo. —Mila, por favor... Harrison, Cassie... lamento la intrusión. Marta renunció ayer y no hubo forma de dejarla en casa sin que incendiara el penthouse. —No te disculpes, Enzo —dijo Harrison, levantándose para saludar a Giorgio y a Isabella con respeto—. Es una delicia tener algo de vida en esta oficina tan fría. Mila, ¿quieres sentarte en la silla del jefe? Mila miró la silla de cuero de Harrison y luego volvió a mirar a Cassie. Se acercó a la protagonista, ignorando a los hombres. Cassie, que siempre sabía qué decir ante un tiburón de las finanzas, se sintió extrañamente vulnerable ante la mirada de la niña. Mila extendió una mano pequeña y, antes de que alguien pudiera reaccionar, tocó la tela del vestido de Cassie justo en la curva de su cadera. —Eres suave —murmuró Mila, con los ojos brillando de asombro—. Las otras amigas de papi son como palos de escoba. Pinchan cuando me abrazan. Tú pareces una nube. Cassie levantó una ceja, sintiendo un nudo en la garganta. La honestidad brutal de la niña la desarmó más que cualquier argumento de Enzo. Miró a Moretti por encima de la cabeza de la niña, encontrando en sus ojos una mezcla de disculpa y una admiración que la quemaba. —Mila, deja a la señorita Van Doren en paz —ordenó Isabella con su voz de hielo—. Tenemos negocios que discutir. —¡No! —Mila se giró hacia su padre, señalando a Cassie con su dedo pequeño, con una solemnidad que detuvo el tiempo en la sala—. Papi, ella no es como las otras. Ella tiene mucho espacio para abrazarme y no parece que se vaya a romper si la toco. La niña hizo una pausa dramática, mirando a su abuela y luego de vuelta a su padre. —Quiero que ella sea mi mami. El silencio que siguió fue absoluto. Se podía oír el zumbido del aire acondicionado y el latido acelerado del corazón de Cassie. Harrison abrió los ojos de par en par, ocultando una sonrisa detrás de su mano. Enzo se puso de un color rojo oscuro que subía desde su cuello hasta sus orejas. Isabella apretó su bolso de diseñador con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Cassie recuperó su compostura de hierro. Se cruzó de brazos, acentuando su busto y su postura dominante, y miró a Enzo con toda la frialdad que había acumulado en cinco años de ausencia. —Lamento informarte, "mini-Moretti" —dijo Cassie, su voz firme pero con un deje de sarcasmo que ocultaba su dolor—, que tu padre no tiene suficiente dinero para comprarme, y yo no tengo suficiente paciencia para aguantarlo a él. Mila no pareció desanimarse. Arrugó la nariz. —Mi papá es muy rico. Tiene un barco. Y yo tengo muchas coronas. Si eres mi mami, te presto la de diamantes, la de verdad. —Ni siquiera con todas las joyas de la corona británica, pequeña —respondió Cassie, finalmente mirando a Enzo directamente—. Algunos contratos se rompen de forma permanente, y el de tu padre conmigo fue demolido hace mucho tiempo. Enzo dio un paso adelante, rompiendo la distancia de seguridad. Su perfume, esa mezcla de cedro y éxito, golpeó los sentidos de Cassie. —Cassie, podemos hablar de esto... del negocio, quiero decir. —Hablemos de acero, Moretti —lo cortó ella, señalando la mesa—. Es lo único que me interesa de ti. Tu capacidad para proveerme de vigas de carga, no tu capacidad para criar a una hija que, claramente, tiene más sentido común que tú. Harrison intervino, tratando de suavizar el ambiente, aunque su fascinación por Mila era evidente. —Bueno, bueno. Vamos a sentarnos. Mila, ven aquí conmigo. Tengo unos planos de un parque de diversiones que estamos diseñando. ¿Quieres ayudarme a decidir dónde poner la montaña rusa? Mila miró a Cassie una última vez, como si estuviera marcando su territorio, y luego corrió hacia Harrison. —¿Tiene algodón de azúcar el parque? —preguntó la niña, trepando a la silla del "Viejo León". —Tendrá todo lo que tú quieras, pequeña Moretti —dijo Harrison, completamente prendado de la energía de la niña. La reunión comenzó, pero fue la sesión más caótica en la historia de Van Doren Constructions. Mientras Giorgio e Isabella intentaban mantener la formalidad italiana, y Enzo trataba de explicar las especificaciones técnicas de su nueva fundición, Mila se encargaba de sabotear el ambiente profesional cada cinco minutos. —¡Papi, Cassie te está mirando mucho! —gritó Mila en medio de una discusión sobre el precio por tonelada. Cassie, que efectivamente estaba analizando la mandíbula de Enzo mientras él hablaba, se puso rígida. —Estoy analizando su propuesta, niña. No a él. —Tus ojos dicen otra cosa —murmuró Mila, dibujando un corazón gigante sobre los planos de Harrison. Harrison soltó una carcajada, ganándose una mirada asesina de su hija. —Déjala, Cassie. La niña tiene instinto. Harrison Van Doren no se equivoca, y creo que esta pequeña es la mejor consultora que hemos tenido nunca. Enzo intentó retomar el hilo. —Como decía, la resistencia del acero de carbono que producimos en Turín es superior a... —¡Papi, tienes una mancha de labial en el cuello! —interrumpió Mila de nuevo—. Ah, no, es que estás rojo como un tomate. ¿Es porque Cassie es bonita? Porque es muy bonita. Tiene mucha "carne de mamá", no como la tía Alessandra que es un hueso. Isabella cerró los ojos, rezando en italiano. Giorgio trataba de ocultar su risa con una tos falsa. Cassie sintió que su paciencia se agotaba, pero al mismo tiempo, algo en su interior, algo que había estado congelado desde que Enzo se fue, empezaba a descongelarse. La audacia de Mila era refrescante, y la forma en que Harrison, su padre severo y distante, jugaba con la niña, la conmovía a su pesar. Al cabo de dos horas, el preacuerdo estaba sobre la mesa. Pero antes de firmar, Cassie se levantó. —Necesito un momento —dijo, dirigiéndose a la pequeña cocina de la sala de juntas para servirse un café. Enzo la siguió. Cerró la puerta de la cocina, dejándolos en un espacio reducido. El silencio aquí era diferente; ya no era el caos de Mila, era la tensión de dos personas que se habían amado con locura y se habían herido con la misma intensidad. —Cassie —susurró Enzo, acercándose tanto que ella podía sentir el calor de su cuerpo—. Mila tiene razón. Estás preciosa. Más que hace cinco años. Ese cuerpo... me vuelve loco. Cassie no retrocedió. Apoyó su taza de café con fuerza en la encimera y se giró, quedando a escasos centímetros de su pecho. —No te atrevas, Moretti. No uses a tu hija para ablandarme. Ella es encantadora, pero tú sigues siendo el hombre que me dejó una nota en la mesa del desayuno y se largó a Italia sin decir adiós. —No tuve opción, mi padre... —Siempre hay una opción. Yo elegí esperarte. Tú elegiste el legado —lo cortó ella, sus ojos brillando con lágrimas contenidas—. Y ahora vuelves con una hija y una madre que me mira como si fuera una empleada de segunda. Lamento que Mila quiera una mami, pero esta "reina" no está interesada en el trono de los Moretti. Enzo extendió una mano, rozando apenas la seda del brazo de Cassie. —Ella te eligió a ti. En tres segundos hizo lo que yo no me atreví a hacer en cinco años: admitir que te necesitamos. —Tú me necesitas para tu negocio, Enzo. Ella me necesita porque está sola. Son cosas distintas —Cassie se zafó de su contacto—. Vamos a firmar ese contrato y luego te vas a llevar a tu familia de mi torre. Salieron de la cocina justo a tiempo para ver a Harrison cargando a Mila sobre sus hombros mientras la niña señalaba un edificio en construcción a través del cristal. —¡Ese será mi castillo! —gritaba Mila—. ¡Y Cassie vivirá en el piso de arriba conmigo! Harrison miró a Enzo y a Cassie al entrar. —Moretti, el trato está hecho. Pero tengo una condición extra-oficial. —¿Cuál? —preguntó Giorgio, intrigado. —Quiero que Mila venga a la oficina todos los viernes. Esta empresa necesita menos acero y más risas de cinco años —Harrison bajó a la niña y le dio un beso en la frente—. Me has devuelto la vida hoy, pequeña. Mila sonrió con triunfo y corrió hacia Cassie, abrazando sus piernas poderosas. Cassie se quedó paralizada por un segundo, sintiendo la calidez de la pequeña contra ella. Sus manos, casi por instinto, bajaron para acariciar los rizos oscuros de la niña. —Mañana te traigo una corona de flores, mami-Cassie —susurró Mila. Cassie miró a Enzo, quien la observaba con una esperanza renovada que la aterraba. —No soy tu mami, Mila —dijo Cassie, aunque su voz ya no era tan fría—. Pero... quizás podamos ser amigas. Mila le guiñó un ojo, un gesto tan idéntico al de Enzo que Cassie sintió un escalofrío. —Las mejores amigas terminan viviendo juntas, Cassie. Papi dice que las negociaciones difíciles siempre llevan tiempo. Los Moretti abandonaron la sala poco después. Harrison se quedó mirando la puerta, con una sonrisa que no se le borraba. —Es una niña especial, hija. Y ese Moretti... bueno, se nota que todavía le tiemblan las manos cuando te mira. Cassie se dejó caer en su silla, agotada. Miró los planos donde Mila había dibujado corazones y castillos sobre sus estructuras de ingeniería perfecta. —Es un desastre, papá. Esto va a ser un desastre absoluto. —Puede ser —dijo Harrison, caminando hacia su despacho—. Pero admitelo, Cassie: por primera vez en cinco años, tu rascacielos ha dejado de ser una tumba de cristal. Cassie no respondió. Se quedó mirando el dedo pequeño de Mila que aún parecía señalarla en su memoria. Ella no quería ser la mami de nadie, y mucho menos la mujer de Enzo Moretti. Pero mientras tocaba la zona de su cadera donde la niña la había acariciado, Cassie supo que la verdadera guerra no acababa de empezar... acababa de perder su primera batalla.
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