El silencio que dejó la niñera Marta al marchar fue sepulcral, pero duró apenas un suspiro. En el penthouse de The Heights Tower, el silencio era un lujo que Enzo Moretti rara vez podía permitirse. Se quedó sentado en el borde de la cama de Mila, mirando fijamente el zapato de charol que su hija había usado como proyectil. El cuero brillaba bajo las luces empotradas del techo, burlándose de su incapacidad para imponer orden en su propio hogar.
—Papá… —susurró Mila. Su voz ya no tenía el tono estridente de hace un momento. Ahora era una nota suave, casi musical, esa que usaba cuando detectaba que el límite de la paciencia de Enzo estaba a punto de romperse.
Enzo levantó la vista. Mila estaba allí, con sus rizos oscuros cayendo sobre sus hombros y esa expresión de ángel renacentista que convencía a cualquiera de que era incapaz de romper un plato. Pero él sabía la verdad. Ella no rompía platos; rompía voluntades.
—Mila, es la decimotercera —dijo Enzo, su voz cargada de un cansancio que el café no podía curar—. No podemos seguir así. Mañana tengo la firma de la fusión con los Van Doren. Si no tengo a alguien que te cuide, no puedo ir a la oficina. ¿Entiendes la gravedad de esto?
Mila se encogió de hombros con una elegancia impropia de sus cinco años.
—No necesito a una campechana que me diga qué lazo usar. Yo puedo ir contigo. Puedo sentarme en tu escritorio y dibujar rascacielos.
Enzo soltó una risa seca, sin humor.
—Claro, y seguramente terminarías despidiendo a mis arquitectos antes del almuerzo.
Justo cuando iba a reprenderla seriamente, el sonido del ascensor privado llegando al piso resonó en el pasillo de mármol. El corazón de Enzo dio un vuelco. No esperaba a nadie, pero ese sonido rítmico, ese ding metálico, anunciaba la llegada de algo inevitable.
Mila se puso tensa de inmediato. Sus ojos se agrandaron y, por primera vez en la mañana, el color desapareció de sus mejillas. Se bajó de la cama de un salto y se pegó a la pierna de su padre.
—Es ella… —susurró la niña con auténtico pavor—. Es la abuela.
No se equivocaba.
El eco de unos tacones de aguja golpeando el suelo de piedra anunció la procesión. No era solo una visita; era una invasión. Al frente de la formación apareció Doña Isabella Moretti. A sus sesenta y cinco años, la mujer parecía tallada en el mismo granito de los Alpes italianos. Vestía un traje de sastre gris perla que no tenía ni una sola arruga, y su cabello plateado estaba recogido en un moño tan tirante que parecía estirar aún más sus pómulos aristocráticos. Sus ojos, del mismo azul gélido que los de Enzo, escanearon la habitación con la precisión de un láser buscando impurezas.
Detrás de ella, caminaba Don Giorgio, el abuelo. A diferencia de su esposa, Giorgio conservaba una chispa de bondad en su mirada, aunque su imponente estatura y sus cejas pobladas le daban un aire de antiguo senador romano. Y cerrando el grupo, Alessandra, la tía de Mila y hermana menor de Enzo. Alessandra era la imagen viva de la jet set europea: gafas de sol sobre la cabeza, un bolso de edición limitada colgando del brazo y esa expresión de aburrimiento crónico que solo tienen los que nunca han tenido que preocuparse por el precio de nada.
—Dio mio, Enzo —la voz de Isabella cortó el aire como una cuchilla—. El pasillo huele a desesperación y… ¿eso es un zapato en el suelo?
Enzo se puso de pie, obligando a Mila a soltarlo.
—Madre. Padre. No sabía que llegaban hoy. Pensé que el vuelo de Roma aterrizaba mañana.
—Decidimos adelantar el viaje —dijo Giorgio, acercándose para darle a su hijo un abrazo firme pero breve—. Tu madre no podía dormir pensando que su nieta estaba siendo criada por… ¿cómo lo llamaste en tu último correo? ¿"Personal poco capacitado"?
Isabella ignoró a su hijo por un momento y fijó su vista en Mila. La niña, que hacía diez minutos gritaba como una poseída, ahora estaba perfectamente erguida, con las manos entrelazadas al frente y la cabeza ligeramente inclinada. El miedo que Mila sentía por Isabella no era terror físico; era el respeto absoluto hacia la única persona en el mundo que no caía en sus trucos de manipulación.
—Mila —dijo Isabella con frialdad—. Ven aquí.
La pequeña caminó hacia su abuela como si estuviera caminando hacia el patíbulo. Isabella le tomó la barbilla con sus dedos largos y delgados, engalanados con anillos de diamantes que costaban más que todo el mobiliario de la habitación.
—Mírate —sentenció la abuela—. Despeinada. Con un vestido que parece haber sobrevivido a una guerra. Y me han dicho que has vuelto a hacer que una empleada llore. ¿Es eso cierto?
Mila tragó saliva. Sus labios temblaron, pero no se atrevió a fingir llanto. Sabía que con Isabella, las lágrimas eran una debilidad, no una herramienta.
—Ella no sabía de colores, abuela.
—Ella no tenía que saber de colores, tenía que saber de disciplina. Pero tú, pequeña monella, no tienes ninguna —Isabella soltó su barbilla y miró a Enzo—. Es suficiente. Giorgio y yo nos instalaremos en el ala este. Alessandra se quedará en su suite de siempre. Pero he venido por una razón, Enzo, y no es para ver cómo este rascacielos se convierte en una guardería de mala muerte.
Alessandra se dejó caer en un sillón de terciopelo, suspirando mientras revisaba su teléfono.
—En serio, hermanito, el penthouse es divino, pero el aura de estrés es total. Necesitas un trago, una mujer o un milagro. Probablemente las tres cosas.
—Lo que Enzo necesita es una esposa —corrigió Isabella, haciendo que Enzo se tensara—. Y Mila necesita una madre. No una niñera a la que pueda pisotear, sino una mujer con la casta suficiente para domar a una Moretti.
Enzo sintió que el nudo en su estómago se apretaba. La mención de una "esposa" siempre era un terreno peligroso. Desde que Valeria los abandonó, dejando a una recién nacida en sus brazos y una nota de despedida llena de rencor, Enzo había jurado que nadie más ocuparía ese espacio. No por amor a Valeria, sino por protección propia.
—No vamos a tener esta conversación de nuevo, madre —dijo Enzo, tratando de mantener la voz firme—. Estoy manejando la fusión con Van Doren. Es el proyecto más grande de nuestra historia en Estados Unidos. No tengo tiempo para "castings" matrimoniales.
Don Giorgio intervino, poniendo una mano en el hombro de su hijo.
—Hijo, Harrison Van Doren es un hombre de la vieja escuela. Él cree en la familia. Si vas a negociar con él, ver que tu vida personal es un caos no te ayudará. Harrison tiene a su hija, esa chica… ¿cómo se llamaba? Cassie. Ella es su mano derecha. Dicen que es una mujer implacable, una verdadera guerrera de los negocios.
El nombre "Cassie" golpeó a Enzo como un impacto físico. Por un segundo, el lujoso penthouse de Nueva York desapareció y se vio a sí mismo hace años, en el campus de la universidad, bajo la sombra de un roble, con el aroma a papel viejo y el perfume dulce y terrenal de una mujer que solía ser su mundo entero.
Cassie Van Doren.
Su Cassie. La chica que no encajaba en los moldes de las revistas de moda, pero que llenaba cada espacio de su vida con una fuerza que él nunca había vuelto a encontrar. Recordó el tacto de su piel, la curva generosa de sus caderas que él solía rodear con sus brazos, y esa risa sarcástica que siempre lo ponía en su lugar.
—Cassie —repitió Enzo en un susurro, casi sin darse cuenta.
—Sí, Cassie Van Doren —continuó Isabella, sin notar el cambio en el tono de su hijo—. He oído que ha transformado la constructora de su padre. Es una mujer de carácter, no una de esas niñitas de sociedad que solo saben gastar dinero. Si vas a trabajar con ellos, tendrás que estar a su altura. Y con esta niña corriendo salvajemente por Manhattan, no lo estarás.
Mila, que había estado escuchando con atención, arqueó una ceja. Su mente infantil, rápida como un rayo, captó algo en la mención de esa mujer.
—¿Esa Cassie es una reina, abuela? —preguntó Mila con curiosidad.
Isabella miró a su nieta y, por primera vez, una sombra de sonrisa apareció en sus labios.
—Dicen que es la reina de las estructuras de hierro, Mila. Y dicen que no le tiene miedo a nada. Ni siquiera a hombres como tu padre.
Mila procesó la información. Si esa mujer no le tenía miedo a su papá, y si era una "reina", tal vez… solo tal vez, no sería una "campechana" más.
—Quiero conocerla —anunció Mila con esa autoridad que solía sacar de quicio a Enzo.
—La conocerás mañana —sentenció Giorgio—. Tu padre tiene que llevarte a la oficina porque, gracias a tu última travesura, no hay nadie que te cuide en casa. Será una excelente oportunidad para que los Van Doren vean el… "encanto" Moretti en persona.
Enzo sintió un sudor frío correr por su espalda. El reencuentro con Cassie era algo que había estado postergando en su mente durante semanas, pero ahora era inevitable. Mañana entraría en esa oficina. Mañana vería a la mujer que dejó atrás por presiones familiares y por una cobardía que aún le pesaba en el alma.
Pero Cassie ya no era la chica universitaria que suspiraba por él. Ahora era la vicepresidenta de un imperio. Y, por lo que su padre decía, se había convertido en una mujer que no se dejaba pisotear por nadie.
—Alessandra —dijo Isabella, girándose hacia su hija—, asegúrate de que Mila tenga algo decente que ponerse mañana. Nada de lazos "rosa moco". Si vamos a presentarnos ante los Van Doren, lo haremos como lo que somos.
—Sí, jefa —respondió Alessandra con un bostezo—. Mila, prepárate. Mañana vamos a Nueva York de verdad. A la jungla de cristal.
Mila regresó a su cama y se sentó, mirando por el ventanal hacia los edificios gigantes de Manhattan. En su cabeza, ya estaba trazando un plan. Si su abuela respetaba a esa mujer, y si su padre se ponía pálido con solo escuchar su nombre, entonces Cassie Van Doren era exactamente lo que ella necesitaba para completar su reino.
—Papi —dijo Mila, mientras Enzo se disponía a salir de la habitación para intentar, por décima vez, arreglar su corbata.
—¿Qué, Mila?
—Mañana me voy a portar bien. Pero solo si me prometes que esa reina me va a abrazar.
Enzo se detuvo en la puerta. Miró a su hija, tan pequeña y a la vez tan llena de una voluntad inquebrantable.
—Cassie no es de las que dan abrazos fácilmente, Mila. Tenlo por seguro.
—Ya veremos —murmuró la niña para sí misma, mientras acariciaba la tiara de juguete que descansaba en su mesa de noche.
El escenario estaba listo. Los Moretti habían desembarcado en Nueva York con toda su artillería pesada. Isabella con su disciplina, Giorgio con su diplomacia, Alessandra con su estilo y Mila con sus maquinaciones. Y en el centro de todo, Enzo, un hombre atrapado entre el pasado que nunca cerró y un presente que se le escapaba de las manos.
Al otro lado de la ciudad, en The Heights Tower, Cassie Van Doren cerraba un contrato de varios millones, sin saber que el huracán Moretti estaba a punto de golpear su puerta, y que esta vez, no habría estructura de acero capaz de proteger su corazón.