Avenida y el Rugido de la Leona
Quinta Avenida, Manhattan. 11:30 AM.
Nueva York se había detenido. El beso del balcón no solo había sido la foto del día; había sido un terremoto social. Y ahora, el epicentro del sismo se desplazaba hacia la milla de oro de la moda. Dos SUVs blindados de color n***o mate se detuvieron frente a la imponente entrada de Bergdorf Goodman. Los porteros, acostumbrados a recibir a la realeza europea y a estrellas de Hollywood, se cuadraron instintivamente.
La puerta del primer vehículo se abrió y emergió Mila.
Si el mundo pensaba que la niña estaría escondida tras el escándalo de la paternidad, se equivocaba. Mila bajó del auto vistiendo un conjunto de Chanel miniatura en tweed color crema, unas gafas de sol oscuras que le cubrían media cara y su inseparable corona de diamantes, que hoy brillaba bajo el sol de abril con una intensidad desafiante. Detrás de ella, Cassie bajó con una elegancia que cortaba la respiración. Llevaba un vestido ajustado de color verde esmeralda que abrazaba sus 82 kilos de curvas con una confianza renovada. El beso de la mañana todavía le daba un brillo especial a sus ojos, un fuego que ninguna crítica podía apagar.
—¡Escuchen bien, guardias de las puertas brillantes! —anunció Mila, ajustándose las gafas con un dedo—. Mi mami viene a comprar todo el edificio. Quiero alfombra roja, quiero agua con burbujas y quiero que escondan todo lo que sea de talla "fideo". Hoy solo queremos ropa para reinas de verdad.
Enzo bajó del segundo auto, tratando de ocultar su sonrisa tras una expresión seria. Su mano buscó inmediatamente la de Cassie, entrelazando sus dedos con una firmeza que decía: “Estamos juntos en esto”.
—Mila, por favor, intenta no comprar la tienda entera en los primeros diez minutos —susurró Enzo, aunque sabía que era una batalla perdida.
—Papi, el dinero es para gastarlo en amor —replicó Mila sin mirarlo—. Y yo amo mucho a Cassie. Así que prepárate para que la tarjeta de crédito eche humo.
Al entrar, el murmullo de los clientes habituales se extinguió. La noticia de que los Moretti-Van Doren estaban en el edificio se propagó como un incendio. En el segundo piso, en el salón privado de alta costura, tres asistentes personales ya esperaban con bandejas de champán y jugo de uva para la "pequeña jefa".
Mila se sentó en un sofá de terciopelo morado, cruzó sus piernas cortas y señaló a Cassie, que estaba de pie frente a un espejo tríptico.
—¡Traigan los vestidos! —ordenó Mila—. Pero nada de n***o para esconderse. Quiero colores que griten. Quiero rojo sangre, quiero azul real y quiero más oro. Mi mami no es una sombra, es un monumento.
Cassie se dejó llevar. Por primera vez en años, no se sentía como la "mujer grande" que intentaba pasar desapercibida. Se sentía poderosa. Se probó un vestido de noche en seda roja vibrante con un escote que resaltaba su busto y una caída que acentuaba sus caderas anchas. Cuando salió del probador, el silencio en el salón fue absoluto.
Enzo, que estaba sentado al lado de Mila, dejó caer la copa de cristal que sostenía. El líquido se derramó sobre la alfombra, pero él no se dio cuenta. Sus ojos estaban fijos en Cassie, en la piel cremosa de sus hombros, en la forma en que el rojo encendía su cabello. El deseo que había estallado en el balcón volvió a subir por su columna vertebral como un rayo.
—Estás... —Enzo tragó saliva, buscando las palabras—... eres fuego, Cassie.
—¡Está guapísima! —gritó Mila, saltando del sofá y corriendo a abrazar las piernas de Cassie—. ¡Pareces una manzana de caramelo gigante y deliciosa! Papi, ¿viste? Si ella camina así por la calle, la estrella flaca se va a derretir de la envidia.
Pero la paz del probador se rompió cuando una figura delgada y nerviosa apareció en la entrada del salón privado. Era Sonia, la ex-empleada rencorosa, que ahora trabajaba abiertamente para Valeria. Llevaba un teléfono en la mano, grabando todo de forma oculta.
—Vaya, qué bonita estampa familiar —escupió Sonia, con una voz cargada de veneno—. Gastando el dinero de los Moretti en vestidos caros para intentar cubrir la grasa y las mentiras. Valeria ya ha presentado la demanda oficial, Enzo. El juez ha ordenado una prueba de ADN obligatoria para mañana. Disfruten de las compras, porque pronto esta "bastarda" y su "madre de alquiler" estarán de vuelta en la calle.
Cassie sintió que el frío de la inseguridad intentaba colarse por las costuras del vestido rojo. Pero antes de que Enzo pudiera reaccionar, Mila dio un paso al frente. La niña se quitó las gafas de sol, revelando unos ojos azules gélidos que recordaban al mismísimo Giorgio Moretti en sus años más crueles.
—Sonia —dijo Mila, su voz bajando a un tono peligrosamente tranquilo—. Te acuerdas de cuando te despedimos porque eras una chismosa, ¿verdad?
—A mí no me hablas así, mocosa —respondió Sonia, aunque retrocedió un paso ante la intensidad de la niña.
—Te hablo como quiero, porque esta tienda es de mis amigos —Mila sonrió de una forma que no era nada infantil—. ¿Sabes qué grabé anoche en el balcón con mi tablet de juegos? Te grabé a ti hablando con el abogado de la estrella fea. Escuché cuando decías que ibas a mentir sobre lo que Cassie comía en la oficina para que el juez pensara que estaba loca.
Sonia palideció. El teléfono en su mano tembló.
—¡Eso es mentira! —chilló la mujer.
—Mi tablet no miente, Sonia —mintió Mila con una seguridad asombrosa, guiñándole un ojo a Cassie sin que la otra lo viera—. Papi, llama a seguridad. Esta señora está molestando a mi mami y está asustando a mis dinosaurios. Y dile al gerente que si no la sacan arrastras, compraremos la tienda solo para despedirlos a todos.
Seguridad no tardó ni treinta segundos en aparecer. Sonia fue escoltada fuera del edificio entre gritos, mientras los clientes del salón aplaudían en voz baja. Mila se volvió hacia Cassie, recuperando su sonrisa de ángel.
—¿Viste, mami? Los bichos se pisan con tacones fuertes —Mila señaló un par de zapatos de tacón de aguja con suela roja—. ¡Pruébate esos! Quiero ver cómo caminas sobre las mentiras de esa gente.
El resto de la tarde fue un torbellino de lujo y risas. Mila obligó a Cassie a probarse veinte pares de zapatos, diez bolsos y una colección de joyas que harían palidecer a una reina. Pero lo más importante no fue la ropa. Fue la forma en que, entre vestido y vestido, Enzo encontraba la manera de tocar a Cassie. Un roce en la cintura, un beso rápido en el hombro, una mirada cargada de una pasión que ya no intentaba ocultar.
—Tengo hambre —anunció Mila cuando salieron de la tienda cargados de bolsas—. Y no quiero ensalada. Quiero esa pizza que tiene tanto queso que parece una manta. ¡Y quiero comerla en el parque, para que todos vean que mi mamá es la más guapa de Nueva York!
Se sentaron en un banco de Central Park, rodeados por sus guardias de seguridad, comiendo pizza de cajas de cartón. Cassie, vestida ahora con un traje de sastre color crema que resaltaba su poderío, reía mientras Mila intentaba limpiar el queso de su corona.
—Mami... —dijo Mila de repente, poniéndose seria mientras miraba a los patos del estanque.
—¿Qué pasa, pequeña?
—¿Mañana me van a sacar sangre? —preguntó la niña, y por primera vez en todo el día, se le vio el miedo—. Papi dijo que el juez lo mandó. ¿Si sale que no tengo la sangre de Papi, me vas a querer menos?
Cassie dejó la pizza a un lado y tomó a Mila en sus brazos, sentándola en su regazo. La estrechó contra su pecho, sintiendo el calor de la niña.
—Escúchame bien, Mila Moretti-Van Doren. No hay una gota de sangre en este mundo que pueda cambiar lo que siento por ti. Mañana pueden sacar toda la sangre que quieran, pueden hacer todos los exámenes del universo, pero el resultado siempre será el mismo: tú eres mi hija, y yo soy tu madre. Y Enzo es tu padre porque él te ama más que a su propia vida.
Enzo se acercó y las rodeó a ambas con sus brazos, formando un escudo humano en medio del parque. —Mila, la sangre es para los libros de medicina. El amor es para las personas. Y nosotros somos las personas que más te aman en el mundo. Mañana iremos a esa clínica, nos sacaremos sangre, y después iremos a comprar el dinosaurio más grande que encuentres. ¿Trato hecho?
—Trato hecho —susurró Mila, limpiándose una lágrima con la manga de su Chanel—. Pero quiero que el dinosaurio sea dorado, como el vestido de mami.
El sol empezaba a ponerse sobre los rascacielos de Manhattan. La familia regresó a casa, sabiendo que el día siguiente sería uno de los más difíciles de sus vidas. La prueba de ADN no era solo un trámite; era la última carta de Valeria para intentar destruir la felicidad de la niña.
Pero mientras Cassie arropaba a Mila esa noche, la niña le susurró algo que la dejó pensando.
—Mami... yo sé quién es mi otro papá.
—¿Qué dices, cielo? —preguntó Cassie, con el corazón dándole un vuelco.
—El señor de las fotos del barco... él no es mi papá —dijo Mila, cerrando los ojos—. Yo lo vi una vez en un sueño. Mi papá de sangre es alguien que tú conoces. Alguien que no es malo como Valeria. Pero no te preocupes... Papi Enzo es el que se queda. Los otros solo están de paso.
Mila se quedó dormida antes de que Cassie pudiera hacerle más preguntas. ¿A quién conocía ella que pudiera ser el padre de Mila? ¿Qué secreto guardaba Valeria que ni siquiera Enzo conocía del todo?
La novela avanzaba, lenta y deliciosa, desenredando los hilos de un pasado que se negaba a morir, porque detrás de la alegría de Mila y la pasión renovada entre Enzo y Cassie, se escondía un misterio que estaba a punto de cambiar las reglas del juego para siempre.
Cassie salió de la habitación y se encontró con Enzo en el pasillo. Él la tomó por la cintura y la pegó contra la pared, besándola con una intensidad que la dejó sin aliento.
—Mañana ganaremos, Cassie —susurró él contra sus labios—. Por ella. Y por nosotros.
La guerra de los Moretti apenas estaba comenzando, pero por primera vez, la Reina del Acero sentía que tenía un ejército invencible: una niña con una corona de diamantes y un hombre que, finalmente, había aprendido a comerse el mundo por ella.