Capítulo 25: El Pacto de la Pequeña Emperatriz

1034 Words
Restaurante "The River Café", Brooklyn. 8:00 PM. El restaurante había sido cerrado exclusivamente para este encuentro. Afuera, el puente de Brooklyn se erguía como un gigante de acero, y bajo él, las aguas del East River corrían oscuras y profundas. En una mesa central, frente al ventanal que dominaba el brillo de Manhattan, la escena era irreal. De un lado, Markus Vieri, el "Lobo de la Bratva", con su elegancia letal y sus ojos de hielo. Del otro, Enzo Moretti y Cassie Van Doren, formando una muralla de autoridad y amor. Y en la cabecera, sentada sobre dos cojines de seda para alcanzar la mesa, Mila. La niña vestía un traje de chaqueta blanco, impecable, y su corona de diamantes parecía emitir luz propia. Sobre la mesa, frente a ella, estaba el brazalete de oro del lobo que Markus le había enviado. —He aceptado esta cena porque mi mami dice que las personas inteligentes hablan antes de pelear —comenzó Mila, rompiendo el silencio con una voz que no admitía interrupciones—. Pero escucha bien, señor Markus, porque no lo voy a repetir. Markus arqueó una ceja, fascinado por la audacia de la pequeña. Enzo y Cassie se mantenían en guardia, listos para saltar ante cualquier movimiento en falso. —Dime, pequeña reina. Te escucho —respondió Markus con una sonrisa gélida. Mila tomó el brazalete y lo deslizó por la mesa hacia él. —Tú quieres que yo sea la reina de tu reino allá en Chicago, ¿verdad? Quieres que aprenda a ser una loba. Pues bien, acepto el trato, pero bajo mis reglas. Enzo se tensó, pero Cassie le puso una mano en el brazo, pidiéndole confianza en la niña. —Si quieres que algún día yo use tu corona, tienes que aceptar algo —continuó Mila, clavando sus ojos azules en los de Markus—. Yo seré criada por mi papi Enzo y mi mami Cassie. Ellos son mi casa. Ellos son los que me enseñan a ser buena y a ser fuerte. Tú solo eres... el señor de la sangre. Así que, si quieres que yo herede tu imperio, tendrás que esperar. —¿Esperar cuánto? —preguntó Markus, intrigado. —Hasta que yo sea grande —sentenció Mila—. Cuando yo tenga la edad de mami, yo misma me presentaré en tu reino en Chicago. Iré allí, me sentaré en tu trono y lo reinaré a mi manera. Pero hasta entonces, tú te quedas lejos. No más rosas negras, no más ataques a las obras de mi mami, y no más secretos. Markus soltó una carcajada seca. —Eres ambiciosa, Mila. Igual que yo. Pero, ¿qué me impide llevarte ahora mismo? Mila sonrió, y en esa sonrisa Markus vio el abismo. —Lo que te impide es que yo sé que tienes secretos. Si no aceptas que mi papi Enzo me críe en paz, buscaré cada uno de tus secretos oscuros, los grabaré con mi tablet y los llevaré a la televisión. Haré que todo el mundo sepa quién eres y tu imperio se caerá como un castillo de naipes. Y entonces, ya no tendrás reino que darme. El silencio volvió a reinar. Markus miró a Enzo. El odio seguía ahí, pero también un respeto mutuo nacido de la protección hacia la misma niña. Markus comprendió que Mila no era una pieza para ser movida; ella era la jugadora. —Tienes garras de Vieri, pero la astucia de una Moretti-Van Doren —dijo Markus finalmente—. Está bien. Hagamos un pacto. Yo retiraré mis ataques contra Van Doren Constructions. Dejaré que vivas tu infancia en Nueva York con ellos. A cambio, quiero el derecho a verte una vez al mes, bajo supervisión. Quiero asegurarme de que mi heredera reciba la educación que una loba merece. Enzo apretó los dientes, pero Cassie habló primero. —Aceptamos. Pero con una condición extra: si Mila alguna vez dice que no quiere verte, el pacto se rompe y te borraremos del mapa, Markus. Nueva York es nuestro territorio. Markus asintió, extendiendo su mano sobre la mesa. No hacia Enzo, sino hacia Mila. —Trato hecho, pequeña reina. Mila no le dio la mano. En su lugar, le dio un golpecito con su cuchara de helado. —Trato hecho. Ahora, pide la cuenta, que mi papi tiene que llevarme a casa a dormir. Mañana tengo clases de piano y no quiero tener ojeras. Seis meses después. La paz había llegado a la mansión Moretti, pero era una paz armada. La crianza de Mila se había convertido en un proyecto conjunto, aunque a distancia. Cassie supervisaba sus estudios de arquitectura y ética, mientras que, una vez al mes, Markus enviaba instructores de esgrima, idiomas y estrategia desde Chicago para que la niña no olvidara su origen. Mila crecía como una flor de acero en un jardín de diamantes. Bajo la protección de Enzo, aprendía el valor de la lealtad y el amor. Bajo la guía de Cassie, aprendía que una mujer fuerte no necesita gritar para ser escuchada. Y bajo la sombra de Markus, aprendía que el mundo es un tablero donde solo sobreviven los que ven tres pasos adelante. Una tarde, mientras Mila practicaba con su espada de madera en el jardín, Enzo y Cassie la observaban desde la terraza. —Se está volviendo imparable, ¿verdad? —susurró Enzo, abrazando a Cassie por la cintura. —Es el resultado de tres mundos chocando, Enzo —respondió Cassie, apoyando la cabeza en su hombro—. Tiene tu corazón, mi determinación y el fuego de Markus. El día que decida ir a Chicago a reclamar ese trono, el mundo no va a saber qué la golpeó. —Aún falta mucho para eso —dijo Enzo, dándole un beso en la frente—. Por ahora, solo es nuestra niña. Nuestra pequeña emperatriz. Mila se detuvo en el césped, levantó su espada hacia el sol de la tarde y sonrió. Sabía que su historia apenas estaba comenzando. Su infancia y adolescencia la prepararían para el día en que Nueva York y Chicago se arrodillaran ante ella. Porque Mila Moretti-Van Doren-Vieri no nació para seguir reglas. Nació para escribirlas.
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