“El mata rata”…”Te lo garantizo y no es mito, solo te da tres pasitos”… “El mata rata”…— Era el pregón del viejo Fernando, haciendo ahínco en la R, que le salía como ametralladora, cuando nombraba al roedor que deseaban aniquilar. Arrastraba la pierna derecha a la hora de dar el paso, pero la habilidad que carecía una la tenía la otra, lo que le hacía un vetusto ágil con pomos de su asesino producto en la mano.
—El viejo Fernando Fresneda, alias “Yunque”.— comento un también un envejecido hombre de r**a negra, pelo esponjoso lleno de canas como pucha de algodón y tabaco en mano, lo que le hacía escupir de cuando en cuando al césped que se encontraba custodiando el banco en el que estaba sentado junto a otro moreno más joven. Le hizo un saludo con la mano que sujetaba el tabaco— ¡Si mi suegra viviese, te compraba todos esos potes de mata rata!— Le grito y acto seguido una seguidilla de risas. escupió hacia el césped. El pregonero mostro sus encías, saludo con las manos llenas de pomos y siguió su camino de pregón.
—Lo conozco hace más de cuarenta años, y siempre de pregonero vendiendo cosas. Unas veces cucuruchos de maní, otras coquitos, mamoncillos, plátanos. ¡Vaya! no vende caja e’ muerto porque esta tan flaco que no puede con ella— Escupió para poder liberar una risa con su acompañante— No tuvo hijos, y la única mujer que se le conoció… ¡Que problema con eso! ¡Ño! ¡Ave María purísima! Oye esto:
Una joven de veinte años, desnalgada pero que compensaban su pechuga y una linda cara de porcelana. Copioso cabello castaño, rictus labios rosados que eran adornados por un lunar como trozo de chocolate en un tazón de yogurt. Este resaltaba delicioso y hermoso, a un costado del labio superior. La conoció cuando trabajaba de ayudante en la única c********a que operaba en Aguacate. Un pueblo en el occidente de Cuba del cual era oriundo Fernando Fresneda “Yunque”. Preparaba y llevaba orden todos los días, sobre todo para el bodegón de un amargado español, padre de Miriam — asi se llamaba la chica.
Muchos meses de ruegos, promesas y juramentos de gran futuro, le costó a Fernando convencer al rabioso gallego para que cediera la mano de su hija. Hasta que por fin, —conmovido, viendo la angustia de su leal empleado— El dueño de la c********a se reunió con el padre de Miriam , al que conocía de muchos años, para decirle— sin ningún tipo de ruegos, promesas o juramentos— que quizás más adelante,—pequeña gigante mentira— le daría un por ciento de las acciones del negocio a Fresneda. Acción que compraría pagándole con un porcentaje de su sueldo.
El Ibérico acepto, aun con cierta desconfianza y sin el absoluto consentimiento de la hija. Miriam protesto, grito, pataleo. Hubo que bajarla del techo, gritando a todos que se lanzaría. Llegaron a traer al párroco para que con un poco de agua bendita y rezos, lograra aplacarla y convencerla. Al otro día estaba en el policlínico, con una pierna torcida debido a la caída en un intento de ahorcarse. Pese a todo esto Miriam y Fernando Fresneda, se casaron. Ella puso como condición, llevarse consigo a su gata.
Le condujo a una humilde casita construida con techo de yagua y madera de palma pintada de azúl zafiro, ubicada en la entrada del pueblo. Luego de unos meses, el dueño de la c********a, lo llamo a un lado— justo cuando acomodaba perniles en unos ganchos dentro de la nevera—. Le comento sobre un run-run que había en el pueblo, en el que vinculaban a su esposa Miriam con el hijo del dueño de la funeraria— con quien tuvo un romance de adolecentes— al ver a Fernando algo alterado. Su patrón le pidió que no hiciera caso a comentarios pueblerinos. Que es lo más probable, sean rumores salidos de envidiosos para fastidiar.
Fernando Fresneda, no pudo dormir en dos noches seguidas y quedó maquinando en su cerebro todo aquello y comenzó a dar más peso a la posibilidad de que esos comentarios fuese una verdad a voces. No dejaba de pensar en el refrán de que “Cuando el rio suena…” Ese mismo día, de la segunda noche sin dormir. A las diez de la mañana, pidió permiso a su jefe— permiso que de inmediato le concedieron— y salió disparado para la casa. Allá se encontró a Miriam en el sillón del portal con su gata amarilla en los muslos, adormecida por las caricias que le daba. Ella escuchaba a toda voz, en una radio conectada en la sala, la novela que daban a esa hora. Al verle llegar de reojos, ni se inmuto. Mientras que la felina si dilato sus pupilas e incorporándose erizo los pelos del lomo y ancho la cola, escupiendo y regañando a Fernando con un odio ya común en la gata.
Con la cara más tranquila y disimulando que iría al baño— una letrina a diez metros rumbo al patio— reviso debajo de la cama, en la cocina, en el escaparate y hasta en las ramas de la mata de mango que había detrás de la casa. Se fue más tranquilo y asi estuvo varios días. Una mañana despertó sobresaltado por haber soñado que su mujer hacia el amor con el susodicho chico. Fue a trabajar con la cabeza repleta de miedos y dudas, se estaba tornando amargado y huraño. Mientras cumplía sus honorarios, le vinieron imágenes de los amantes besándose desnudos. No pudo más y Fernando volvió a pedir permiso en un horario diferente al anterior, y asi ver si pillaba a Miriam en algo. Llego a la casa sin hacer ruidos. Se asomó por la ventana —que estaba entre abierta—no vio a nadie. Abrió la puerta con el sigilo de un hombre casado y tres noches ausentes de diversión. Tampoco sintió la presencia de la mujer. Fue directo a la habitación sin resultado alguno, y en una locura, fue al patio gritando a toda voz: ¡MIRIAM!
Esta salió ménade detrás del árbol de mango, con ojos molestos como los de la gata, que en una de las ramas escupía y regañaba a Fernando que iba desesperado para encima de su esposa. Le subió la bata de casa azul que tenía puesta. Metió la mano en el blúmer y con la misma los dedos dentro de su v****a. Reviso, palpo unos segundos, luego estudio su mano y hasta la llevo a su nariz. La molestia de la joven fue tal, que Fernando Fresneda durmió un mes entero en el sofá. Mientras ella dormía muy plácidamente en la cama con su gata.
Los comentarios se hicieron mayores y con estos también la paranoia del hombre. Una mañana, cuando llevaba solo una hora de jornada, salió— sin siquiera pedir permiso como las veces anteriores— rumbo a la casa, pensando que ahora si la sorprendería, y desde el frente le comenzó a gritar: “¡MIRIAN! ¡MIRIAN!... “¡SAL CON ESE PERRO, SE QUE ESTA AHÍ CONTIGO! ¡SUCIOS!”. En otra ocasión, se llevó del trabajo el cuchillo con el que preparaba los pedidos —no sin antes dejarlo afilado como una hojilla—. “¡MIRIAM! ¡MIRIAM!” “ ¡A MI NO ME ENGAÑAN! ¡SON UNOS MALDITOS!”. Gritaba y con el cuchillo en mano le volvía a inspeccionar la v****a.
La chica aterrada y llena de pánico, le conto todo a su padre. Este de una vez busco a Fernando y poniéndole un revolver— Smith and Wesson modelo 10— en la cabeza. Le obligo a presentarse para la firma del divorcio. Cosa que con cierto alivio, hizo. Curiosamente Miriam, finalizando el año. Recogió una maleta, dinero del padre, la gata amarilla, y se fugó de la casa. Con el hijo del dueño de la funeraria de Aguacate.
— ¡No puede ser!— exclamo el más joven acompañante del narrador, que escupió nuevamente en el césped.
— ¡Cómo te cuento!, ¡cómo te cuento!— puso el tabaco entre dientes. El humo envolvía todas sus arrugas. Volvió a escupir.
YURI