El hombre que vivió para volar y voló para morir
«La gente común cree solo en lo posible. La gente extraordinaria visualiza no lo que es posible o probable, sino lo que es imposible. Y al visualizar lo imposible, comienzan a verlo como posible». Cherie Carter-Scott.
En la década de los ochenta, cuando apenas contaba con unos diez años. Iba desde Ciudad de la Habana, hasta el pueblo de Aguacate, ubicado a más de sesenta kilómetros de la capital cubana y donde vivían mis abuelos maternos, poseedores de una finca llamada El Coronel. Allí se resumía toda la felicidad de este mundo para mí, a tal punto, que siempre que iba contento un viernes, ya el regreso del domingo era pasar todo el trayecto llorando. Caballos, gallinas, gatos, perros, vacas y demás flora y fauna, me cautivaban en su totalidad. Demás está decir que el abuelo era un hombre trabajador de sol a sol y carismático. Llamaba siempre mi atención en todo lo que hacía, convirtiéndose en mi verdadero héroe. Le admiraba tanto por como ordeñaba una vaca, como montaba a caballo, o simplemente el valor de retorcerle el pescuezo a una gallina para la sopa.
Sin embargo, tenía algo que, quizás por el despiste típico de la infancia no le logré preguntar en su momento. Pero me daba curiosidad con respecto a que para referirse a un amigo o alguien que ejecutaría alguna tarea peligrosa, le decía: "Cuidado vuelas como Beto Pascual". Recuerdo una mañana de sábado, abuelo solicitó los servicios de un "tumbacocos" muy celebre de por allí. En el momento que el flaco muchacho decide comenzar a trepar, la exageradamente vertical— carente de alguna joroba que permitiese descansar—, mata de coco, la más alta de la arboleda. El abuelo le gritó eso mismo: "Cuidado sales volando como Beto Pascual", en el propio instante que lo vio titubear, desplazándose un metro mientras iba por la mitad. El tumbacocos, con los pies cruzados alrededor del tronco, sonrió al abuelo y soplándose los dedos continúo trepando.
Mi héroe falleció de un fatídico ataque al corazón, justo a mitad de esta década de los ochenta. Meses después de este trágico momento, una mañana quedé con la abuela sentado en los taburetes del patio, y afloro en mi esa curiosidad de saber el por qué el abuelo hacía referencia a esa frase para advertir el peligro. Entonces la abuela, con un vaso de café humeante en mano, me contó.
Beto Pascual era un humilde chico que nació y se crio a tres fincas de ellos. Desde muy niño— finales de los sesenta, principio de los setenta—. Vivía obsesionado en mirar los aviones que recorrían el imperante cielo azúl de la zona, debido a que, se decía, que por ahí había un corredor aéreo, donde las naves, cuando se despedían de Cuba, tomaban esta ruta rumbo a Europa, sobre todo en las mañanas y tardes. Sumado a esto, cuando no pasaba ningún avión, Beto Pascual quedaba envilecido de mirar a las aves volar, y sin tener libretas donde anotar —debido a su poca preparación escolar— se sabía cada técnica que usaban los pájaros para desplazarse. Llegó a ser tanta la psicopatía por todo lo que se sostenía en el aire, que él mismo, a los once años, se subió encima de una mata de guayaba con dos hojas de plátanos amarradas (algún primo de cómplice) con sogas a los brazos, y se lanzó. El resultado fue, múltiples golpes y un esguince.
Cuando Beto Pascual era adolescente, una hermosa joven del pueblo se fijó en él, y se enamoró tanto como este del cielo y sus derivados. Nunca le prestó atención a Isabella, que así se llamaba la mozuela. A su vez, a esta la comenzó a rondar el hijo del herrero más exitoso de todo aquello. Un chico fortachón, altanero y prepotente. Tanto era su vanidad y orgullo, que le llevó a decirle a todos cuanto veía, que Isabella sería su esposa muy pronto, incluso a esas mismas personas las estaba invitando al fiestón que haría para celebrar. Precisamente el día que iba a pedirla, fue en una fiesta de nochebuena. La muchacha estaba tan reluciente y hermosa, que logró Beto Pascual olvidar por un rato sus aviones y aves. Concentrándose en la armonía que existía entre los labios y los ojos de la chica. Comenzó a contarle sus inquietudes y deseos por algún día volar. Le narro varias anécdotas que se sabía sobre grandes pilotos de la historia como la Norteamericana Bessie Coleman en los años veinte, o Amelia Earhart, también por esta época, o Charles Lindbergh, y le conto, como este último, fue el primero en cruzar el océano Atlántico de Oeste a Este, uniendo el continente Americano y el Europeo. Isabella estaba entusiasmada y los ojos repleto de embeleso. Para media noche, ya eran novios.
El hijo del herrero, maldijo cuanta cosa había a su alrededor. Vivió meses amargado y frustrado, más aun, cuando se enteró al año, de que habría casorio. Tomo la decisión de irse del pueblo, incluso de la isla de Cuba. Fue a parar a Estados Unidos gracias a los sudados ahorros del padre. Beto Pascual e Isabella, vivieron felices como en los cuentos. Su nido era una choza que se encontraba en una pequeña finca que le había regalado el padre de ella. Llenaron la casita de rosales y cercas con tablas pintadas de diferentes colores. Era un verdadero dulce hogar.
Un día, fueron citados al único correo del pueblo, por un paquete que les habían enviado desde los Estados Unidos. En efecto, cuando se presentaron los esperaba una gran caja con un “Ala delta” impreso en las afueras de ella, además de una carta aparte, escrita por el hijo del herrero. Beto Pascual no lo podía creer, y le sudaban hasta las manos, miraba la caja con una sonrisa de carnaval. Mientras el llevaba el pesado bulto, Isabella le hizo detener para leer la misiva. Se sentaron en el contén de la acera. En estas líneas, el muchacho les pedía mil perdones por haberse comportado como un idiota resentido e inmaduro. Que sabía, como todo el mundo en ese pueblo de Aguacate, que Beto Pascual soñaba con volar algún día y le enviaba este regalo a sus pies como una ofrenda de perdón, por el mal comportamiento brindado.
Beto Pascual no prestaba tanta atención a estas disculpas y no hacía más que observar la caja del ala delta, la cual, aparte de la impresión del objeto, decía por fuera, PATENTADO POR JOHN DICKENSON. Carga máxima de 55 kg- 100 kg. Envergadura de 9,61 m- 10,54 m. Superficie de vela 12,5 m2 - 14 m2. Sencillamente Beto Pascual aceptó las disculpas solicitadas por el remitente, mirando la carta en manos de Isabella con una sonrisa fija, algo asi como la impaciencia de un niño en la tienda esperando a que los padres acaben de pagar el juguete comprado. A partir de ese día, dormía con la caja al lado de la cama, y de cuando en cuando, en la madrugada, estiraba su mano para asegurarse de que aún estuviese allí.
Lo menos que sabía Beto Pascual, era que de que en el hijo del herrero núnca había muerto el resentimiento, ni mucho menos el rencor y la ambición de una venganza. Encontrándose con otros cubanos en un bar de Fort Lauderdale, algo ebrio, contó todo su pesar y derrota. Como el alcohol a veces pone creativo, algunos de ellos tuvieron la idea de enviarle en la caja de un ala delta, una carpa o casa de campaña, la más reluciente y suculenta que hubiese en las tiendas. Así lo hicieron y enviaron a la isla.
Un día, Beto Pascual se levantó con el férreo deseo de armarla. Pidiéndole ayuda a su suegro, que de técnicas solo tenía la manera de poner las manos y los dedos en las tetas de una vaca para ordeñarla. Nada encajaba con la descripción de la caja y mucho menos un manual de instrucciones sucio, estrujado y en inglés. Les costó tres días seguidos de martillazos, cortes por aquí y por allá. Hasta costuras de isabella y su mamá en la lona para darle forma y similitud a su aparato de vuelo. Logrado el objetivo, lo dejo armado en la pequeña salita de la casa, como una escultura a sus sueños de volar.
Así pasaron varios días, hasta que por fin en una noche sin dormir y mirando al techo, le informo a Isabella que se iría a la Habana, donde habían edificios gigantes, y desde uno de estos se lanzaría a volar. A Partir de aquí, su esposa alarmada, se tomó el insomnio para sí, e insistió con todas sus fuerzas a su marido que desistiera de esta locura. “Lamento haber colaborado en armar este aparato del demonio”, así le dijo. Para la chica todo fue en vano. Beto Pascual por estos días trabajo más duro que núnca. Llevaba al pueblo yuca, papa, boniato, malangas, maíz, hasta queso y leche fresca. Todo para reunir el dinero suficiente con que costear el traslado a la capital.
Así fue. Un sábado por la mañana partieron en un viejo camión de los años cincuenta. Beto Pascual, Isabella y su papá, iban en la parte de atrás custodiando al extraño ala delta. Cuando pasaban por el malecón habanero, observaron con asombro las edificaciones y lograron encontrar el punto más alto, el hotel Deauville. Un hermoso Hotel de 1957 con 140 habitaciones y 14 pisos. El camión los dejo frente a este hotel con todos sus andariveles y se fue. Tuvieron mucha dificultad para entrar, solo lo pudieron hacer por la parte de atrás en donde sobornaron a un cocinero que en plena mañana, destapaba una botella de ron. Mirando hacia los lados les introdujo por las escaleras de atrás. Isabella y su papá llegaron sin aliento, incluso al pobre señor le dio un par de taquicardias que lo dejaron varias veces doblado con la mano en el pecho. Beto Pascual ni se inmuto, debido a que estaba protegido por una coraza de adrenalina. Seguía con su sonrisa estática y al sentir la fuerte brisa marina inhalo lo más profundo que pudo con una sonrisa en la cara y los ojos cerrados.
Comenzaron a armar todo aquello él y su suegro, mientras Isabella temblorosa se encargaba de ubicar y asegurar sogas y correas. Llegó la hora, el suegro le dio un corto abrazo y varias palmadas en el hombro, no quiso mirar más. Isabella se le guindó del cuello dándole innumerables besos y apartándole el cabello de la frente volvió a preguntarle si estaba seguro. Beto Pascual le brindo una sonrisa soñadora, miró al vacío, y luchando con un viento que dificultaba le dijo: “¡Si, estoy seguro!”, y se lanzó.
Según testigos, logró mantenerse volando unos segundos, que seguramente le hicieron el hombre más afortunado y feliz de la tierra. Miro un paisaje hermoso que componía un cielo extremadamente azúl, un mar sereno y esplendoroso que limitaba el necio malecón. Beto Pascual se estrelló contra este muro, desplazándose de inmediato al mar vuelto una masa de lona, tubos, sangre y huesos rotos. Duró dos días en estado crítico, luego se rindió.
En su lápida se leía: “AQUÍ YACE UN LOCO QUE VIVÍO PARA VOLAR, Y VOLÓ PARA MORIR”.
“El poder analítico no debe ser confundido con la simple ingeniosidad; porque mientras él es necesariamente ingenioso, el hombre ingenioso es incapaz del análisis. El poder de combinación o constructividad, por el cual se manifiesta generalmente la ingeniosidad y al que los frenólogos (están equivocados, según creo) han asignado un órgano aparte, suponiendo una facultad primitiva, ha sido visto a menudo en gentes cuyo intelecto es tan cercano al idiotismo, que ha motivado discusiones entre los que escriben sobre moral. Entre la ingeniosidad y la aptitud analítica existe una diferencia mucho más grande a la verdad que entre la imagen y la imaginación, pero de un carácter estrictamente análogo. Se encontrara en fin, que el ingenioso es siempre imaginativo y el verdadero imaginativo no es otra cosa que analista”.
“Narraciones extraordinarias”
Edgar Allan Poe
Así, con la abuela terminando su vaso de café, entendí por que el abuelo hacía tanta alusión a esta frase para advertir el peligro. Hasta sentí orgullo de que ellos hubiesen conocido a tan desquiciado y cuerdo Beto Pascual.
YURI