Trasgo en las Nubes

3247 Words
Un buen hogar siempre estará donde el fracaso y el éxito sean de todos. Donde disentir sea intercambiar y no guerrear. Donde la formación junte los eslabones, y la oración forme la cadena. Donde las pajas se pongan con el alma y los hijos se calienten con amor. Donde el vivir este lleno de sol y el sufrir este lleno de fe.                                                                                                                                ¿?                     Julio, era un niño de doce años que vivía a las afuera del mas remoto y rural pueblito en el oriente suramericano .Estaba a la cabeza de tres hermanos, dos bebas y un pequeñín de tan solo tres años, eran los que componían la parte traviesa de la familia. Mamá, papá y el, partían todas las mañanas campo adentro, aun oscuro en la madrugada, para sembrar y labrar bien duro la tierra, aparte de atender y cuidar sus animales con mucho afán y ahínco.                 Los mediodías, iba conduciendo su caballo lucero rumbo al pueblo en la vieja carreta acompañado del padre, llevando consigo toda la cosecha fresca del día para vender y así sustentar lenitivamente a la familia .Sacos mediados de papas, yucas y zanahorias, verdes brócolis, entre otras cosas, formaban parte del menú que poseían en el plan de imbuir a los transeúntes del lugar.                   Después de estar la tarde completa pregonando precios a la caterva de gentes, y de cobrar uno que otro medio kilo, su padre lo dejaba ir al terreno de béisbol que se encontraba a dos cuadras, para que así el chico disfrutara de algún juego que organizaban los jóvenes de la zona.  Julio portaba una emoción especial para este deporte, tanto así que en su casa, lejos de tener una colección de barajitas caras, o de jugar comiendo chucherías y refrescos frente a un lujoso PlayStation, aun sin siquiera tener un televisor viejo en blanco y n***o o algún que otro juguete y sus derivados. Si era poseedor de un bate que el mismo construyo sacado de una recta rama del guayabo más cercano al humilde bohío, con el que antes de cenar, todas las tardes frente a la casa, se ponía a batear piedras de todo tipo y tamaño, haciendo una ilusoria ideografía de su estrellato deportivo, en donde hasta los árboles aplaudían sin parar cada jugada, en especial algún jonrón que se perdía a lo lejos  bagual en la maleza.         En esto consistía la vida de Julio. Era una especie de ley para el, no importarle mas nada que darle un férvido interés  a cada amanecer que aparece por sus  ojos  sin  la preocupación latente de si el mañana amanece nublado o simplemente los rayos del sol besaran la tierra.                      Un día, el padre se levantó mas temprano que de costumbre, despertando a sus hijos, los subió a la carreta y salio rumbo a pueblo. Cansado de verlos con las uñas llenas de tierra y sin otro futuro que el de aspirar a ser unos pedacitos de seres humanos que batallaran toda la vida para salir a flote de la miseria y la  ingenuidad que les envuelve, como  su propio reflejo. Fue directo a la escuelita del pueblo y allí los entrego  tal cual una ofrenda celestial a Dios. Solo quedo el más pequeño sin ir.                                   Los primeros días se tornaron duros para estos .Constantes lagrimas y sollozos eran la prueba mas fehaciente de ello. Al padre se le partía el alma cuando los tres juntitos gritaban llorando en la puerta del colegio que devolviera a su caballo Lucero y los llevara a casa. Así fueron pasando los días y el relacionarse con otros niños de su propia edad, fue la formula milagrosa para que en el transcurso de la sabia magia del tiempo, fuesen los chicos mas puntuales atentos y sonrientes de sus respectivas aulas.                  Así, todo comenzaba a salir bien y el sacrificio ingente del padre, partiendo a dos horas de viaje en carreta día tras día, comenzaba a mostrar los dividendos y los frutos maduraban. En su mente realizaba un comercial acerca de todo el sudor, cabalidad, abnegación y de lo primordial que era esto ante el futuro de sus hijos. Los que desconocen este tipo de pensamientos se burlarían, pero aquellos que comparten la magia de pensar mas allá del cielo, saben que aquí radica el secreto para triunfar y  la formula para  saborear el vino de la felicidad.                         Más, había un solo pequeño problema, el cual tenía nombre, Julio. Resulta ser que el infante estaba cursando el primer grado y teniendo doce años no asimilaba  de manera muy ágil, todos los conocimientos que le ofrecían. Así los niños se burlaban constantemente e insultaban con profunda abyeccion debido a sus torpezas nada voluntarias.  En una ocasión, en la que le preguntan delante de toda la ratificación de cuanto era cuatro más cuatro, creyó tener la respuesta y sin pensarlo dos veces la dio: ¡Cinco!                     Por los momentos fue un derrame de risas lo que causo. La maestra trato de controlar el asunto, pero fue imposible amansar a estos pequeños tiranos. Luego en horas del receso, haciendo alusión al vía crucis, le apodaron rey de los brutitos. Formaron  un pasillo para que por el pasara, convirtiendo al pobre chico en el blanco de galletas pedazos de lápiz, escupidas y hasta restos de pan hecho pelotas.                   Julio, comenzó a llenarse de tristezas y perennes depresiones. Le confeso a la madre de que iba a la escuela solo por complacerles a ellos, pero que odiaba  a los alumnos, los números, las letras, odiaba  a la maestra y hasta a la bandera que  en el asta se izaba  todas las mañanas.                   Precisamente para el jueves, la profesora había planificado una excursión con todos los chicos del aula y así darle varias charlas sobre la naturaleza y sus respectivos cuidados, y así fue. Ese día llevo consigo  al subdirector de la escuela, el cual ayudaría en la plática y supervisaría toda la materia. Partieron, siendo Julio el último del grupo que caminaban sin parar, hasta llegar a las afueras del pueblo, en donde era más intrincada y espesa la vegetación. Estando allí decidieron descansar.              Como el silencio y la modestia son cualidades muy convenientes en el arte de la conversación, nuestro chico de doce años se colocó aislado de todos, cobijándose bajo la sombra de un frondoso árbol de mango cargado de flores que coqueteaban con laboriosas abejas. Allí sentado, apoyo su cabeza en la corteza y con ayuda de la lenitiva brisa, dejo a un lado sus tensiones y quedo dormido mientras departían entre preguntas y sus respectivas respuestas, la maestra y sus pequeños súbditos.                  Más tarde, a un  subdirector amanerado, se le ocurrió la brillante idea de, entonando canciones de unidad y fraternidad, ir recogiendo hojas, flores, semillas, hongos, plantas, y en fin, llevar a la escuelita todo tipo de evidencia, reafirmando con ello,  que la naturaleza es el sueño perfecto tejido por  Dios para cobijarnos y condenarnos en su bendita gloria.                   Con todo el entusiasmo del mundo cantaban, reían y hasta saltaban agasajados en sus escuetas faenas, mas bien guiados por palabras como las de Martín L. King: “Aunque supiera que el mundo se va acabar mañana, yo plantaría un árbol ” .        Uno de los chicos al ver a Julio durmiendo tan sereno, tomo en sus manos un turrón de tierra y lo lanzo  fuerte , cosa que no dio en el  blanco, pero si logro llamar la atención del escurridizo  chicuelo. Este no hizo caso alguno y acomodándose del lado contrario, siguió encausticado dentro de si mismo. Daba a entender que nadie sabe lo que es analgésico y consuelo para el corazón hasta que nos quedamos aislados y bebemos varios sorbos del buen vino que nos ofrece la remuneran te soledad, regalándonos una fuerza incalculable ante todo. Algo así como ese árbol que en una cima árida y ambiente extremadamente hostil, con la humedad sumamente baja— debido a que la lluvia solo ofrece su manto poco menos de treinta centímetros al año cayendo así en la mayoría de los casos en forma de nieve— Además de crecer en lugares repletos de dolomitas, unas rocas calizas que apenas contiene nutrientes. Mas por si fuera poco, las temperaturas se hacen extremas y el viento sopla con gran fuerza. Siendo tan seco todo que a los virus y a las bacterias les cuesta mucho sobrevivir. Y aun, pese a toda esta supuesta burla del destino para con el árbol, este ser vivo, — como Julio— Estaba aislado y se aislaba a tres mil metros de actitud en las White Mountains de la cordillera oeste norteamericana, para continuar viviendo otro ratito más del que ha estado en sus 4700 años. Su soledad le hacía marcial del tiempo y el espacio. Así, mientras el chico navegaba por estos mares con las velas preñadas de bóreas, se escucho un grito ensordecedor y no precisamente de una sirena. Se trataba de Jessica, una de las niñas que mirando fijamente sus manitos, aterrorizada gritaba.                  Todos corrieron donde ella y se asustaron cuando vieron a la pequeña con sus deditos hinchados y las palmas de las manos considerablemente moradas. Al instante, se escucho otro grito aun mas agudo proveniente de un niño que, sobando sus orejas, corría desesperado de un lado para el otro. Se unía a la situación dos chicos mas, uno con las rodillas tan inflamadas que apenas se sostenía en pie, el otro rascaba su nariz que avivadamente crecía irritada.El subdirector y la profesora ya no daba abasto ante tantas quejas , lágrimas desorden y alarmas.                Hay un dicho caribeño muy popular que dice: “Cuando el mal es de retorcijones en la barriga, no valen las guayabas verdes”.  Todo se complico aun mas cuando, el segundo al mando de la escuela, comenzó a toser, mostrando una respiración evidentemente agitada, inclinado con las manos puestas en las rodillas, intentaba agarrar algo de oxigeno mientras la profesora le daba golpes  firmes en los pulmones. Julio fue atraído por los gritos y lamentos que se expandían como polvo en el viento, incorporándose de inmediato.               — ¡Aléjense del guaritoto...! ¡No lo toquen...! —Grito a toda voz mientras corría desesperado para evitar algo que ya había sucedido. Se percató de ello cuando vio que todos en sus mochilas, cuadernos y bolsillos, portaban esa escurridiza planta llamada Guaritoto, la cual intoxicaba inefable a quién solamente le rozara hipnotizado y camelado por la hermosura de su color y las seductoras flores dioicas que le adornaban. Les estaba costando muy caro el haberla querido coleccionar esta Urera Baccifera.                Así, Julio pateo los restos que estaban tirados en el piso, miro a un lado y al otro y solo vio flagelaciones y alaridos de dolor. Trato de quietarlos y a su vez recostó en un mejor lugar a la maestra que ya se había desmayado y salió disparado directo a una montaña que había cerca. Pasaron unos segundos cuando desapareció en ese océano de árboles. Se practicaba así, esa teoría donde ser valiente no significa precisamente en carecer del astroso miedo, se traduce en tener miedo, quizás mucho, pero seguir luchando con todas tus fuerzas, de manera tal que te pares firme ante la vida para no caerte por todo y continuar adelante el camino.        El chico regreso a los quince minutos, lleno de tierra y de suciedad, pero con las manos repletas de raíces y unas hojas, corriendo mas rápido que cuando se fue. Con la cara empapada en sudor, fue yendo uno por uno, poniéndoles un trozo de raíz y de varias hojas en la boca, rogándoles a cada cual que pese a lo amargo y desagradable aroma, masticaran fuerte y tragaran el jugo.                  Paulatinamente fueron recuperando el semblante —aunque con caras de pocos amigos— Haciéndose la respiración más ecuánime y segura. Julio al  estar convencido de que todo se normalizaba, salio  trotando al pueblo y busco ayuda de inmediato, siendo el propio director del colegio, el encargado de localizar ambulancias y traerlos  de  presteza al hospital. En efecto justamente sucedió. Lo que nadie se esperaba era el haberlos encontrado mejor de lo que imaginaban, incluso a uno de los infantes riendo. Fueron atendidos, y luego de unos pinchazos y una saca la lengua, mandaron a todos para sus respectivas casas. Mientras Julio, acurrucado entre sus hermanitos, observaba como conducía papá a lucero, con armonioso trotar, también rumbo al hogar.                   Al día siguiente, cuando Julio, remolón y perezoso como cada mañana.  Abrió la puerta, para integrarse de último— como de costumbre, en la carreta— y salir rumbo a la escuela. Fue una inmensa sorpresa para él encontrarse a todo el colegio en formación haciendo un pasillo en el medio para que se desplazara triunfal. En primera fila estaban sus padres, hermanitos, el director y la maestra e incluso los médicos que les atendieron. Mas aun, quedo perplejo, cuando el autor de todas las burlas y maldades que le hacían la vida imposible en la escuela, se le acerco con un trofeo en las manos hecho por los padres de cada niño que participo en la excursión. Repleto de emoción y con la cara llena de lágrimas, abrazo al chico de doce años pidiéndole  perdón  más de una vez , con la misma agradecía todo lo que hizo por ellos, algo que causo también lágrimas en Julio más aun con los   tantos  aplausos que ovacionaban a  este pequeño gigante.                   El jovencito no fue más que el líder de toda la escuela. Gano confianza, conocimientos y muchos amigos. Ahora, aparte de saber que semillas usar, en que terreno sembrarlas y cual luna es la mejor para la cosecha o simplemente tener conocimientos de cómo ordeñar y guiar los bueyes por el arado, Julio también conoce de recetarios, tratamientos y, entre otras cosas, como operar una hernia discal y decirnos cual costilla nos rompimos, siendo hoy en día ortopédico en acreditado hospital de una eminente ciudad.                                                                                                                           YURI         José Martí escribió en el periódico (1889) La Edad de Oro:                                  “Para los niños es este periódico, y para las niñas, por supuesto. Sin las niñas no se puede vivir, como no puede vivir la tierra sin luz. El niño ha de trabajar, de andar, de estudiar, de ser fuerte, de ser hermoso: el niño puede hacerse hermoso aunque sea feo; un niño bueno, inteligente y aseado es siempre hermoso. Pero nunca es un niño más bello que cuando trae en sus manecitas de hombre fuerte una flor para su amiga, o cuando lleva del brazo a su hermana, para que nadie se la ofenda: el niño crece entonces, y parece un gigante: el niño nace para caballero, y la niña nace para madre.                                                                                    Los Zapaticos de Rosa                                                                                                                                                            A madeimoselle Marie: José Martí     Hay sol bueno y mar de espuma,  Y arena fina, y Pilar Quiere salir a estrenar  Su sombrerito de pluma.   —« ¡Vaya la niña divina!»  Dice el padre, y le da un beso:  «Vaya mi pájaro preso  A buscarme arena fina.»   —«Yo voy con mi niña hermosa»,  Le dijo la madre buena:  « ¡No te manches en la arena!   ¡Los zapaticos de rosa!»    Fueron las dos al jardín  Por la calle del laurel:  La madre cogió un clavel Y Pilar cogió un jazmín.    Ella va de todo juego,  Con aro, y balde, y paleta:  El balde es color violeta:  El aro es color de fuego.   Vienen a verlas pasar:  Nadie quiere verlas ir: La madre se echa a reír,  Y un viejo se echa a llorar.    El aire fresco despeina  A Pilar, que viene y va Muy oronda: « ¡Di, mamá!  ¿Tú sabes qué cosa es reina?»                  Y por si vuelven de noche  De la orilla de la mar,  Para la madre y Pilar Manda luego el padre el coche.    Está la playa muy linda: Todo el mundo está en la playa:  Lleva espejuelos el aya  De la francesa Florinda.     Está Alberto, el militar  Que salió en la procesión  Con tricornio y con bastón,  Echando un bote a la mar.   ¡Y qué mala, Magdalena!  Con tantas cintas y lazos,  A la muñeca sin brazos  ¡Enterrándola en la arena!   Conversan allá en las sillas,  Sentadas con los señores,  Las señoras, como flores, Debajo de las sombrillas.    Pero está con estos modos  Tan serios, muy triste el mar: ¡Lo alegre es allá, al doblar, En la barranca de todos!   Dicen que suenan las olas Mejor allá en la barranca,  Y que la arena es muy blanca  Donde están las niñas solas.    Pilar corre a su mamá:  —« ¡Mamá, yo voy a ser buena:  Déjame ir sola a la arena:  ¡Allá, tú me ves, allá!»          —    Le llega a los pies la espuma:  Gritan alegres las dos:  Y se va, diciendo adiós, La del sombrero de pluma.    ¡Se va allá, donde ¡muy lejos!  Las aguas son más salobres,  Donde se sientan los pobres!  ¡Donde se sientan los viejos!   Se fue la niña a jugar,  La espuma blanca bajó,  Y pasó el tiempo, y pasó Un águila por el mar,   Y cuando el sol se ponía  Detrás de un monte dorado,  Un sombrerito callado Por las arenas venía.   Trabaja mucho, trabaja  Para andar: ¿Qué es lo que tiene  Pilar? Que anda así, que viene  Con la cabecita baja.   Bien sabe la madre hermosa  Por qué le cuesta el andar:  —   « ¡Ah, loca! ¿En dónde estarán?  ¡Di dónde, Pilar!» —«Señora»,  Dice una mujer que llora:  ¡Están conmigo: aquí están!                 «Yo tengo una niña enferma  Que llora en el cuarto oscuro  Y la traigo al aire puro A ver el sol, y a que duerma    «Anoche soñó, soñó  Con el cielo, y oyó un canto:  Me dio miedo, me dio espanto,  Y la traje, y se durmió.    .    .    —« ¡Se parece a los retratos!  ¡Tú niña!» dijo: « ¿Es de cera?  ¿Quiere jugar? ¡Si quisiera!…  ¿Y por qué está sin zapatos?»    «Mira: ¡La mano le abrasa!  Y tiene los pies tan fríos!  ¡Oh, toma, toma los míos:  ¡Yo tengo más en mi casa!»    No sé bien, señora hermosa,  Lo que sucedió después:  ¡Le vi a mi hijita en los pies!  ¡Los zapaticos de rosa!   Se vio sacar los pañuelos  A una rusa y a una inglesa;  El aya de la francesa Se quitó los espejuelos.       Abrió la madre los brazos: Se echó Pilar en su pecho, Y sacó el traje deshecho,  Sin adornos y sin lazos.    Todo lo quiere saber  De la enferma la señora:  ¡No quiere saber que llora  De pobreza una mujer!   —«¡Sí, Pilar, dáselo! ¡y eso También! ¡Tú manta! ¡Tú anillo!» Y ella le dio su bolsillo,  Le dio el clavel, le dio un beso.    Vuelven calladas de noche  A su casa del jardín:  Y Pilar va en el cojín  De la derecha del coche.    Y dice una mariposa  Que vio desde su rosal  Guardados en un cristal  Los zapaticos de rosa.                                                                                                              José Martí
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