Capítulo 4: Mi segunda visita, familia Murphy

1857 Words
Narra Sebastián Decidido a irme volvimos al auto, y con todo y equipaje, retornamos al aeropuerto. —Su padre se molestará, señor. Eso lo sabe, ¿verdad? —Pues no se molestará si no lo sabe, Francis. El secretario de mi padre hace un gesto y me temo que se irá de chismoso. —Mi trabajo es informarle todo a su padre, es mi deber hacer un reporte de lo que pasó con la familia Lancaster. —Espera, espera… No es necesario, mejor dile que le hemos ahorrado un mal rato. Anda, investiga a esa familia y verás que tengo razón. Dile a mi padre que los Lancaster solo querían recibirme y juntarme con su hija por conveniencia. —Lo indagaré, pero si no tiene razón, entonces le diré la verdad al señor Augusto. —Me parce fantástico, Francis. El siguiente destino es hacia la ciudad más grande de Oregón, Portland. —Las hermanas Murphy son egresadas de la mejor universidad de la ciudad, señor. Su padre ha manifestado que ambas han obtenido excelentes promedios académicos, tienen post grados y títulos anexos en distintas áreas. —¿Seguro que son dos mujeres jóvenes? Siento que me describes a una señora de cincuenta años. —Tienen su misma edad, señor. —Oh, entiendo. Dimos aviso a la familia Murphy que nuestro viaje se había adelantado, en unas tres horas estaríamos en Oregón, así que debíamos informar que pronto estaríamos con ellos. —Reserva un hotel, por favor, no quiero quedarme en la casa de unos extraños. —Sería de mala educación rechazar la invitación de la familia a hospedarse en su mansión, señor Sebastián. —No, Francis. Diles que me quedaré un hotel. No quiero que sean como los Lancaster, de quedarme en ese lugar corría el riesgo de ser comido por ese viejo panzón a media noche. Llegamos a nuestro destino, mi personal ayudó con los equipajes y los llevaron a mi habitación de hotel. Esta noche si debo quedarme en Oregón, no quiero viajar más, me duele el trasero. —El auto está listo —dice el jefe de seguridad. —Bien, hagamos esto. Cambié de saco y subí al auto, Francis seguía en su IPad y temía en que estuviera contándole algo a mi padre sobre lo que pasó con mi primera visita. Miraba por la ventanilla el paisaje, me sentía decepcionado y aburrido por haber llegado a este punto. Santo Dios, ¿Dónde estaría en este momento? Solté un suspiro y me recosté al espaldar de mi asiento. No pude relajarme cuando el automóvil se detiene y escucho esa horrible voz. —Llegamos, señor. Con pocos ánimos miré por la ventana y la verdad debo reconocer que me sorprendió la primera impresión que tuve de la mansión de los Murphy. —¿Es aquí? Desde el auto seguía reparando y creo que este lugar es más grande que mi mansión, creo que me agrada. Alguien se acerca al auto y abre la puerta para mí. —Bienvenido, señor Farrell. —Muchas gracias, que amable. Abroché mi saco y caminé con el hombre hasta la entrada principal, en el recibidor estaba una mujer que por su uniforme deduzco que es empleada de la familia. —Señor, sea usted bienvenido. La mujer me extiende una copa de champaña y me sonríe. Vaya, me gusta la formalidad y amabilidad de estas personas. —La familia Murphy lo espera, sígame, por favor. Francis se hace a un lado de mí y juntos caminamos detrás de la mujer. Observaba todo a mi paso y en un momento me detengo al ver algo que me ha deslumbrado. —Francis, mira eso —susurré inclinándome un poco hacia el hombre—. Esa pintura es de… No puede ser, es ¿Paul Cézanne? El pintor francés, el posimpresinista. —Sí, señor. Asentía sintiendo que estaba en un lugar digno de mí. —Es muy costosa esa pintura, ¿lo sabías? —Sí, lo sé, señor. Llagamos a la sala de estar y la familia Murphy estaba reunida esperando por mí. —Sebastián, que gusto me da recibirte en mi hogar. Bienvenido. El saludo fue con apretón de manos, un saludo formal, sin confianzas extremas. Vamos muy bien. —Es un gusto conocerlo, señor Murphy. Muchas gracias por recibirme. El hombre me señala en dirección a su familia y su esposa e hijas se levantan de sus lugares para saludarme. —Ella es Amelia, mi esposa. Ellas son; Valentina y Valeria, mis hijas. Mi sonrisa se hizo de oreja a oreja, son gemelas y unas muy hermosas. —Es un gusto —dicen las dos mujeres al unísono. Tuve la impresión de que una de ellas me gustará, no pude evitar repararlas de pies a cabezas; altas, blancas como la nieve, con piernas gruesas que amaría tener entre mi cuerpo. Que decir de su cabellera rojiza y sus ojos verdes profundos. Miré a Francis y asentí levemente, era una señal de que ahora si íbamos por buen camino. —Hemos preparado un banquete para ustedes, el comedor está listo. ¿Quieren pasar? —Claro que sí, muchas gracias. Toda la mansión de los Murphy estaba llena de obras que solo pueden tener personas conocedoras y con cuentas bancarías aptas para ello. —Su colección de obras es deslumbrante, señor Murphy. —Oh, gracias, es el mejor halago que me pueden dar. Algunas las he comprado en viajes que he hecho. Cuando me enamoro de una pintura no puedo contener mis ganas por traerla conmigo. —Mi padre también es un amante empedernido del arte, señor. —Lo sé, conocí a Augusto en una exposición en Rusia hace unos años, desde entonces nos hicimos grandes amigos. Mientras comía, miraba a las hermanas Murphy y se mostraban muy decentes, pulcras y jodidamente sexys. —Mi padre tiene en el segundo piso su propia galería, más tarde puedo mostrarle, señor Sebastián —dice Valeria, o no, creo que es Valentina. —Eso me encantaría. Y por favor, dime Sebastián; creo que somos de la misma edad. La chica sonríe por mi comentario y eso es una buena señal. Al final de la cena, Francis se queda con los señores Murphy mientras que una de las chicas me guía hacia la galería de su padre. —Debo conocer algo que me permita distinguirte con tu hermana, son muy parecidas. —Eso lo dicen todo el tiempo, pero creo que esto será de ayuda. La chica se detiene en frente de mí y hace su cabello hacia atrás, levanta un poco su mentón y me muestra unos pequeños lunares que están estampados en su piel. Si antes me parecía hermosa, ahora me resulta una diosa. Que forma de tentar a un hombre con tanta sutileza. —Esta es la galería —dice la chica abriendo la puerta de lo que es una verdadera colección de arte. —Vaya, que gusto, que ojo para el arte. Aquí hay más dinero que en un banco, esto si es ser una familia de clase. —¿Podrías recordarme cual es el negocio de tu familia? Me generaba dudas por el nivel de los que hay dentro de esta mansión. —Oh, mi padre tiene compañía petrolera fuera de esta ciudad. —Vaya, ahora entiendo. Sin duda, he llegado al lugar que era, asentía ante todo lo que había visto y escuchado. Era suficiente para entender que una de estas chicas, sería una candidata perfecta para… —¿Sabías que más de mil aves mueren anualmente por estrellarse contra ventanas? —¿Eh? —cuestioné haciendo un gesto de confusión. —Lo leí hace poco, pensé que sería un dato curioso para compartir. —Oh, sí. La chica camina un par de metros y continúa dando esas informaciones bizarras que nadie pidió. —¿Sabías que el verdadero nombre de Pablo Picasso, no es en realidad Pablo Picasso? —¿Perdón? —Su verdadero nombre es Pablo Diego José Francisco de Paula Juan Nepomuceno María de los Remedios Crispín Crispiano de la Santísima Trinidad Ruiz Picasso. Me quedé sin palabras, abrí mi boca asombrado. —¿Cómo… cómo memorizaste eso? —Lo leí en un libro de arte, así como también leí que… Mis sentidos se fueron apagando, dejé de escucharla un momento, la veía mover sus labios, pero mis oídos se negaron a escucharla. Fue demasiada información para un solo minuto, mi cerebro estaba en shock. Apenas estaba procesando lo de las aves que morían y el Crispín Crispiano de la no sé qué Picasso. —También, leí que el Palacio de Invierno en San Petesburgo, Rusia, es la galería de arte más grande en el mundo. Para visitar las casi cuatrocientas salas y las más de dos punto cinco millones de obras de arte y restos arqueológicos, hay que caminar 24 kilómetros. —Oh, yo no lo… —Y que el jardín de las delicias, del pintor holandés El Bosco, Hieronymus Bosch, mil cuatrocientos cincuenta y mil quinientos dieciséis, es la pintura que contienen más personajes. En el tríptico hay casi quinientas personas y muchos animales reales y ficticios. Asentía sin saber que decirle. —Creo que el otro mes iré a ver la obra en el Museo del Prado, de Madrid, España. ¿quieres venir conmigo? —No —respondí sin siquiera pensarlo—. Es que… no creo que pueda, tengo que… tengo que trabajar. Es más, creo que debería ir con el secretario para pedirle el reporte de la compañía. Sin me permites, debo retirarme. —¿De verdad? Es una lástima, estábamos charlando tan plácidamente. —Ajá… sí… Es linda, pero habla demasiado. No quiero una cita con una enciclopedia ambulante, Dios, eso fue raro. Salí de aquella galería y bajé por las escaleras, estaba en busca de Francis, pero en el camino me crucé con la otra chica. —Creo que eres, Valeria ¿no es así? La chica asiente y no dice más. —Estaba con tu hermana hace un momento, vimos la galería de tu padre y es asombrosa. Esta asiente de nuevo y no dice más. —Oh, la mansión es hermosa. No conozco todo el lugar, ¿podrías mostrarme? Valeria asiente y empieza a caminar. Bien, al menos esta no es tan parlanchina. —Supe que tu hermana y tú han estado en diferentes programas académicos, se nota que son muy aplicadas y que saben demasiado. Me imagino que tu estudiaste algo de fianzas, ¿no? Ella asiente y no es capaz de abrir su boca. Mordí la comisura de mis labios y caminé a un lado de la mujer en completo silencio, sentía que iba en camino a un sepelio. Debe ser una broma; una, habla hasta por los codos y la otra, no tiene lengua. Al final de la silenciosa, incómoda y terrible caminata, me retiro en busca del secretario; el cual, hablaba plácidamente con los Murphy. Me escondí en un lado de la entrada de la sala de estar y tan pronto hicimos contacto visual, le hice una señal con mi dedo pulgar para irnos. —¿Qué sucede, señor? —Nos vamos —solté sin tapujos.
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