Capítulo 3: Mi primera visita, la familia Lancaster.

1770 Words
Narra Sebastián Desayunaba mientras los equipajes eran llevados a los autos, veía aquella larga mesa y se sentía verdaderamente solitario. Pensé que mi padre estaría aquí, pero es tan ausente algunas veces que siento como si le faltara un poco más para apreciarme como quiero. —Señor, los autos están listos —dice Francis con tono amable. —Sí, voy de inmediato. Limpié la comisura de mis labios y dejé el pañuelo sobre la mesa. —¿Dónde está mi padre? Pensé que bajaría a desayunar conmigo. Digo, es lo mínimo que podría hacer, ¿no? Me están mandando a quien sabe dónde y no tiene la cara de despedirse de mí. —Señor, no juzgue a su padre. Algún día entenderá por qué hace estas cosas. El equipo de vigilancia estaba listo, me dan la orden para subir al auto y arrancamos. Fuimos directo al aeropuerto, estaremos usando el avión privado de la familia. —¿Puedo saber a quién veremos en Los Ángeles? Francis toma su IPad y empieza a revisar lo que tiene en ella organizado. —Verá a la familia Lancaster, señor. —Lo sé, ayer lo dijiste, pero ¿Quiénes son ellos? —Oh, son viejos amigos de su familia, desde la generación de su abuelo, el difunto Octavio. Los Lancaster son dueños de Lino Olford. —¿De verdad? Lino Olford es una marca de autos de lujo, algo muy cercano a los Lamborghini, Ferrari, etc. Hice una expresión de asombro y asentí. No sé ni por qué me sorprendo, mi padre siempre tiene ese tipo de amistades. —Sí, verá a la joven Elina Lancaster, es la heredera de la firma automotriz de su padre. —Vaya, me pregunto qué tipo de conversación tuvo mi padre con esa gente para llegar a esto. No me digas, es como en esas épocas donde cambiaban a sus hijas por vacas y gallinas ¿no? —Claro que no, es algo muy diferente. Nadie cambia nada, solo es una forma de cuidar sus fortunas, fortalecer las familias y escalar en la sociedad. —Sí, claro. Viajamos de New York a Los Ángeles, tardamos unas seis horas en aterrizar. Me dolía el trasero por estar tanto tiempo sentado. —Iremos directo a la mansión de los Lancaster, ya esperan por usted. Veía que algunos de mis equipajes los arrastraban hasta el auto que me llevaría a casa de esa gente. —Espera, ¿por qué traen los equipajes conmigo? ¿no es mejor llevarlos directo al hotel? —¿Hotel? —pregunta Francis—. Se quedará en la mansión de los Lancaster, señor. —¿Qué? Uno de los agentes de seguridad, abre la puerta del auto para mí y dejo caer mi cuerpo en su interior. Para colmo de males, debo quedar en casa de una gente que ni siquiera conozco. Esto no podía ser real, mi padre estaba acabando conmigo y siento como si lo hiciera apropósito. Si mi madre estuviera viva estoy seguro que abogaría por mí, esto es una locura. El auto se detiene en la mansión de los Lancaster, es un lugar que a simple vista se ve bien, nada sorprendente. —¡Oh! Por fin has llegado, Sebastián —dice un hombre barriga protuberante. Miré a Francia y este me dice de quien se trata. —Él es el señor Lancaster, el padre de Elina, señor. —Oh, mucho gusto, señor Lan… El hombre con notoria obesidad en grado dos, me abraza como si fuéramos cercanos, lo que me resulta incómodo. Di un paso hacia atrás y le extendí mi mano para marcarle un límite, un abrazo más y me largo de esta mierd*. —Sebastián, mira que grandes estás. ¿Cuándo fue la última vez que te vi? —Imagino que el día que nací, porque no recuerdo su rostro, señor Lancaster. Francis se avergüenza por mi respuesta. —¡Que buen sentido del humor! Vamos, no se queden aquí, estamos esperando por ti. El señor Lancaster me arrastra al interior de su mansión, si le puedo llamar de esta manera, no es tan grande como la mía. Puedo decir que el establo de mis caballos es más espacioso. —Sea más amable, señor —susurra Francis caminando a un lado de mí. Pasamos hasta la sala y ahí me esperaba la familia de hombre, vi un par de empleados por allí, pero nada que me deslumbre. —Sebastián, te presento a mi esposa, María Anastasia de Lancaster. La mujer era menos impulsiva, me cayó mejor. Reparé el lugar y sentía que para la marca automotriz que poseen, hacía falta mucho más en esta gente. ¿Estarán en quiebra? —Mi hija bajará en un momento —dice el hombre tomando asiento a un lado de su esposa. Francis se queda de pie a mi lado, creo que él también ha notado lo que yo, pues no deja de reparar el lugar. Se escucharon unos pasos y con eso una voz. —Buen día, lamento la tardanza. Una mujer de unos veinticuatro años aparece en la sala de estar, a simple vista no se ve mal, en comparación a su padre, creo que ella tiene buenos hábitos alimenticios. —Sebastián, quiero presentarte a mi hija. Elina Lancaster. Me puse de pie para darle un apretón de manos a la joven, pero cuando intenta tocar mi mano, me doy cuenta que tiene todas uñas mordidas, lo que me genero un poco de asco; acto seguido a eso, retiro mi mano antes de que la toque. —Soy Sebastián Farrell, es un gusto conocerte, Alina. —Elina —recalca la joven. —Elina, sí. El señor Lancaster toma a su hija y la sienta a un lado de él, intenta hacer conversar para que me sienta en casa, pero la verdad, ya me quiero ir. —Tu padre me dijo que amas los caballos, que tienes muchos de diferentes r*zas, ¿Cuáles tienes? —R*za Andaluz, Árabe, Frisón… Son varios, señor. —Oh, aquí también tenemos algunos caballos. Quizás mi bella Elina debería darte un recorrido por la mansión. ¿Qué dices, Elina? Sé que te gustará, quiero que te sientas muy cómodo, si necesitas algo, lo que sea, no dudes en pedirlo; nuestros empleados están a tu servicio. El hombre señala a un anciano que se nota que está cansado de vivir. —Elina, acompaña al señor Farrell. La chica sonríe de manera forzada y asiente a lo que dice su padre. —Ve con ella, conoce el lugar, te sentirás como en casa. Para dicho recorrido, Francis me deja solo. Salimos de la mansión hacia el jardín, Elina me mostraba su casa y me señalaba el lugar donde estaban los caballos de su familia. Veía mi alrededor y sentía que sería una pesadilla quedarme aquí no sé por cuantas noches. —El señor Augusto es un amigo de mi padre, escucho que lo menciona a cada momento. —Sí, eso parece —respondí. —¿Cómo te va con la empresa de tu familia? Debe ser duro hacerle frente a todo un imperio ¿verdad? —Sí, algo así. No gastaba saliva en algo que no va a llegar a ningún lado. —Para mí es caótico, empecé hace un tiempo mi preparación para estar frente a la firma automotriz y la verdad no entiendo muchas cosas. Ese peso en mis hombres por la responsabilidad que tengo me abruma. No quiero ser la causante de una bancarrota en la familia. Ya iba entendiendo mis sospechas, parece que esta chica no es tan astuta como cree mi padre; está tirando por la borda el negocio de varias generaciones. Acabemos con esto. —¿Sabes que esa deformación en tus uñas podría deberse a una infección bacteriana o micótica en la piel? —¿Eh? —Sí, esa deformación situada alrededor de tus uñas, eso en forma de hinchazón o irritación. ¿sabes que puede ser algo crónico? La chica se muestra apena y baja sus manos para ocultar sus uñas. —Oh, es por el estrés del trabajo, de lo que te hablaba hace un momento. Nada importante. —En algunos casos si es importante, ese mal hábito adquirido podría tener perturbaciones mayores como algún trastorno de ansiedad generalizada, y eso requiere de atención psicológica especializada. Y no solo eso, puedes tener complicaciones dentales e incluso retracción de las encías. La chica esconde sus uñas y cambia el tema radicalmente. —Mira, este es nuestro establo. Miré el establo y parecía un pesebre. —Oh, solo tienen cuatro caballos. —Sí, todos han sido regalos de familiares o amigos de mi padre. ¿Qué te parecen? Son hermosos ¡¿Verdad?! Asentía mientras miraba a los pobres animales que se veía algo descuidados. —¿Los tienen en dieta? Digo, es que se ven algo bajos de peso. —Sí, mi padre cuida de sus comidas, tienen una dieta estricta. —Oh, ahora todo tiene sentido. Tu padre también se come la comida de los pobre caballos. —Perdón ¿Qué dijiste? —Nada, que se nota que tu padre cuida de estos nobles caballos. Ella sonríe de manera forzada y sabe que esto no va para ningún lado. —Eres un idiota, ¿te lo han dicho? —Sí, lo sé. Todas me lo dicen. —Sabes, creo que es patético seguir con este encuentro. Le diré a mi padre que no quiero pasar un minuto más con un prepotente criticón. —Favor que me haces, de paso, dile que estos animales se mueren de hambre. Con permiso. —¿Qué? ¿te vas así? —Sí, fue un gusto —dije sacando de mi cartera una tarjeta—. Ella es mi psicóloga, llámala, necesitas ayuda urgente. La mujer abre su boca sorprendida. —Eres un imbécil, grosero, presumido, prepotente, hijo de put*. —Lo sé —dije dándome la vuelta para regresar al interior de la mansión. No voy a quedarme, lo siento, pero Sebastián Farrell no se quedará ni una noche con esta gente. —¿Y bien? ¿Qué tal el recorrido? —dice el hombre panzón—. ¿Qué te pareció nuestra colección de caballos? —Nos vamos, Francis. Preparen los autos, nos largamos. —¿Qué? ¿tan pronto? Pero… Francis se disculpa por mi comportamiento y corre para alcanzarme. —¿Qué fue eso señor? ¿Qué pasó? —Esa gente está en quiebra, Francis, si quieren juntar a su hija conmigo es para salvarse el cul*. Eso no es cuidar la fortuna. Ahora vamos, ¿Cuál es la siguiente parada?
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD