3. Pesadilla

1316 Words
Había transcurrido ya un mes desde que había comenzado a impartir clases de ciencias económicas en la universidad y no le iba nada mal salvo que tenía que enfrentarse a sus estudiantes que estaban locas por él, lo ponían mal pero se estaban dando cuenta que era un caso perdido, él no las hacía caso, hacia únicamente su trabado y conseguía evitar estar estresado—aunque a veces—. Durante todo ese tiempo, estaba amueblando su nuevo hogar con la ayuda de su adorado hermano, el único que podía entenderlo y que le hacía hallar un sentido a su vida, se querían más que a nada y se apoyaban el uno al otro pero luego viene el pero... Su vida no era nada fácil y era demasiado rara, le sucedían cosas que no creía que le sucedieran a los demás; se sentía raro y tremendamente extraño, se sentía alguien sacado de otro planeta como si se hubieran equivocado de planeta. ¿Por qué era diferente a los demás? ¿Por qué no podía ser como otra gente? ¿Era eso acaso mucho pedir? Se sentía impotente, no podía cambiar lo que era, no podía ser otra persona y lamentablemente tampoco podía fingir ser quien no era, a veces deseaba simplemente... no existir. Era fin de semana después del larguísimo día que había tenido y después de haber pasado la tarde con Nicolás acudiendo a un partido de hockey y mirando unas películas elegidas claro por Nicolás "ciudad sin ley" y "marcados para morir"; bonita forma de comenzar el fin de semana, aprendiendo cómo matar sin control. —¿Por qué has elegido esas pelis? —Suponía que esas iban contigo. —¿En serio? —Eres experto en crimen, qué más se puede decir —Vaya, y ¿se supone que he de hacer algo al respecto? —Váhale, la próxima vez veremos una telenovela. —Ja, qué más quisieras.—dijo poniéndose en pie. —No hace falta ser romántico para eso. —Me voy a la cama y deberías hacer lo mismo, es muy tarde. Y era cierto, eran las dos de la madrugada, mañana no había que trabajar por lo que se lo habían pasado divirtiéndose un buen rato. Cada uno se fue a su cuarto después de darse las buenas noches. Daniel se encontraba ya en su cuarto, después de cepillarse los dientes y de quitarse la camisa, se echó a la cama, estaba dispuesto a descansar. Estuvo dormido durante unas cuantas horas cuando de repente se despertó sobresaltado ¡estaba sudando! Había tenido un sueño o quizás una pesadilla por ser él; había soñado con ¡una chica! En sus sueños le había cogido de la mano y le sonreía, era hermosa, de ojos marrones y pelo largo y n***o, pero ¿Qué hacía una desconocida en sus sueños? O pensándolo mejor, seguro que la había visto en algún lugar pero ¿dónde? No se acordaba haberse cruzado con ella y aunque así fuera no había motivos de que apareciera en sus sueños que eran sagrados. Podía pasar el resto de la noche pensando en ello pero no lo hizo, estaba alterado. Se puso en pie y entró en el baño, se miró al espejo y más tarde se lavó la cara. Eso sí era una pesadilla, una chica en sus sueños... Regresó a su cuarto y luchó por conciliar de nuevo el sueño. Al día siguiente despertó preocupado, obviamente por el sueño, estaba sentado en su cama frotándose la cara, quería entender a qué se debía el sueño que había tenido pero no hallaba ninguna explicación ¿Por qué ahora? Y ¿Por qué de esa manera? ¿Era una señal de que iba a volverse loco por ser misógino o era un castigo por serlo? Se cambió y bajó a la cocina donde estaba Eduardo su padre tomando el desayuno. —Mmh, es el príncipe. No tienes buena pinta. —Estoy bien—se sirvió un vaso de té. —¿Tu cara dice lo contrario o eso me parece? —Un mal sueño, solo eso.—dio un sorbido de su te.—¿No se ha despertado Nico todavía? —Supongo que dormisteis tarde. —Ya sabes, fin de semana. De hecho iba a confirmarte que hoy me mudo a mi nuevo departamento. —Me alegra la noticia. Así que no le falta nada. —Nada, excepto mi presencia. —Pues en ese caso iremos juntos a ver cómo te instalas. —Por supuesto, no podría hacerlo sin vosotros. —Oye hijo... lo del psicólogo sigue en pie. —¡Papá!—había conseguido ponerlo mal otra vez—Voy por Nico. Se puso en pie y se dirigió al cuarto de Nicolás. Su padre estaba preocupado por su situación en cuanto a las mujeres y sostenía que si él se veía con un psicólogo tal vez le ayude a cambiar su actitud con respecto a las mujeres. Quería que se comportara como un hombre, que fuera como los demás y que fuera capaz de formar una familia, quería que se relacionara con el mundo como es debido pero él no se dejaba ayudar porque no era como los demás, era él mismo y eso le hacía preocuparse mucho más aún a su padre. Ya arriba abrió la puerta del cuarto de Nicolás quien seguía dormido, colocó su taza sobre la mesita después de darle un último sorbido. Se acercó a la cama de su hermano y se sentó sobre ella. —Nico, despierta—no hubo respuesta alguna hasta que volvió a insistir. —Sigo durmiendo—respondió tapándose el rostro con una de las almohadas. —Estamos a las nueve de la mañana. —Dame un poquito más de tiempo. Daniel suspiró, vio un librito sobre la cabecera o eso parecía hasta que lo cogió y lo abrió con los pies cruzados apoyado de codos contra la cama. Tenía la fachada de un libro de filosofía cuando en realidad era un diario. —No me habías dicho que tenías un diario y que mi nombre aparecía en casi todas las pa... No tuvo la oportunidad de acabar la frase dado que velozmente Nicolás le había quitado el libro de las manos poniéndose de pie. —Ya estoy listo ¿nos vamos? —Vaya, que rápido te despiertas.— Nicolás guardó el librito bajo llave. —No lo habrás leído ¿verdad? —A penas me has dejado ojearlo ¿desde cuándo me ocultas las cosas? Creía que conectábamos—ironizó. —Y créeme, conectamos. Pero resulta que te oculto cosas como lo dices tú, desde que todo el mundo sabe que el diario de uno es algo sumamente personal.—Daniel lo miraba incromprensivo con una ceja alzada; un rato después se puso de pie. —De acuerdo sabelotodo. Ahora arréglate si vas a acompañarme,— recogió su taza y se disponía a marcharse—no tardes, te espero abajo. —Termino en seguida. Cuando Daniel se hubo marchado, Nicolás dio un largo suspiro, por lo visto tenía algo en su diario que no quería que el viera porque en realidad solo tenía que ver con su hermano. Rápidamente entró en el baño, se dio una ducha rápida y se cambió. Bajó las escaleras y se encontró con su padre y su hermano por vez primera como personas civilizadas charlando sobre el trabajo; ¿al fin había decidido unirse a la empresa? —¿Nos vamos ya?—los interrumpió. —Por supuesto. Daniel cogió lo último que le quedaba en la casa, dio un último vistazo a la casa y los tres juntos salieron de la casa, subieron al auto y se dirigieron al nuevo departamento de Daniel. Era de esperar que el día fuera lluvioso dado que así lo mostraba el mal tiempo pero había tiempo de celebrar por su nuevo hogar.
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