Para Sidney las cosas tampoco le resultaban fáciles, su vida era un total desastre sobre todo con la familia que le tocaba, adoraba a sus padres pero no podía seguir viendo cómo se autodestruían, le dolía que no pudiera hacer nada por ellos, ojala todo fuera fácil, pero no lo era.
Precisamente esa noche cuando creía que todo no podía ir a peor, ocurrió todo lo contrario. A pesar de ser una noche lluviosa y llena de tormentas, su padre no había llegado todavía, no iba a esperarle dado que se conocía el resultado final en el que llega borracho y descarga su ira contra ella y su madre. Después de cenar entró a descansar en su cuarto después de darle las buenas noches a su madre quien estaba totalmente preocupada porque no llegaba su esposo; se quedó a esperarlo en el salón mientras se quedaba dormida un rato.
A las once y media de la noche, se oyó un fuerte golpe contra la puerta lo que le hizo despertar a Sidney aunque no salió de su cuarto, suponía que sería su padre. Carla se despertó asustada por el golpe, pregunto por quién era y en cuanto confirmó que se trataba de su esposo, corrió a abrirle. Lo que vio no le resulto nada extraño, su esposo estaba tambaleando por la borrachera y estaba plenamente empapado por la lluvia. Carla lo miró furiosa, ya no podía aguantarlo más, hacia todo lo posible por entenderlo y soportarlo pero estaba colmando su paciencia.
—¿En serio piensas seguir así Roberto? Porque así no nos resuelves los problemas y lo sabes. No puedes pasarte toda la vida en ese estado.
—A mí no me gritas ni mucho menos me indicas como he de vivir, soy el jefe y solo yo puedo dar órdenes.
—Así que el jefe eh, porque no sabía que fuera un cargo dado que no nos ayuda en nada. ¿Es ese acaso el ejemplo que le das a nuestra hija?
—Eh, ¿has dicho, nuestra hija? Querrás decir tu hija.
—¿Pero de qué hablas?
—No te hagas la inocente amor, tu bien sabes que Sidney no es mi hija sino solo tuya y a saber con quién.
—¿A qué viene eso ahora?—estaba furiosa pero se esforzó en reducir la voz para que Sidney no les escuchara— prometiste que no hablarías nunca de eso.
—Pues ya ves...
Carla no pudo lograr mucho de lo que esperaba porque desafortunadamente Sidney salía de su cuarto y se enfrentaba a ellos.
—Mamá dime que no es cierto lo que acabo de escuchar.
Carla miró a su esposo con la esperanza de que rectificara o mejor dicho, mintiera sobre lo que acababa de decir pero desafortunadamente, estaba tan embriagado que por el susto de la presencia inesperada de Sidney, se echó en el sofá donde se quedó dormido al poco rato; ahora tenía que enfrentarse sola a lo que había provocado Roberto.
—Como puedes ver sidney... está delirando, no le hagas demasiado caso. A demás, creía que ya te habías acostado.
—No me cambies de tema y dime la verdad por una vez en tu vida mamá.— se podía percibir la furia en su rostro, su madre evitaba verla así.
—La verdad es que no soy tu padre.— pronunció Roberto aun con los ojos cerrados; las dos lo miraron.
—Ahora quiero oírlo de la boca de mi madre.—rompió el hielo mientras le resbalaban las lágrimas inevitablemente con los brazos cruzados.
—Es cierto,—confesó después de dar un largo suspiro de derrota, ya no podía ocultarlo—él no es tu padre biológico pero si es tu padre, eso es lo que importa.
—¿Por qué nunca me lo contaste? Tenía derecho de saber la verdad ¿no crees?
—Lo sé hija pero es que...
—Ya no me digas nada, ya no estoy segura de si será cierto o no—estaba llorando.
Sin pensárselo más tiempo salió de la casa cerrando de un portazo la puerta sin importar las suplicas de su madre. Seguía lloviendo a cantaros pero no quería regresar a ver el rostro de su madre y su falso padre; no solo se enfadaba porque su madre le hubiera engañado con lo de su verdadero padre, sino porque le había hecho pasar por todos los malos tratos de su padre cuando en realidad su verdadero padre estaría por allí pudiendo hacer algo para evitarlo. Seguía caminando mientras se empapaba por la lluvia, no podía parar de llorar, detestaba que su vida no pudiera ser perfecta ni por un segundo. Había caminado durante media hora y empezaba ya a resfriarse, era oscuro y no había nadie en la calle, era demasiado tarde y solo circulaban unos cuantos vehículos. Ya no pudo seguir caminando por el resfriado, por lo que se acercó a la gasolinera que encontró, obviamente estaba cerrada por los relámpagos, se sentó en uno de los bancos que se situaban fuera mientras tiritaba de frio, en poco tiempo se echó en él y se quedó dormida, ya no le importaba lo que pasara al final, de todas formas nada bueno le sucedía...