2. Del pez más pequeño al más gordo.

1582 Words
Despierto por el peso de un cuerpo encima del mío. La sensación es algo sofocante así que, al abrir mis ojos mejor, alejo a la chica desnuda y me levanto. Escucho que ella también empieza a despertarse, pero al no prestarle demasiada atención, decido entrar al baño y encender la ducha. Respiro profundo cuando el agua caliente toca mi cuerpo, pero la puerta siendo abierta me pone alerta. Me doy cuenta que la chica que despertó a mi lado no es la misma que traje a mi habitación anoche. Tengo la cabeza hecha un lío y no recuerdo casi nada. —Damián, ¿te gustaría compañía? —la chica tiene aproximadamente veinte años y está completamente desnuda, permitiéndome ver su extravagante cuerpo operado. —No, ya vete. Quiero estar sólo —ella frunce el ceño, pero se aleja. —Okay, sabes que puedes llamarme cuando quieras. —Creo que deberías saber que no te llamaré jamás. Ni siquiera sé cómo te llamas, sólo vete. Hace mala cara, pero se va, dando un portazo tanto en el baño como en la puerta de la habitación. No me importa en lo más mínimo si está enojada, me importa una mierda quién sea esa chica, me importa una mierda cualquier chica y sí, suena realmente mal, pero una parte de mi corazón murió hace un par de años y no creo que pueda revivir esa parte nunca más. Salgo de la ducha y luego de vestirme bajo encontrándome con la casa perfectamente arreglada y una mujer dándole los últimos retoques. Ella al verme se acerca con una sonrisa. —Señor, soy Carmen, me puede solicitar cuando necesite cualquier cosa —es una señora un poco vieja, pero con una sonrisa que ilumina el lugar. —Hola, Carmen, gracias —ella asiente y se retira. Es de esas señoras que te recuerda a tu madre, una madre que no he visto en mucho tiempo. Una madre que en el fondo me hace falta. Salgo a la piscina donde encuentro música mujeres y tragos, también a un Fernando demasiado alegre. —¡Damián! Creí que no despertarías. ¿Jugaste mucho anoche? —me lanza una mirada siniestra que sólo tiene cuando está drogado. —¿Qué hace toda esta gente aquí? ¡la fiesta se acabó hace horas! —Fernando se pone recto ante mi grito, pero cuando intenta responder el sonido de un camión nos pone alerta. En seguida tomo mi arma. Veo a un hombre de seguridad acercarse trotando. —Buen día, señor. Acaba de llegar la mercancía. —Saca toda esta gente de aquí —me dirijo a Fernando quién asiente. Me dirijo con el otro hombre hacia la entrada principal de la casa, donde está parqueado el camión con coca, justo al lado de un auto blindado. De éste último se baja, Arturo con sus dos hombres de seguridad. Arturo es uno de los expendedores menos experimentados de Estados Unidos. Es el que utiliza Alex de última opción, así que se lo robare. Le derrumbaré poco a poco su imperio. —¡Damián Miller! No creí que fuera verdad eso de venir a Estados Unidos —se ajusta su traje barato intentando verse sofisticado. Arturo es un hombre de edad que intenta verse importante en sus trajes baratos y su camioneta. Produce la coca en una vieja guarida, sin embargo, no puedo negar que es muy buena. —Te dije que tenía asuntos acá y yo nunca dejó algo sin resolver —mi repuesta parece satisfacerle porque aplaude. —Eso es algo magnífico, Damián. Pero cambiando un poco de tema, debo ser muy sincero contigo. Me doy cuenta que ya han empezado a bajar la mercancía. Justo en ese instante, llega Fernando a mi lado. —¿De qué me hablas, Arturo? —mi pregunta sería lo pone un poco nervioso porque se ajusta su corbata; yo sigo con la mirada neutra. —Tu propuesta es muy generosa, Damián, pero prefiero lo seguro, prefiero la confianza. Te he traído la mercancía porque me la has pagado por adelantado —señala el maletín en su mano—, pero no habrá más, ni un kilo más —me río un poco, lo cual lo desconcierta un poco. —¿Lo seguro para ti es Alex Monroe? No seas un puto imbécil, Arturo. Sin embargo, te entiendo —él asiente satisfecho—, pero creo que debes saber que no me gusta que me digan que no —saco mi arma rápidamente y le apunto a la cabeza. Sus dos hombres también hacen lo mismo, al igual que los míos. Los hombres que descargaban la mercancía, dejan de hacerlo enseguida. —No creo que debamos llegar a esto, Damián, debes entender que nos movemos en un mundo peligroso. —¿Lo mató yo o lo haces tú? —me susurra Fernando, a quién no le agradó Arturo desde que lo vio. Le hago con la mano una señal para que aguarde. —¿Mundo peligroso, Arturo? ¡No seas imbécil! ¡Yo me muevo en un mundo peligroso, tú sólo eres un repartidor de quinta! —Ambos sabemos que no nos conviene iniciar una pela a estas horas —está tratando con todas sus fuerzas de apaciguar los ánimos. —Lo que ambos sabemos es que debes aceptar mi propuesta, o esto se pondrá feo —sujeto con más fuerza el arma y dos de mis hombres dan cuidadosamente dos pasos al frente—Sabes que perderás, Arturo, sólo tienes dos hombres. Él, echando humo por las orejas, decide asentir con la cabeza. —Me estoy poniendo en riesgo por ti, Damián, si Alex se entera que te estoy vendiendo coca, va a asesinarme. —Morirás si estás en contra mía, si es al revés, estarás a salvo. Fernando suspira resignado porque quería matarlo, sin embargo, sé que le encantará lo que vendrá a continuación. —Está bien, Damián, en ti confío. Fue y será un placer hacer negocios contigo —se sube a su auto y éste arranca, con el camión pisándole los talones. —¿Confías en él? —la pregunta de Fernando me hace sonreír anchamente. —Por supuesto que no. Mátalo antes de que llegue a la autopista, y me traes el dinero de vuelta —Fernando sonríe tan ampliamente como yo. —Enseguida, señor. ¡Rápido, hay que darnos prisa! —lo último se los grita a los demás. Poco a poco llegaré a ti, Alex, poco a poco, pienso mientras guardo de nuevo mi arma. Mientras reviso los papeles que me ha traído el infiltrado, noto que hay muy poca información de la hermana de Alex. Betany Monroe, así se llama, es una chiquilla rubia y muy tonta. Ha tenido todo desde pequeña, por lo tanto, la considero una estúpida rubia hija de mami y papi. Jessica era amiga de ella, de hecho, las mejores, pero eso a ella no le importó. Sé que sabe que fue su hermano y no hizo nada al respecto, por eso, sólo por eso, también morirá. Recuerdo de inmediato que mandé a mi infiltrado a averiguar cosas de ella, así que lo llamo; al segundo tono contesta, diciendo que llegará de inmediato. Su "de inmediato" se traduce a veinte minutos después, así que lo hago pasar al despacho. —Creí que no ibas a llegar, Marcos —le paso un trago, que acepta con gusto. —Lo siento, señor, culpa mía —asiento mientras bebo del mío. —Vayamos al grano, ¿qué has averiguado de Betany? —él sonríe. —Creo que lo suficiente. Está en primer año de la Universidad, sus notas son relativamente buenas, tiene un chico con el que se acuesta, pero no son novios. En la carpeta que le estoy entregando, encontrará fotografías de ella en la Universidad y con el chico, también dirección del plantel educativo y de su apartamento —me pasa la susodicha carpeta donde no encuentro nada de mi interés. —¡No puedo creer que hayas perdido el puto tiempo! —Marcos se sorprende ante mi grito y veo el miedo en sus ojos—. Me importa una mierda que se acueste con alguien, pero que no sean novios, ¡Quiero información real para mañana! —Disculpe, señor, pero es una chica difícil; no es tonta ni mucho menos zorra como me dijo. Sé que quiere información menos superficial como de sus amistades, pero es difícil. —Difícil para mí será cuando te meta un tiro en la sien porque has sido impecable en tu trabajo. Has que sea fácil. Él asiente y se levanta, pero se detiene antes de salir. —Sólo tiene dos amigos al parecer, el casi novio y una chica. —Para mañana me traerás más información del supuesto novio y de la otra chica, con fotografías, ¡¿entendiste?! —Marcos asiente, pero se tropieza con Fernando antes de salir. —Ya está hecho, Damián. —¿Te das cuenta, Marcos? ¡Así es mi gente! —señalo a Fernando—, entran a mi despacho y no me hacen perder el tiempo. Marcos vuelve a asentir cabizbajo. —Fernando vete con Marcos, así estaré seguro que traerá información real. —Pero Damián, sabes que soy tu mano derecha, no puedo estar detrás de lacayos —Marcos le lanza una mirada asesina a mi amigo. —No quiero peros, fuera los dos —les doy la espalda hasta que escucho un portazo que sé que Fernando dio.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD