•❈•ARGUMENTO•❈•
El día de Cara iba de mal en peor, tuvo una discusión muy fuerte con su novio de toda la vida, Walter. Por cuestiones de dinero, él no había pagado la renta del apartamento en donde vivían, y cuando se disponía a ir al trabajo esa mañana el casero le pidió que desalojara el lugar de manera inmediata.
Su mente estaba dispersa en la oficina y eso era algo que no podía permitírselo, todo esa tarde dependía de ella.
—El éxito de hoy te lo debo a ti —expresó Astrid, con una sonrisa, mientras miraba su laptop y con cara de ilusión agregó: —Tenemos pedidos, para unos dos meses, esto es simplemente magnífico, estoy tan emocionada.
En el instante en el cual Cara iba a decirle algo, su teléfono celular comenzó a sonar. No tuvo necesidad de mirar el identificador de llamadas, pues sabía que era Walter.
«Mal momento para llamar, cariño», se dijo con sarcasmo.
—La persona es insistente —comentó Astrid, frunciendo el ceño.
—Así parece —se encogió de hombros—, realmente no me importa mucho.
Puso el aparato encima del escritorio, pero después este comenzó de nuevo a sonar.
“Número desconocido”.
Aquello llamó su atención de manera inmediata.
—Diga.
—Buenas tardes, señorita Wanke le habla Carlos Rodríguez. Subgerente del Banco International de Crédito.
Aunque sabía quién era no pudo sentir que había otro problema.
—Sí, en qué puedo ayudarle —trató de que su voz se escuchara normal, al mismo tiempo de que su corazón comenzó a latir con rapidez.
—Es para hacer de su conocimiento que el señor, Walter Johnson, acaba de retirar de su cuenta mancomunada, la cantidad de veinticinco mil dólares.
—¡¿Qué él hizo qué cosa?! —chilló Cara levantándose de golpe de la silla en donde se encontraba.
Astrid la miró un poco preocupada, puesto que su empleada tenía un carácter calmado.
—Lo siento mucho, señorita. Supuse que usted no sabía nada, y por eso le estamos llamando —el gerente del banco tenía en su voz un toque de solidaridad
—Muchas gracias por informarme —se aclaró la garganta tratando de que no se notara que estaba a punto de llorar—, me encargaré de todo.
—Estamos para servirle.
Al finalizar la llamada, se sentó de nuevo. Poniéndose las manos sobre la cabeza, y tratando de controlar el nudo en su garganta.
—¿Y ahora qué haré? —se preguntó, sin darse cuenta de que había dicho aquello en voz alta.
—¿Qué ha hecho el imbécil de tu novio esta vez? —quiso saber su jefa y amiga.
Tenían una buena relación, puesto que Astrid había visto en ella en los últimos meses que llevaban trabajando juntas, que era responsable y muy capaz, y hacían muy buen equipo.
—¡Ese infeliz! Me ha dejado sin nada —respondió con un suspiro—, se robó todo mi dinero.
—Desde hace mucho tiempo vengo diciendo que debes de dejar a ese hombre, Cara —le recordó Astrid, quien estaba al tanto de los últimos acontecimientos—. Te ha dejado sin un techo en donde vivir, y ahora sin dinero —negó con la cabeza, y luego la miró seriamente— ¿Estás segura de que no está metido en cosas raras?
—¡No lo sé! Supongo —exclamó exaltada, porque era obvio que no lo sabía—. Desde que Jonas desapareció, se ha estado comportando de un modo muy extraño —con la palma de las manos se limpió algunas lágrimas—. Sabes que estaba ahorrando el dinero para ir a Milán, ahora todo se ha ido a la mi3rda.
De nuevo sus sueños frustrados por culpa de otros.
—¡Cálmate, cariño! —Arlene se acercó a ella acariciando fraternalmente la espalda—. Irás a Milán, de eso no me cabe la menor duda —dio un suspiro—. Y esto… ya veremos cómo lo solucionaremos.
—Siento que cada vez es peor, hay días que no quiero regresar a casa después del trabajo, Astrid —la miró a los ojos—. Desde que él no tiene trabajo me hace vivir un infierno con sus cambios de humor.
—¿De cuánto dinero estamos hablando? —indagó su amiga con curiosidad.
—¡TODO! —comenzó a llorar de nuevo—. Estamos hablando de todo, hasta el sueldo de esta semana.
—¡Bastardo! —expresó, Astrid— ¿Tienes en donde quedarte esta noche?
—¡No! —chasqueó los dientes, y agregó con un tono de voz de vergüenza: —Walter afirma, que Jonas desvalijó la casa que nos dejó la abuela para gastarlos en drogas.
—¿Y tú? —la miró seria— ¿Crees eso de tu hermano?
—No lo sé, hace un poco más de seis meses que no sé nada de él. Jonas y Walter no se la llevaban bien, aunque me ha ayudado a buscarlo.
—¿Por qué no has ido a la policía a reportarlo como desaparecido, es solo un adolescente?
Se suponía que eso era lo que debió hacer en el mismo momento en que se fue de casa.
—Walter se encargó de eso —respondió con un poco de vergüenza por su falta de carácter.
Astrid estrechó sus ojos grises como si no le faltara más capítulos a aquella historia, puesto que no esperaba nada bueno por parte del hombre que vivía con su amiga.
—Confías mucho en tu novio —usó una voz de sospecha— ¿Cuántos años tienes con él?
—Como novios desde el bachillerato, pero viviendo juntos dos —ladeó la cabeza—. Siempre fuimos la abuela, Jonas y yo. Pero después de que ella murió, fue muy difícil convencerlo de que viniera a vivir con nosotros, él decía que Walter no era de fiar.
—Creo que el chico tenía razón —manifestó Astrid.
—Aunque no lo creas, extraño mucho a mi hermano —bajó la cabeza, y entrelazó sus dedos—. A veces pienso que no debí dejar que Walter se ocupara de él, pero supuse que era lo correcto —se encogió de hombros—, ya sabes qué habría más camaradería por ser hombres, y sería más fácil para Jonas adaptarse a su nueva vida. Aguantó hasta que cumplió los diecisiete, y un día dijo que no soportaba más vivir con nosotros y se marchó a nuestra antigua casa.
—Cara, te creo. No soy nadie para juzgarte —Astrid puso las manos sobres sus hombros—, solo pensaste que era lo mejor para el chico en ese momento. No lo hiciste con mala intención.
—Pero soy una hermana mayor horrible —rompió a llorar—. Si le pasa algo, no sé qué haría. Jonas es lo único que me queda de mi familia.
—No le pasará nada, Jonas parece ser un chico muy sensato e inteligente —Astrid la animó.
—Si lo es, nuestra abuela nos crio con principios y valores. Por eso me duele cuando Walter afirma que Jonas está perdido en las calles. Simplemente, me niego a creerlo.
—Tu hermano va a aparecer, y te dará una explicación.
Cara respiró de manera profunda, la miró y le sonrió. Porque esas palabras eran las que necesitaba escuchar.
—Ahora volvamos al trabajo —dijo—, todo estará listo para esta mañana en la noche.
—Cierto, Cara —miró alrededor—. Tengo que aprovechar antes de que me dejes y te marches a Milán.
—¡No seas exagerada! Terminaré de organizar todo esto —le dijo con una sonrisa.
—¡Esto no puede ser! —se quejó Astrid, mirando su teléfono celular.
—¿Qué sucede? —Cara quiso saber.
—¡¿No pudo esperar hasta mañana?! —grito su amiga exasperada.
Cara frunció el ceño, al ver un poco desesperada a su jefa.
—¿De quién hablamos? —Cara estaba un tanto confundida, ya que su amiga y jefa parecía de verdad muy enojada.
—Del hombre más exasperante del mundo —respondió gruñendo, al mismo tiempo que negaba con la cabeza.