—No te preocupes, es de mi cuenta personal —Astrid le dio una sonrisa tranquilizadora.
—Aun así, no puedo aceptarlo —Cara leyó de nuevo la cantidad, y sintió una opresión en el pecho—. Te lo agradezco, pero me siento como si estuviera abusando de ti.
—¡No seas tonta, cariño! —le hizo señas con la mano—. Sé que no lo vas a despilfarrar, además lo veo como una inversión —soltó una risita—. Si mi mano derecha está feliz, entonces créeme que mi negocio será productivo.
Cara, la abrazó en gesto de agradecimiento, y suspiró. Muy pocas personas le habían mostrado su apoyo de manera desinteresada, al final el nudo que tenía en la garganta se desató.
—Prometo, que te los pagaré —se secó las lágrimas con el dorso de la mano—. Ahora, voy a casa a recoger algunas de mis cosas.
Después de recomponerse un poco, Cara salió de las instalaciones de su trabajo con una sonrisa en el rostro. Miró hacia el azulado cielo, y agradeció las nuevas oportunidades.
«Cara, recuerda siempre esto: Cuando se cierra una puerta, se abren tres ventanas».
Recordó con emoción las palabras de su abuela.
A los pocos minutos, cuando entró al lobby de la recepción, el casero le dio una sonrisa que le hizo fruncir el ceño.
—Espero que me deje sacar algunas de mis cosas —Cara le informó antes de que el hombre ruso hablara—, me iré inmediatamente.
—No te preocupes, Cara, ya no es necesario que te marches —le dijo el hombre mayor con su acento chusco.
Al escuchar aquello, frunció el ceño en confusión.
—No entiendo, señor Ivanovic —ella negó con la cabeza.
—Ya Walter pagó, incluso adelantó dos meses renta —el ruso le informó con una sonrisa de oreja a oreja satisfecho.
—De igual manera iré por mis cosas —ella hizo una mueca, y se encogió de hombros—, lo hemos dejado.
—Muchacha, no puedes precipitarte. Arregla las cosas con tu marido —el señor Ivanovic le aconsejó.
En el minuto en que el casero pronunció la palabra marido, ella se estremeció. Jamás le había causado repelús aquella expresión. Así que solamente asintió y se fue por las escaleras, agradeció que vivía en el primer piso, y no tenía que subir tantas escaleras.
Al abrir la puerta, sintió que algo no estaba del todo bien. Porque la atmósfera era pesada, aunque el apartamento estaba asombrosamente limpio. Pensó que Walter le había pedido a alguien que lo hiciera, ya que él era incapaz de colaborar con los quehaceres del hogar. Dado que venía de una familia acomodada, eso sería como bajar de nivel.
Walter era incapaz de sacar la basura, al recordar aquello dio una respiración profunda y se dirigió a la que fue su habitación.
—Hagamos esto rápido, antes de que me encuentre con Walter —exclamó en voz alta, dándose ánimo.
Entre más se acercaba su corazón, de pronto comenzó a palpitar fuertemente. Suaves gemidos de satisfacción s****l masculinos salían de ahí, por fracciones de segundo se sintió mareada.
¡¿Cómo Walter se atrevía a hacer tal cosa en su propia cama?! Tomó su teléfono celular para tomar alguna foto, y dejar constancia, pero cuando se asomó lo que vio la dejó inmóvil.
No estaba preparada para aquella escena. Walter, su novio desde el instituto, estaba teniendo s3x0, en posición sumisa. Pero lo sorprendente era… que su pareja en ese momento no era una mujer, sino otro hombre. Se tapó la boca para no gritar por la impresión.
—¡Vamos, nene! —exclamó una voz gutural y con acento— ¡Hazme correr! ¡Estoy cerca!
—¡Oh, Dios! —jadeaba Walter— ¡Jód3m3 así!
—¡Vamos, caraj0! —el hombre le azotó el trasero de una manera que hizo eco en la habitación— ¡Dame lo que necesito, nene! ¡Sabes que eso solo es para mí!
Cara, sin querer, apretó varias veces el clic de la cámara de su teléfono celular, incluso creyó haber activado el video por lo nerviosa que estaba. Pero así no tuviera a la mano el aparato, aquella imagen era mucho para ella, y estaba segura de que jamás la borraría de su mente. Así que acumulando todo el aire en sus pulmones salió del apartamento, y dándose fuerza y valor prácticamente corrió, al punto de tropezar con el señor Ivanovic.
—Lo… lo siento —balbuceó.
—¡¿Qué pasa muchacha?! —La agarró por los hombros, para que no cayera al suelo—. Parece que has visto al mismo demonio.
Ella no dijo nada más, y se fue del edificio corriendo de nuevo. Al llegar a una cuadra, se detuvo, poniendo las manos sobre sus rodillas. Vomitó, al mismo tiempo, gruesas lágrimas corrían por sus mejillas, en ese momento entendió que todos esos años con Walter fueron una gran mentira.
«¡Solo me usaba para cubrir las apariencias!»
Fue hasta una cafetería y se sentó, su cuerpo temblaba por el choque de emociones. Rabia, decepción, impotencia, dudas y sobre todo frustración femenina. Rebuscó en su bolso su teléfono celular, y miró la galería. No podía creerlo todavía, el hombre con la piel bronceada y grandes bíceps, de perilla oscura, le daba más placer y satisfacción s****l que ella.
No supo cuánto tiempo permaneció ahí, mirando a la nada. Hasta que un sonido de notificación de mensaje la sacó de sus cavilaciones.
Astrid: ¿Todo bien?
Cara: No puede ser peor.
Aprovechó y se reenvió todas las fotos, y el video que se había activado sin querer a su correo electrónico. Aquello sería la prueba de una escena que jamás esperó presenciar, para Cara era como si estuviera en una pesadilla. En el instante en que una de las camareras se le acercó, pidió un refresco, y buscó en su bolso una píldora para el dolor de cabeza. Esperó unos diez minutos más y se dispuso a ir de nuevo al lugar en el que había vivido con Walter en los últimos años.
Su deseo era que no estuviera en el apartamento cuando ella llegara, porque si no tendría que confrontarlo, y estaba segura de que no iba a quedarse callada. Esa era la gota que había derramado el vaso en cuanto a humillaciones de su parte.
«¡Ya no más!», se dio ánimos.
Después de aquello era imposible alguna reconciliación, caminaba con paso lento. Dándole tiempo a Walter de que se fuera. Cuando iba por la esquina, observó que los dos hombres iban saliendo también y se montaban en un vehículo lujoso de color gris oscuro.
Se puso la mano en el pecho, y miró al cielo que estaba de color naranja en forma de agradecimiento. Puesto la verdad no sabía cómo tratar con Walter en ese preciso momento.
Esa vez no estaba el casero merodeando por el lugar, y subió de manera rápida. Llegó hasta el apartamento, al llegar a la habitación le dio rabia y náuseas, todavía olía a sexo. Respiró un par de veces para controlarse. Abrió la puerta del closet, sacó una maleta y comenzó a meter todas sus cosas en ella. Su mente estaba en automático, puesto que solo pensaba en salir de ahí de manera inmediata.
No le importaba dejar lo demás, solo se llevaba lo más importante para ella. Una foto de Jonas y ella de pequeños. Otra de su querida abuela, Vivían, y cuando llegó a la foto de ellos tomó el portarretrato y lo tiró al suelo haciendo el cristal añicos.
—¿Por qué hiciste eso? —cuestionó una voz grave detrás de su espalda.
Cara se detuvo en seco, sin decir ni una palabra. La rabia fue creciendo como olas por su cuerpo.
—Te hice una pregunta —Walter estaba en frente de ella poniendo las manos sobre sus hombros, su rostro varonil expresaba además de sorpresa, dolor.
—No.me.to.ques —expresó ella con los dientes apretados.
—Vamos, cariño, sé que estás molesta conmigo —le dio una sonrisa infantil, extendió las manos para acercarla a su cuerpo—. Lo siento, no debí ponerte en ese aprieto. Te juro que esto no sucederá nunca más, te lo prometo —le besó por encima de la cabeza.
—¡Eres un jodido bastardo! —le gritó, soltándose de su agarre, y dando un paso hacia atrás sintiendo asco del hombre que una vez amó.
—¡¿Quién carajo te crees para tratarme de esta manera?! —espetó.
Le agarró del brazo más fuerte de lo normal.
—Suéltame, Walter —ella forcejeó—. Te he dicho que no me toques…
—¿Crees que soy idiota, Cara? —preguntó gritándole muy cerca a la cara— ¿Crees que no sé qué me estás engañando con otro hombre?
Cara quedó en el sitio, con los ojos abiertos.
¿Cómo podía ser tan descarado?
¿Cómo podía hacerse el ofendido?
¿Cómo podía pensar que ella era tan estúpida?