III

3290 Words
Evah se despertó asustada cuando oyó el crepitar repentino del fuego avivado sobre la leña, en la chimenea. Había comenzado a descender la temperatura precipitadamente durante la madrugada y la habitación acabó por enfriarse más de la cuenta. Y por eso, su esposo había encendido nuevamente el fuego. Entonces, Evah se cubrió el cuerpo con las sábanas y observó el reloj en la mesa de noche: eran las seis de la mañana y la claridad del día comenzaba a notarse poco a poco. Observó a Oliver, quien estaba en cuclillas frente al fuego, no traía ni el saco ni el chaleco puesto y la corbata colgaba, desprolijamente, del bolsillo trasero de su pantalón. La camisa estaba desabotonada de los primeros tres botones Y la expresión de su rostro era seria, serena. Evah no supo cómo describirla. Entonces él se irguió y, sin girarse siquiera a verla, suspiró profundamente y, llevándose las manos a los bolsillos, habló. Su voz viajó por la silenciosa habitación y Evah no pudo evitar estremecerse al oír su voz profunda. - ¿Por qué te fuiste de la fiesta? Se suponía eras la anfitriona. - ¿Qué haces aquí? –entonces, se dignó a observarla como si ella fuera tonta– - ¿Preguntas cómo entré? –ella asintió.– Por la puerta del baño. –dijo apuntando a la puerta que se encontraba al otro extremo de la habitación– ¿No notaste que conecta con el pasillo? –ella volvió a asentir. Había revisado el baño y la puerta que daba al pasillo y recordaba haber echado llave– Bueno, en mi casa, ninguna puerta tiene cerrojo si yo lo ordeno. –Se encaminó hacia la cama y ella tembló de miedo– Y las sirvientas tienen llave de casi toda las puertas. - Creí que comprendería que hoy… no puedo hacerlo. - ¿Qué quieres decir? Habla claro. No necesitas todas esas palabras. –soltó cuando estuvo frente a ella, frunciendo el ceño. Odiaba las insinuaciones, prefería las verdades a secas– - No quiero que usted me toque. –sentenció ella y la estridente carcajada de él la sorprendió y la avergonzó– - No pensaba tocarte. Tengo menos de dos horas y medias para dormir, no perdería el tiempo con una niña remilgada e insulsa. Por lo menos no hoy. –Evah frunció el ceño, ofendida– - Es usted un grosero. –soltó cuando él se quitó los zapatos y la camisa. Él sonrió de camino al vestidor, donde se colocó la pijama antes de volver a la habitación.– Al menos podría irse a dormir a otra habitación. –sentenció al verlo meterse a la cama– No quiero compartir la cama con usted. - Puedes dormir fuera si quieres, está en mi habitación. –sentenció cruzando los brazos tras la cabeza y cerró los ojos, cansado– Evah suspiró ruidosamente y, al verlo ignorarla, salió de la cama cubriendo su cuerpo con la bata de seda. Se dirigió hasta su maleta y buscó que vestir. Aún era temprano pero se rehusaba a compartir la cama con él, no solo porque le desagradaba, sino también porque era un hombre joven y fuerte, podría exigirle cumplir con sus deberes de esposa y eso la aterraba. Entonces, prefirió huir bajo su permiso. Y se vistió allí mismo, sin saber que su esposo la observaba detenidamente. Supuso que él se había dormido y, para ser sincera consigo misma, tampoco había pensado mucho, solo tenía como prioridad el cambiarse apresuradamente y salir corriendo de allí. Oliver no se perdió ningún movimiento de parte de ella, apreció en silencio la hermosa figura de Eva vistiendo solo su ropa interior. Entonces, se sintió tentado en ponerse de pie y acercarse a ella, por detrás,, en silencio. Quiso sorprenderla y acabar por desvestirla, reclamar lo que por derecho ya le pertenecía. Aún así, no sé movió ni un centímetro de su lugar en la cama. Romper el momento de tranquilidad y de disfrute que le provocaba aquella escena, no le parecieron un buen plan. Si bien su esposa era frágil y temerosa, sabía que sería una mala idea presionarla. Él la forzaría, la llevaría a armar un escándalo, lloraría y hasta podría rogarle que no lo hiciera y todas aquellas posibilidades le drenaron el deseo. Entonces, se dispuso a dormir cuando la vio salir de la habitación. Y no le tomó mucho tiempo hacerlo; el cansancio que lograba experimentar su cuerpo, lo orilló a cerrar los ojos y dejarse vencer por las artes de Morfeo. El silencio absoluto que se producía al alba en tan alejada casona, siempre habían tenido ese “no se qué” que lograba arrullarlo. Evah, en cambio, bajó a las amplias escaleras hacia la planta baja y se sorprendió de que todo estuviera pulcramente arreglado. El silencio y el dulce olor a flores la invadieron y no pudo evitar preguntarse cuánto había durado la celebración y desde qué hora estaba la servidumbre despierta. Caminó entonces hasta el salón y se encontró allí a un par de sirvientas recogiendo las botellas vacías y vasos a medio servir de aquellos tragos de tonos ámbar. Las dos mujeres parecían enfrascada en un cuchicheo de lo más interesante, porque de vez en cuando, detenían su labor para susurrarse cosas. Pero ambas se detuvieron de inmediato cuando notaron la presencia de Evah. Entonces, con una inclinación de cabeza, le desearon buena mañana a su nueva jefa. - Te digo que sí, yo los vi. Estaban sobre la mesa.. –las oyó hablar pero decidió ignorarlas– - Buenos días. –saludó Evah al entrar al lugar. Ambas se giraron sorprendidas y ruborizadas al creerse descubiertas. Habían estado hablando que una de ellas había visto la noche anterior a Oliver con Lilly– - Buenos días señora Wright, ¿Desea tomar su desayuno? Aún no han empezado con los preparativos en la cocina, pero podemos pedirle al cocinero que comience ahora. - No, descuiden. Esperaré. Creo que desperté muy temprano hoy. –entonces, la más bajita codeó a la otra y ambas se miraron antes de volver a hablar. - Disculpe usted. Yo soy Jessie. –dijo la más bajita, quien tenía una hermosa melena colorada y las mejillas bañadas de pecas que la hacían ver aún más chica en edad– Y ella es Anne –la morena se sonrió en respuesta– Estamos aquí para servirle. - Gracias, chicas. –entonces observó el sitio nuevamente– ¿La fiesta acaba de terminar? - Oh no, señora. Todos se fueron hace ya un par de horas. Solo el joven Neil y el señor quedaron bebiendo un poco más. –sonrió ante la respuesta de la pelirroja. Supuso que era a quien más le gustaba hablar– - ¿Y ya se fue? –preguntó curiosa– - ¿El señor Neil? ¡No!. ¿Acaso no sabe usted que el joven Neil vive aquí? –volvió a hablar Jessie, bajo al atenta mirada de Evah y Anne– - ¿Aquí? Pensaba que tenía su propia residencia. - Lo tiene… lo tenía. – soltó algo dudosa la más joven– - Lo tiene. –confirmó la morena– Solo que muy rara vez la usa. El señor lo trajo aquí luego de que… –ambas se miraron pero ninguna continuó– - ¿Luego de qué? –un carraspeo sobresaltó a las tres mujeres y pronto desviaron la vista a la puerta.– Una anciana de muy mal genio estaba cruzada de brazos, observándolas desde la puerta. Era alta y muy delgada, con la expresión de águila al acecho de algún roedor desprevenido. Tenía el cabello cenizo recogido en un tirante y rígido moño y vestía, por completo, de n***o. Evah supuso que se trataba de la ama de llaves, aunque aún no las habían presentado. Tampoco la había visto la noche anterior durante la cena, pero no le sorprendió para nada; “seguro que con ese mal genio no le haría gracia tener fiestas” pensó Evah cuando la mirada inquisidora de la mujer la escrudiñó. A decir verdad, no había reparado en ningún rostro aquella noche, estaba demasiado ocupada lamentándose su miserable suerte al haberse casado con Oliver Wright, pero estaba muy segura de que si la hubiese visto, no la hubiera olvidado. Rara vez uno pasa por alto esa mirada desaprobatoria. - Al señor no le gusta que anden de soplonas con su intimidad. - Buenos días. –habló la joven esposa pero la mujer solo la observó molesta– Soy Evah Stewart de Wright – le aclaró algo molesta por su mala educación al referirse a ella como lo hacía con las demás empleadas– - Se muy bien quién es usted. La muchachita Stewart que se casó con el señor por dinero. –sentenció la mujer– El desayuno se sirve a las ocho. –le habló cual perro rabioso ladra al cartero– - ¿Perdón? ¿Acaso usted esta hablándome a mí de mala manera? –preguntó incrédula ante la hosquedad de la mujer– - Disculpe la señora si está acostumbrada a que su servidumbre ande de zalamera para complacerla. Aquí hay normas de trabajo que el señor impuso, no tenemos tiempo para andar de flojas. - No solo no tienen tiempo; resulta que educación tampoco, al parecer. Con permiso. –Sentenció saliendo de allí realmente molesta. Deseaba darle dos bofetadas bien puestas, pero se contuvo.– Estuvo tentada en salir al jardín y pasear un poco para alejarse de esa mujer tan detestable y de todos los demás miembros de aquel loco sitio, pero había llovido y el suelo estaba muy húmedo y resbaladizo. además parecía que, en cualquier momento, comenzarían las precipitaciones otra vez. Y lo que menos deseaba era mojarse y coger un resfriado de otoño. Entonces, se encaminó en busca de una habitación alejada y solitaria en aquella planta. Lejos de cualquier persona desagradable que pueda arruinar aún más su día. Revisando todas las habitaciones, dio con la gran biblioteca y no dudó en escabullirse en su interior. Tal vez podría leer un poco o algo por el estilo. Ya dentro, notó que el sitio era inmenso, con grandes estanterías que llegaban hasta el techo, cargados de libros, antiguos y nuevos, con escaleras móviles para llegar a cualquiera de ellos. En la pared del fondo, un ventanal que dejaba ver el bonito jardín repleto de flores y arbustos minuciosamente arreglados. A los pies de aquella pared hecha en su totalidad de vidrio, un hermoso piano de cola. A un lateral de la puerta, se encontró con la amplia y bella chimenea de mármol blanco tallado a mano por los mejores escultores de Italia. Y, en medio de la habitación, yacía un gran sofá estilo egipcio, blanco en su totalidad, ocupaba notable espacio del lugar. Se encaminó hacia la chimenea y acarició las columnas jónicas talladas en esta, decoradas con hojas de vid y flores esparcidas también. Entonces, se inclinó y tomó los leños que estaban guardados bajo la chimenea, en un compartimento hecho especialmente para eso. Arrojó los maderos y encendió la chimenea con los cerillos que allí también se encontraban. Le costó hacerlo porque jamás lo había intentado, pero eso no la detuvo para nada. Cuando dejó suficiente leña en el fuego, se encaminó al amplio sofá y se recostó allí; se dispuso a observar el recinto desde su posición y acabó por fijar la mirada sobre la mesa de té frente a ella. Estiró el brazo y tomó el primer libro que descansaba sobre otros prolijamente apilados. “El arte de la guerra” leyó sobre su tapa y suspiró poniendo los ojos en blanco. Al parecer era un libro viejo, su tapa marrón estaba desgastada y el lomo del libro estaba roto en la parte superior. Pero las hojas amarillentas y, alguna, con vestigios de haber sido dobladas le despertaron la curiosidad. Lo abrió entonces y se encontró con una caligrafía de lo más bonita en la hoja guarda del libro Henry Cohen: cuando supe que irías al frente quise darte una foto mía. Pero como siempre dices que amas más mi cerebro que mi cuerpo, mejor te doy este libro para que puedas recordar lo bibliófila que puedo ser. Con amor, tu Mary. Entonces la curiosidad la invadió aún más y pasó las primeras páginas hasta ser con el primer capítulo. Tenía un millar de preguntas que hacerse luego de leer la dedicatoria ¿Quién era Mary? ¿Y quién Henry? ¿Se habían encontrado luego de la guerra? Acaso estarían casados? ¿Tendrían hijos? Pero las preguntas que la mente de Evah había estado produciendo, se detuvieron abruptamente al llegar a la ha hoja número diez, las preguntas parecían haberse desvanecido en un instante con un par de movimientos y el nudo en su garganta la obligó a temer por la felicidad de ambos desconocidos. Una gran mancha oscura se esparcía casi por media hoja y ella tragó duro. Entonces siguió un par de hojas más y observó que la mancha se había apoderado de las siguientes también. Y se detuvo en la lectura, se dignó a cerrar el libro e inspeccionarlo de todos los ángulos. Se encontró con más manchas de diferentes tonalidades sobre los bordes. Entonces volvió a abrirlo y lo hojeó nuevamente, pero esta vez casi en su totalidad y descubrió que también le faltaban páginas o tenían huellas de zapatos o manchas que, esperó, no fueran sangre. Se abrazó al libro deseando que Henry estuviera junto a Mary y que nada malos les sucediera y, poco a poco, el sueño la invadió, producto del cansancio por despertar tan temprano, la lluvia de fondo que parecía incitarla a rendirse al sueño y por la calidez que el lugar comenzaba a tomar. Despertó un par de horas luego y se sobresaltó al ver a Neil observarla detenidamente. Le sorprendió encontrarlo allí, frente a frente, sentado sobre la mesa de té y con la pirada fija, casi sin pestañear en ella. Se apresuró a sentarse aún abrazada al libro, el cual él le arrebató con brusquedad cuando la vio incorporada. - ¿Qué haces aquí, con esto? –preguntó y su voz fría la estremeció de miedo– - Lo siento, vine a leer un poco y me dormí. - La niña Stewart tiene los dedos muy largos ¿Acaso hay que cortárselos? –inclinó la cabeza hacia un lado y frunció el ceño dejando a la vista su disgusto– - Lo siento, Neil. No sabía que era tuyo. - ¿No que lo habías leído? Si lo hubieses leído, sabrías que es obvio que no me pertenece. –dijo dejando el libro sobre la mesa, a su lado– - Sí, lo siento. No quise molestarte. - No vuelvas a tocar lo que no te pertenece. Aquí, por ley, nos deshacemos de lo que estorba o resta. No seas una piedra en el zapato, linda. - Neil. –la voz de Oliver invadió la habitación y el menor se puso de pie casi de un salto, se giró hacia su hermano encogiéndose de hombros– - Solo le estaba comentando a la pequeña Stewart las reglas del clan. - Es una Wright ahora.–le soltó desafiante y el menor asintió– Y es familia, no una empleada más del clan. - Es lo mismo. Tu, Adam, Sam y yo somos familia ¿O no lo somos? –soltó molesto– - Sí. Pero las mujeres no son parte de los clanes. Son más de… casa. –entonces Neil se rio por lo bajo asintiendo– - Claro. Más de calentar la comida y ser la cena. –dijo y giró la vista hacia su cuñada, borrando la sonrisa.– Aún así, no toques lo que no es tuyo sin permiso. Ustedes son más de cocinas y huertos. Los libros y las guerras son nuestros trabajo. –soltó– Venga, a follar como conejos que es literalmente su luna de miel. –salió de allí dejando solos a los recién casados– Evah suspiró ruidosamente y se sujetó del pecho con una de sus manos. Sentía su corazón desbocado por la impresión y el temor que Neil le había producido. Entonces oyó la puerta cerrarse y levantó la vista ante el sonido. Y se vio a solas con Oliver quien se cruzó de brazos y caminó hacia el sofá. Al llegar frente a ella, tomó el lugar que antes había ocupado su hermano y le observó como si observara un cuadro abstracto, como si quisiera descifrarla y no pudiese. Ella quería cuestionarle su reacción y el porqué de tan mala expresión, Pero aún así, no se atrevió a comentar la conversación. - ¿Qué hiciste? - ¿Qué hice? ¿Es en serio? –ella lo observó boquiabierta cuando notó que hablaba de verdad– No hice nada. Tomé un libro de allí y lo hojee. Luego me dormí y ya. –dijo señalando el libro– Oliver bajó la vista hacia el libro junto a él, el cual su esposa había leído y comprendió inmediatamente lo sucedido. Suspiró tomando el libro y dejándolo sobre la pila en la que había estado desde un comienzo y luego se dignó a mirar a Evah una vez más. - No es un libro que puedas tocar así porque sí. - ¿Por qué? Es solo un libro. - ¿No es obvio? Porque eso altera a Neil. - ¿Es suyo? - No. - Es decir, es de Henry lo sé, pero tu hermano lo encontró. - No. Es mío. –suspiró ruidosamente antes de continuar.– Henry es mi mejor amigo. Incluso fuimos a la universidad juntos. - Él… –entonces vio a su esposo asentir con la cabeza ante la insinuación y ella, horrorizada, se cubrió los labios con una mano, intuyendo lo peor– - Murió en la tercera semana. Es lo único que pude rescatar de él. –se volteó a mirar el libro y apoyó su mano sobre este.– Iba a casarse con Mary cuando pudiera volver a casa. - ¿Y ella? - Cuando salí del hospital, intenté darle el libro, pero no quiso tomarlo de regreso. Así que lo traje a casa, conmigo. Al fin y al cabo Henry y yo nos criamos juntos. Supongo que fue duro también para ella. - ¿Y ahora?¿Qué fue de ella? - No lo sé, se quedó en Londres. La última vez que supe de ella, iba a casarse. –el silencio los embargó y ambos se miraron fijamente unos instantes. Pero ella bajó la vista y carraspeó incómoda– - Lo siento mucho. - ¿Por qué lo sentirías? No lo conocías. –dijo quitando la mano y poniéndose de pie– - No necesito conocerlo para apenarme. - No tienes por qué. A Henry le molestaría que sintieran pena por él. – se encaminó a la puerta metiendo las manos en los bolsillos de su chaqueta negra de cuero.– Vamos, el desayuno está listo y a la señora Smith le disgusta que se incumplan los horarios. Evah no agregó nada más. Quería decir lo mucho que le desagradaba esa empleada, pero sentía que era mejor guardar silencio, por respeto. Porque, aunque Oliver lo había dicho en serio, no podía evitar sentir pena por tan horrible desgracia. También porque se sentía un tanto extraña, había conocido poco, aunque sea, del pasado de su esposo, él le había confiado un recuerdo doloroso y se había desahogado con ella, habían tenido un momento íntimo y especial. Si bien eso no cambiaba mucho las cosas, ella lo empezaba a humanizar un poco.
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