...Es un contrato de matrimonio por cinco años. Después de ese tiempo, podemos divorciarnos y cada uno seguirá su camino. Me dijo que es la única forma en que puede ayudarme sin levantar sospechas en su familia ni en la sociedad. Dijo que el contrato será legal, que tendré todos los derechos de esposa de él, y que mi familia recibirá todo el apoyo que necesitemos.
Martín sintió cómo el aire se le quedaba en la garganta. No pudo creer lo que acababa de escuchar. El corazón le latía con tanta fuerza que parecía querer salir de su pecho, y las manos le temblaban de ira y desesperación.
—¿Un contrato de matrimonio? —preguntó, con voz más áspera de lo normal—. ¿Cómo puedes considerar eso, Valeria? ¿Qué te hace pensar que eso es la única salida?
—Porque no tengo otra opción, Martín —respondió ella, con lágrimas rodando por sus mejillas—. Mi abuela no puede esperar, mis padres están a punto de perder la casa por las deudas que contrajeron para pagar los medicamentos de mi abuela. Si acepto, todos ellos se salvan. Si no... no sé qué pasará. Quizás perdamos todo, incluso a mi abuela.
—Pero ¿y tú? —insistió Martín, agarrándole las manos con fuerza—. ¿Qué pasa contigo? ¿Qué pasa con tus sueños, con tu felicidad? ¿Cómo vas a pasar cinco años casada con un hombre que quizás ni siquiera conoces, atrapada en un matrimonio falso?
—Ya no importa mi felicidad —dijo ella, con voz quebrada—. Lo único que importa es salvar a mi familia. He pensado en todo esto mucho tiempo, Martín. No es una decisión que he tomado a la ligera. Alejandro me ha dicho que durante esos cinco años podré continuar mis estudios, que tendré todo lo que necesite para desarrollar mi talento, que incluso podré abrir mi propia tienda de diseño si así lo deseo. Solo pide que vivamos bajo el mismo techo y que mantengamos apariencias frente a su familia y la sociedad. Después de cinco años, seremos libres.
Martín la miró a los ojos, viendo el dolor y la resignación que había en ellos. Sabía que ella estaba hablando en serio, que había tomado esa decisión como un sacrificio necesario. Pero no podía aceptarlo, no podía dejarla irse con otro hombre, aunque fuera por un contrato.
—No lo hagas, Valeria —le rogó—. Juntos encontraremos otra forma. Podemos pedir ayuda a la comunidad, organizar una rifa o una venta de artesanías para recaudar el dinero. Yo puedo trabajar más horas, dejar la universidad por un tiempo y dedicarme completamente al trabajo para juntar lo que necesitemos. No te cases con él, por favor.
—Ya es demasiado tarde —respondió ella, sacudiendo la cabeza lentamente—. Ya he firmado el contrato preliminar. La boda será dentro de dos semanas. Alejandro quiere hacerlo rápido antes de que mi abuela empeore más. No tengo vuelta atrás, Martín. Lo siento mucho.
El corazón de Martín se rompió en mil pedazos. Sintió como si el suelo se desplomara bajo sus pies, como si todo lo que había creído y esperado se fuera por la ventana. Soltó sus manos y se alejó un poco, mirándola con ojos llenos de incredulidad y dolor.
—¿Y qué pasa con nosotros? —preguntó, con voz que apenas se escuchaba—. ¿Con todo lo que hemos vivido juntos? ¿Con todo lo que sentimos el uno por el otro?
—Nunca te olvidaré, Martín —dijo ella, acercándose a él pero sin atreverse a tocarlo—. Nunca podré olvidarte ni lo que significaste para mí. Eres el amor de mi vida, el único hombre que he amado de verdad. Pero no tengo elección. Tienes que entenderlo.
—No entiendo nada —respondió él, sintiendo cómo las lágrimas empezaban a formar en sus ojos—. No entiendo cómo puedes dejar que todo esto termine así, por dinero y por un contrato. Pensé que nuestro amor era más fuerte que eso.
—El amor no siempre es suficiente —susurró ella—. A veces hay cosas más importantes que el amor, cosas que nos obligan a hacer sacrificios que nunca imaginamos.
En ese momento, llegó un automóvil de lujo n***o hasta donde estaban. El conductor bajó la ventanilla y apareció la cara de un hombre joven, guapo, con el cabello corto y bien peinado y traje de traje oscuro. Era Alejandro Montes de Oca, y su mirada se posó en Valeria con una expresión seria pero protectora.
—Valeria, es tarde —dijo Alejandro, con voz calmada—. Deberíamos irnos a casa, mañana tienes la cita con el médico para tu abuela y necesitas descansar.
Valeria asintió, luego volvió la mirada hacia Martín con ojos llenos de pesar.
—Te llamaré —dijo ella, antes de subirse al automóvil—. Prometo explicarte todo mejor cuando tenga tiempo.
Martín no dijo nada, solo la miró mientras el automóvil se alejaba hasta desaparecer en la esquina de la calle. Se quedó solo en la acera, con las manos en los bolsillos y las lágrimas finalmente rodando por sus mejillas. No sabía qué hacer, dónde ir o quién buscar. Todo su mundo se había venido abajo en cuestión de minutos.
Regresó a su casa caminando despacio, sin importarle el frío que comenzaba a hacer o las miradas de los vecinos que lo veían pasar con la cara llena de dolor. Cuando llegó, sus padres se dieron cuenta de inmediato que algo pasaba. Su madre lo abrazó mientras él finalmente dejaba salir todo el llanto que había estado conteniendo, llorando como un niño en el pecho de ella mientras su padre lo miraba con ojos llenos de tristeza y comprensión.
—Todo pasará, mijo —dijo su padre, poniendo una mano sobre su hombro—. El tiempo cura todas las heridas, aunque ahora parezca que no será así.
Pero Martín sabía que esta herida nunca sanaría completamente. Valeria se había ido, y aunque ella decía que era por un sacrificio, él sentía que la había perdido para siempre.
CAPÍTULO 2: EL MATRIMONIO
Las dos semanas siguientes pasaron como un sueño pesado para Martín. No fue al trabajo ni a la universidad, se quedó en su cuarto la mayor parte del tiempo, comiendo apenas lo necesario y rechazando cualquier intento de consuelo por parte de su familia o amigos. Sus padres intentaron hablar con él, explicarle que Valeria había tomado esa decisión por amor a su familia, pero él no quería escuchar nada al respecto.
Solo salió de su cuarto cuando recibió una carta de Valeria, entregada por mano de un mensajero. En ella, ella le pedía disculpas y le invitaba a la boda, aunque sabía que quizás no quisiera asistir. Decía que entendía su dolor, pero que necesitaba que él supiera que nunca había dejado de amarlo, que esa decisión no había sido fácil para ella.
Martín la leyó una y otra vez, hasta que las palabras se borraron por las lágrimas que caían sobre el papel. Al final, decidió asistir a la boda. No por Alejandro ni por la sociedad, sino por Valeria: quería verla una vez más, asegurarse de que estaba tomando la decisión correcta, y decirle adiós de verdad.
La boda se celebró en una de las haciendas más antiguas y lujosas de la ciudad, propiedad de la familia Montes de Oca. Todo estaba decorado con flores blancas y doradas, con manteles de terciopelo rojo y candelabros de cristal que reflejaban la luz de las miles de velas que habían sido encendidas para la ocasión. Invitados de toda la alta sociedad asistían vestidos con trajes de diseñador y vestidos de gala, bebiendo champagne y conversando en grupos pequeños mientras los músicos tocaban música clásica en un rincón de la sala.
Martín llegó temprano, vestido con el único traje que poseía: un traje oscuro que su padre le había regalado para su graduación de preparatoria. Se quedó en la entrada, observando cómo la gente llegaba y saludaba a los novios con sonrisas y abrazos. Luego vio a Valeria salir de una de las habitaciones del segundo piso, acompañada de su padre.
Ella llevaba un vestido de novia blanco de encaje y tul, con mangas largas y escote en corazón que realzaba su belleza natural. Su cabello estaba recogido en un moño alto adornado con flores blancas, y llevaba un velo corto que caía sobre sus hombros. Martín sintió cómo el aire se le quedaba en la garganta al verla: era la mujer más hermosa que había visto en su vida, pero no iba a ser su esposa.
Valeria vio a Martín desde la distancia y se detuvo por un instante. Sus ojos se encontraron con los suyos, y en ellos pudo ver todo el amor, el dolor y la resignación que ambos sentían. Luego, continuó caminando hacia el altar donde Alejandro la esperaba, vestido con un traje de esmoquin n***o impecable y una sonrisa seria pero cálida en su rostro.
Martín se colocó en un rincón de la iglesia donde podía verla pero no ser visto por ella o por Alejandro. Escuchó las palabras del sacerdote, las promesas que ambos hacían frente a Dios y a la sociedad, las lágrimas que caían por las mejillas de Valeria cuando Alejandro la colocaba el anillo en el dedo. Cuando el sacerdote anunció que eran marido y mujer, Martín sintió cómo el último pedazo de su corazón se rompía.
Después de la ceremonia religiosa, todos se dirigieron a la hacienda para la recepción. Martín se quedó en la entrada, sin ganas de mezclarse con la multitud de ricos y poderosos que conocían a Alejandro pero ni siquiera sabían quién era él. Mientras tomaba un vaso de agua de un camarero que pasaba cerca, sintió una mano sobre su hombro.
—Martín, ¿eres tú?
Se giró y encontró frente a sí a Alejandro Montes de Oca, quien llevaba ahora un traje de vestir más informal pero igual de elegante. Tenía una copa de champagne en la mano y una expresión seria en su rostro.
—Sí —respondió Martín, tratando de mantener la calma—. Vine a verla, a asegurarme de que estaba bien.
—Ella está bien —dijo Alejandro, con voz calmada—. Y lo será mientras yo esté con ella. Sé que no tienes motivos para confiar en mí, pero te prometo que la trataré con el respeto y el cariño que se merece. Ella ha sufrido mucho, y yo haré todo lo posible para que nunca más tenga que pasar por eso.
—¿Y el contrato? —preguntó Martín, con voz un poco más áspera—. ¿Qué pasa cuando terminen los cinco años?
—Cuando terminen los cinco años —respondió Alejandro, mirando hacia donde Valeria conversaba con algunas amigas suyas—. Ella será libre de hacer lo que quiera, de ir donde quiera ir. Yo la ayudaré a construir su futuro, a cumplir sus sueños. Solo pido que durante estos años nos dejen vivir en paz, que la sociedad no interfiera en nuestro acuerdo.
Martín asintió, aunque no estaba seguro de poder confiar en él. Pero vio en sus ojos una sinceridad que no podía negar, y supo que Alejandro realmente se preocupaba por Valeria, aunque fuera por motivos diferentes a los suyos.
—Cuídala —dijo Martín, antes de dar media vuelta para irse—. Ella se merece todo lo bueno del mundo.
No esperó a que Alejandro respondiera. Salió de la hacienda y se dirigió hacia la carretera que llevaba de regreso al pueblo. Caminó durante horas, sin importarle el frío o la oscuridad que comenzaba a caer sobre el campo. Solo pensaba en Valeria, en su sonrisa, en su voz, en todo lo que habían compartido juntos y que ahora pertenecía al pasado.
Cuando llegó a su pueblo ya era de noche. Sus padres estaban esperándolo en la puerta de la casa, con expresiones preocupadas en sus rostros. Lo abrazaron sin decir nada, sabiendo que cualquier palabra sería innecesaria. Martín se fue directamente a su cuarto y se acostó en la cama, sin querer comer ni hablar con nadie. Pasó la noche en vela, mirando hacia la oscuridad y pensando en Valeria, en cómo su vida había cambiado para siempre en apenas unas semanas.
CAPÍTULO 3: LOS PRIMEROS AÑOS
Pasaron los días, las semanas y luego los meses. Martín volvió al trabajo y a la universidad, tratando de ocupar su mente y no pensar en Valeria. Trabajó más horas de lo habitual en la imprenta, y cuando no estaba allí o en la universidad, se dedicaba a ayudar a sus amigos o a los vecinos con trabajos de carpintería o reparaciones en sus casas. Su familia y amigos trataron de animarlo, de hacerle conocer a otras chicas, pero él no tenía ganas de nada ni de nadie.
Un día, recibió una carta de Valeria. Estaba escrita en su caligrafía familiar, y en ella contaba cómo estaba viviendo en la casa de Alejandro, cómo su abuela había sido operada exitosamente y ahora se recuperaba en un centro de rehabilitación. Decía que Alejandro era un buen hombre, que la trataba con respeto y le daba todo lo que necesitaba para continuar sus estudios y desarrollar su talento para el diseño. También decía que nunca dejaba de pensar en él, en el pueblo y en todo lo que habían vivido juntos.
Martín la leyó varias veces, guardándola en el cajón de su mesita de noche junto con las fotografías que tenían juntos. Aunque sabía que no podía cambiar lo que había pasado, se sintió aliviado al saber que ella estaba bien, que su sacrificio había valido la pena.
Pasaron dos años desde la boda de Valeria y Alejandro. Martín se había graduado de la universidad con honores y ahora trabajaba como ingeniero en una empresa de construcción que se dedicaba a proyectos sostenibles en zonas rurales. Continuaba viviendo en el pueblo con sus padres, ayudándolos económicamente y cuidando de ellos como siempre lo había hecho.
Un día, mientras trabajaba en un proyecto en un pueblo cercano, recibió una visita inesperada: Valeria apareció en la obra acompañada de una niña pequeña de unos dieciocho meses, con el cabello rojizo y los ojos color avellana que tanto se parecían a los de Martín. Valeria llevaba una vestimenta casual pero elegante, y la niña llevaba un vestido de flores pequeñas que parecía haber sido hecho por ella misma.
—Martín —dijo Valeria, con voz temblorosa—. Esta es Camila. Es tu hija.
Martín se quedó helado en el lugar, mirando a la niña que miraba fijamente hacia él con los mismos ojos que él tenía de niño. Sintió cómo el aire se le quedaba en la garganta, cómo las manos le temblaban de emoción e incredulidad.
—¿Mi hija? —preguntó, con voz apenas audible—. ¿Cómo es posible?
—Cuando me casé con Alejandro —explicó Valeria, sentándose en una banca cercana con la niña en brazos—. Ya estaba embarazada de ti. No lo sabía hasta semanas después de la boda, cuando me hice los exámenes de rutina. Alejandro se enteró y decidió mantenerlo en secreto, decir que la niña era suya para protegerla y para que no tuvieras problemas con la sociedad ni con tu trabajo. Pero siempre supe que debía decírtelo algún día, cuando el momento fuera el adecuado.
Martín se acercó con cuidado, extendiendo la mano para tocar suavemente la cabeza de la niña. Ella no se asustó, sino que sonrió y extendió sus pequeños brazos hacia él, como si lo reconociera de inmediato. Martín la tomó en sus brazos con manos temblorosas, sintiendo su pequeño cuerpo cálido y liviano contra su pecho. La niña puso sus manos sobre su rostro, riendo con alegría cuando él la acariciaba las mejillas.
—Se parece mucho a ti —dijo Valeria, con lágrimas de alegría en sus ojos—. Tiene tu forma de sonreír, tu manera de observar el mundo con curiosidad y ternura. Alejandro la quiere como si fuera suya propia, la ha cuidado y protegido desde que nació. Pero también sabe que es tu hija, y que debes conocerla, quererla y cuidarla como corresponde.
Martín no pudo evitar llorar mientras sostenía a Camila en sus brazos. Sintió una oleada de amor e incredulidad que lo invadió por completo: después de tanto tiempo, después de tanto dolor y sacrificio, él era padre. La niña que tenía en sus brazos era suya, llevaba su sangre, su mirada, su alma.
—¿Puedo visitarla? —preguntó, mirando a Valeria con ojos llenos de esperanza—