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LOS HIJOS DE LA SUERTE Una historia de amor, engaño y verdad.

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PERSONAJES PRINCIPALES - MARTÍN SÁNCHEZ (23 años): Nacido en el barrio obrero de la ciudad, estudia Ingeniería Industrial en la universidad mientras trabaja medio tiempo en una imprenta para costear sus estudios. De familia humilde, creció con valores de trabajo duro y lealtad inquebrantable. Conoció a Valeria cuando ambos estaban en el bachillerato.- VALERIA CONTRERAS (22 años): Hija de una familia que perdió toda su fortuna cuando ella era adolescente, estudia Diseño de Modas en la universidad. Es inteligente, talentosa y con una pasión por la pintura que nunca ha podido desarrollar completamente. Se ve obligada a tomar decisiones difíciles para salvar a su familia de la ruina.- ALEJANDRO MONTES DE OCA (25 años): Heredero de un imperio empresarial que incluye empresas de construcción, telecomunicaciones y hotelería. Educado en el extranjero, es calculador, controlador pero también lleva una profunda soledad que intenta ocultar bajo una fachada de confianza y poder.

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LOS HIJOS DE LA SUERTE (Una historia de amor, engaño y verdad)
PERSONAJES PRINCIPALES - MARTÍN SÁNCHEZ (23 años): Nacido en el barrio obrero de la ciudad, estudia Ingeniería Industrial en la universidad mientras trabaja medio tiempo en una imprenta para costear sus estudios. De familia humilde, creció con valores de trabajo duro y lealtad inquebrantable. Conoció a Valeria cuando ambos estaban en el bachillerato. - VALERIA CONTRERAS (22 años): Hija de una familia que perdió toda su fortuna cuando ella era adolescente, estudia Diseño de Modas en la universidad. Es inteligente, talentosa y con una pasión por la pintura que nunca ha podido desarrollar completamente. Se ve obligada a tomar decisiones difíciles para salvar a su familia de la ruina. - ALEJANDRO MONTES DE OCA (25 años): Heredero de un imperio empresarial que incluye empresas de construcción, telecomunicaciones y hotelería. Educado en el extranjero, es calculador, controlador pero también lleva una profunda soledad que intenta ocultar bajo una fachada de confianza y poder. CAPÍTULO 1: EL ÚLTIMO VERANO El calor de agosto azotaba la ciudad de Guadalajara con una intensidad que parecía querer derretir hasta los cimientos de los edificios. En el pequeño apartamento donde vivía Martín con sus padres y su hermana menor, el ventilador de techo giraba lentamente, moviendo el aire caliente de un lado a otro sin lograr enfriarlo realmente. Martín acababa de llegar del trabajo en la imprenta, donde había pasado ocho horas cortando papel, revisando maquinaria y ayudando en las entregas a domicilio. Se quitó la camisa sudada, se la dejó sobre la silla del comedor y fue directo al baño para darse una ducha rápida con agua fría que al menos aliviara un poco el sofoco. —Martín, mijo —llamó su madre desde la cocina cuando salió del baño con una toalla alrededor de la cintura—. Hay caldo de pollo y tortillas calientes. Come algo antes de irte a estudiar. —Gracias, mamá —respondió él, sentándose en la mesa pequeña de madera que había sido de sus abuelos—. Después de comer iré a la biblioteca de la universidad, tengo que terminar el proyecto de mecánica que entrega el próximo lunes. Su padre entró en la cocina en ese momento, quitándose el casco de trabajo de la construcción donde pasaba sus días levantando muros y colocando bloques. Tenía la frente sudada y la ropa manchada de cemento, pero su mirada era siempre cálida cuando veía a su hijo. —¿Cómo va el trabajo en la imprenta? —preguntó, sentándose junto a él y tomando una tortilla caliente del comal. —Bien, papá —dijo Martín, sirviéndose una ración generosa de caldo—. El jefe me dijo que si sigo así, me dará más horas cuando termine el semestre. También me está enseñando a manejar la nueva máquina de impresión digital, así que podría aprender un oficio útil por si las cosas de la universidad se ponen complicadas. —No pienses en eso —dijo su padre con firmeza—. Tú vas a terminar tus estudios, mijo. Nosotros nos encargamos de lo demás. Tu hermana ya está en el preparatorio, y cuando sea su turno, haremos lo mismo. El estudio es lo único que nadie nos puede quitar. Martín asintió, sabiendo que discutir con su padre era inútil. Habían sacrificado mucho para que él estudiara: su madre había dejado de trabajar como empleada doméstica para cuidar a la casa y poder ahorrar más dinero, su padre trabajaba doce horas diarias en la construcción, y su hermana menor ayudaba vendiendo dulces caseros en el colegio. Él mismo trabajaba medio tiempo desde que tenía dieciocho años, y nunca había pedido nada que no fuera estrictamente necesario. Después de comer, se vistió con jeans limpios y una camiseta de la universidad, tomó su mochila con los libros y las hojas de cálculo que necesitaba, y salió a la calle. El sol seguía caliente a pesar de que ya eran las seis de la tarde, y el aire olía a asfalto caliente, comida de los puestos callejeros y el perfume de las flores que algunas familias plantaban en los patios de sus casas. Caminó diez cuadras hasta la universidad, aprovechando el tiempo para repasar las fórmulas que necesitaba para su proyecto. Cuando llegó a la biblioteca, se dirigió directamente al estante donde guardaba sus libros y se sentó en su mesa habitual, en un rincón tranquilo cerca de la ventana que daba al jardín de la facultad. Había estudiado durante aproximadamente una hora cuando escuchó una voz que reconoció de inmediato, aunque hacía meses que no la había escuchado: —Martín. ¿En serio eres tú? Levantó la mirada y encontró frente a él los ojos color avellana de Valeria Contreras, la chica con la que había estado enamorado desde que ambos estaban en el tercer año del bachillerato. Ella llevaba un vestido ligero de flores azules y blancas, sus cabellos castaños largos y ondulados caían sobre sus hombros, y llevaba una mochila de cuero viejo sobre el hombro. Tenía el mismo aire delicado y soñador que siempre había tenido, aunque ahora parecía más delgada, más pálida que antes. —Valeria —dijo, sintiendo cómo se le aceleraba el corazón—. No te veía desde... desde que te fuiste de la preparatoria. —Sí, hace mucho tiempo —respondió ella, sonriendo tímidamente—. Vine a devolver algunos libros que pedí prestados antes de las vacaciones. ¿Y tú? ¿Sigues estudiando aquí? —Sí, Ingeniería Industrial —dijo él, intentando mantener la calma a pesar de que su mano temblaba ligeramente al agarrar su lápiz—. Ya voy para quinto semestre. ¿Y tú? ¿Qué haces ahora? —Estudio Diseño de Modas en la facultad de Bellas Artes —explicó ella, sentándose frente a él sin que él la invitara—. Me gusta mucho, aunque a veces es difícil. Los materiales son caros, y los talleres requieren mucho tiempo y dedicación. Martín sabía que la familia de Valeria había pasado por momentos difíciles. Había sido una de las familias más acaudaladas de la ciudad cuando eran adolescentes, pero cuando ella tenía dieciséis años, su padre perdió toda su fortuna en una inversión fallida que involucró a empresas corruptas. Después de eso, se mudaron a un barrio más modesto, y Valeria tuvo que dejar la preparatoria privada para terminar sus estudios en una escuela pública, donde Martín la había conocido por primera vez. Habían sido amigos durante varios meses, compartiendo pasatiempos como la lectura y el dibujo – Valeria pintaba hermosos paisajes y retratos, mientras Martín dibujaba planos de edificios y maquinaria que imaginaba construir algún día. A medida que pasaban los días, Martín se dio cuenta de que estaba profundamente enamorado de ella, pero nunca se atrevió a decírselo: él era un chico de clase media baja, hijo de trabajadores, mientras que ella, aunque ya no era rica, seguía siendo la hija de un hombre que había tenido poder y prestigio. —¿Cómo están tus padres? —preguntó él, tratando de mantener la conversación fluida. —Mi papá está mejor —respondió ella, bajando la mirada y jugueteando con la hebilla de su mochila—. Encontró trabajo como asesor financiero en una empresa pequeña, y mi mamá vende algunos de sus diseños de ropa en una tienda de segunda mano que acepta prendas nuevas. No es fácil, pero nos las arreglamos. Martín notó que sus ojos se humedecieron ligeramente, y sintió una profunda tristeza en el pecho. Quería abrazarla, decirle que todo estaría bien, que él la ayudaría en lo que pudiera. Pero se contenía, sabiendo que no tenía nada que ofrecerle más que su amistad y su cariño, cosas que probablemente no eran suficientes para ella. —¿Y tú? ¿Cómo estás? —preguntó ella, levantando la mirada y encontrando la suya—. Siempre supe que ibas a estudiar Ingeniería. Eras muy bueno en matemáticas y física, siempre ayudabas a los demás en clase. —Estoy bien —respondió él, sonriendo para animarla—. Trabajo en una imprenta para costear mis estudios, y mis padres me apoyan mucho. No es fácil, pero me gusta lo que hago. Espero poder conseguir un buen trabajo cuando me gradúe, ayudar a mi familia y tal vez construir algo que sea útil para la gente. Valeria sonrió, y en sus ojos brilló la misma admiración que Martín recordaba de cuando eran adolescentes. —Siempre fuiste así —dijo ella—. Piensas en los demás antes que en ti mismo. Eres una buena persona, Martín. La conversación continuó durante casi dos horas, mientras Martín intentaba concentrarse en sus libros pero no podía evitar mirarla cada pocos minutos. Hablaban de sus estudios, de sus amigos del bachillerato, de los planes que tenían para el futuro. Valeria contó que quería abrir su propia tienda de diseño, crear ropa que fuera bonita pero accesible para todas las personas, no solo para las ricas. Martín le contó que quería especializarse en energías renovables, construir plantas que aprovecharan el sol y el viento para dar electricidad a los barrios pobres de la ciudad. Cuando la biblioteca anunció que cerraría en unos minutos, ambos se levantaron guardando sus cosas. Martín ofreció acompañarla hasta la estación de autobuses, y ella aceptó con gusto. Caminaron por las calles de la ciudad, donde las luces ya comenzaban a encenderse y los puestos de comida ofrecían aromas de tacos, tortas y esquites. —¿Vives cerca de aquí? —preguntó Martín, mientras caminaban por la avenida principal que llevaba al centro. —No, vivo en el barrio de San Juan, cerca del mercado —respondió ella—. Es un poco lejos, pero el autobús pasa cada veinte minutos. —Deberías cuidarte mucho —dijo él, preocupado—. La ciudad se pone peligrosa por la noche, especialmente para una chica sola. —Lo sé —respondió ella, sonriendo tristemente—. Pero no tengo más remedio. Mi papá llega tarde del trabajo, y mi mamá no puede acompañarme porque tiene que cuidar a mi abuela, que está enferma. Martín se detuvo en medio de la acera, mirándola a los ojos con determinación. —De ahora en adelante, yo te acompañaré —dijo—. Después de mis clases o del trabajo, vendré a buscarte a tu facultad y te llevaré a casa. No puedo dejarte irte sola por la noche. Valeria se sorprendió, y por un momento pareció que iba a decir que no, que no quería molestarlo. Pero luego vio la sinceridad en sus ojos y asintió lentamente. —Gracias, Martín —dijo en voz baja—. Eres muy amable. Ese fue el comienzo de una amistad que pronto se convirtió en algo más para Martín. Durante los siguientes meses, se volvió su rutina: después de trabajar o estudiar, iba a buscarla a la facultad de Bellas Artes, caminaban hasta la estación de autobuses o hasta su casa si tenía tiempo, hablaban de todo y de nada, compartían snacks que él compraba en los puestos callejeros o dulces que ella llevaba en su mochila. Martín descubrió que Valeria seguía pintando en secreto, aunque ya no tenía materiales de buena calidad ni un lugar adecuado para hacerlo. Él le compró papel y pinturas con su dinero de trabajo, y le preparó un pequeño espacio en el trastero de su casa donde podía pintar sin molestar a nadie. Valeria, a cambio, le hacía almuerzos caseros que lo llevaba a la imprenta o a la universidad, y le ayudaba a organizar sus apuntes y a dibujar los planos para sus proyectos de ingeniería. A medida que pasaban los días, Martín se dio cuenta de que su amor por ella había crecido aún más. Valeria era inteligente, dulce, trabajadora y con una fortaleza interior que lo admiraba profundamente. A pesar de todas las dificultades que había enfrentado en su vida, nunca había perdido la esperanza de lograr sus sueños, nunca había dejado de ser amable y generosa con los demás. Pero Martín seguía sin atreverse a decírselo. Temía que ella no lo sintiera igual, que su posición económica y social fuera un obstáculo insalvable entre ellos. Además, notaba que Valeria a veces estaba distante, como si tuviera secretos que no podía contar, preocupaciones que no podía compartir. Una tarde de noviembre, cuando el clima ya comenzaba a enfriarse, Martín fue a buscarla a su facultad como de costumbre. Pero cuando llegó, la encontró sentada en los escalones de la entrada, llorando desconsoladamente. Se acercó rápidamente, sentándose junto a ella y colocando una mano sobre su hombro con cuidado. —Valeria, ¿qué pasa? —preguntó con voz suave—. ¿Qué te sucede? Ella se secó las lágrimas con la manga de su sudadera, pero no pudo evitar que nuevas lágrimas comenzaran a rodar por sus mejillas. —Mi abuela está peor —dijo entre sollozos—. Necesita una operación urgente, pero no tenemos dinero para pagar por ella. Mi papá ha pedido prestado todo lo que pudo, pero la clínica dice que necesitan el pago completo antes de hacer la cirugía. Si no la operan en menos de un mes, podría morir. Martín sintió cómo se le partía el corazón al verla sufrir. Quería decirle que la ayudaría, que juntarían el dinero entre los dos, pero sabía que su sueldo en la imprenta y el poco dinero que sus padres podían ahorrar no eran suficientes para cubrir el costo de una operación tan costosa. —Lo siento mucho, Valeria —dijo, abrazándola con cuidado—. Quiero ayudarte, realmente quiero hacerlo, pero no sé cómo... Ella se acurrucó contra su pecho, llorando mientras él la consolaba con su mano sobre su pelo. —No es tu culpa, Martín —dijo ella, con voz entrecortada—. Ya he agotado todas las opciones. He pedido ayuda a familiares, a amigos, incluso he intentado vender algunas de mis pinturas, pero nadie las quiere comprar. No sé qué hacer. Martín la sostuvo por un rato, sintiendo su dolor como si fuera propio. Luego, tuvo una idea desesperada, una opción que sabía que no le gustaría a sus padres pero que era la única que se le ocurría. —Tengo algo guardado —dijo, separándose un poco para mirarla a los ojos—. Dinero que he estado guardando para pagar el resto de mi semestre. No es mucho, pero puede ayudar. Además, puedo pedir más horas en la imprenta, buscar otro trabajo medio tiempo... Juntos podemos conseguir el dinero que necesitas. Valeria negó con la cabeza, sacudiendo las lágrimas de sus ojos con determinación. —No, Martín —dijo con firmeza—. Ese dinero es para tus estudios, no puedes gastarlo en mí. Ya he causado demasiados problemas a mi familia, no puedo hacerlo también contigo. —Pero Valeria... —intentó decir él, pero ella lo interrumpió. —Hay algo que no te he dicho —dijo, bajando la mirada y jugueteando con el puño de su sudadera—. Hace unos días, me encontré con Alejandro Montes de Oca. ¿Lo recuerdas? Él fue compañero nuestro en la preparatoria privada, antes de que mi familia perdiera todo. Martín asintió, recordando al chico alto y guapo que siempre había estado al lado de Valeria en los eventos de la escuela, que venía de una de las familias más ricas de la ciudad. Había oído decir que Alejandro había estudiado en el extranjero y ahora era el director general de varias empresas de su familia. —Él se enteró de la situación de mi abuela —continuó Valeria—. Y me ofreció ayuda. Dinero para la operación, para pagar las deudas de mi familia, para que yo pueda continuar mis estudios sin preocupaciones. Pero a cambio... Se detuvo, y Martín notó cómo temblaba ligeramente. Sintió un mal presentimiento en el estómago, una sensación de miedo a lo que ella estaba a punto de decir. —A cambio quiere que me case con él —terminó ella, levantando la mirada hacia él con ojos llenos de dolor y resignación—. Es un contrato de matrimonio

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