Una ola de calor se apoderó de mi cuerpo haciéndome presa de incesantes estremecimientos. Un temblor me recorría las extremidades y el deseo me llenaba la imaginación de posibilidades sugestivas. Mordí mi labio inferior varias veces tratando de mitigar el furor que sentía, pero nada parecía poder contenerlo. Había leído la mitad de aquel tomo grueso y de páginas a todo color con fotografías que representaban, con lujo de detalles, las posiciones y las formas de “sexo” que se describía en el texto. La noche estaba bien entrada y yo ni siquiera había tenido tiempo de pensar en comer. Mi cuerpo solo pedía una cosa, y eso que pedía, no estaba en la cocina, por lo menos no esa noche. Las fotografías a todo color de aquel libro, sumadas a mi reciente encuentro con Alan, desencadenaron en mí se

