Dr. Jekyll and Mr. Hyde.

1687 Words
Con una sensación de vergüenza abismal me desperté al otro día. La noche de sueño fue pesada y espesa. Con interludios de insomnio intercalados por sueños raros y aterradores esperé con ansias a que el sol anunciara una hora pertinente para salir de la cama. Medité sobre mis opciones: desde luego que lo más lógico era salir de ahí y olvidarme de ese tipo, pero que era lo lógico y lo normal según mi experiencia, sino lo disparatado y lo sinsentido, además, mis otras opciones eran irme a la calle donde corría el riesgo de que el mostro pudiese hacer de las suyas, o regresar a mi antigua celda y recluirme ahí por siempre. Y claro, en esa casa, junto a él, no sé si me sentía cómoda, pero por lo menos no tenía ganas de matarlo, por lo menos no aun. Sí, no era nada corriente estar durmiendo en la casa de un completo extraño, de quien ni el nombre sabia, pero esos dos días ―o tres, no sé, perdí la cuenta― que había pasado en su casa, habían sido los días más normales de mi vida. ― Te pido disculpas por mi reacción de anoche ―fue lo mejor que se me ocurrió para decirle luego de pasar toda la noche pensándolo. A primera hora fui a buscarlo para excusarme ―. No sé si lo comente anoche, pero, aparte del Guardián, prácticamente eres la primera persona con la que hablo en mi vida. Lo había encontrado leyendo en la biblioteca. No sé si pasa con todas las personas, pero con él lo notaba, esa habitación, la biblioteca, le hacía bien. A pesar de que tenía en su rostro notorias evidencias de que había pasado gran parte de la noche despierto leyendo, aun así sus rasgos evidenciaban una alegría no material. Un brillo en sus ojos dejaba en claro que ese era su espacio de confort. Con ese gesto tan suyo, me miró divertido. Dejó el libro sobre el escritorio de madera oscura y me hizo un gesto con la mano al tiempo que sus palabras buscaban tranquilizarme. ― No tienes por qué disculparte, he sido yo el grosero… y por cierto: buenos días. Me apené por mi falta de práctica con los buenos modales. Los libros que había leído y la poca televisión que había visto me habían dado una preparación muy pobre sobre las formas de las convenciones sociales, pero los saludos y la educación debían ser lo básico. Para eso no tenía excusa. ― Lo siento… buenos días ―recién iniciaba la conversación y ya estaba hecha un completo manojo de nervios. ― Olvídalo ―me dijo levantando sus cejas pobladas relajando aún más su expresión―, ya te acostumbraras. Si quieres puedes practicar conmigo. ― ¡¿Qué cosa?! ―le pregunté aterrada por no entender su propuesta. ― La conversación… digo, si así lo quieres. Porque la verdad es que no puedes andar por la vida utilizando esas palabras tan rimbombantes y anticuadas que utilizas… ¿Dónde aprendiste a hablar así, con un manual del siglo dieciocho? ― La verdad casi casi aciertas ―respondí apenada. ― ¡¿Cómo?! ¡¿Es en serio?! ―él me lanza la pregunta recostando el peso de su torso sobre sus codos afincados en el escritorio. ― Si, es que como te conté ayer, antes de conocerte ti, a la única persona que conocí en toda mi vida fue al Guardián, y él no era muy conversador que digamos. Solo de vez en cuando me dirigía la palabra, y era en su mayoría para darme ordenes o para insultarme… pero algo de bondad debía haber en el fondo de su ser porque por lo menos me dejaba leer los libros que tenía en su biblioteca, que no se si eran de ese siglo dieciocho, pero sí sé que eran bastante antiguos. ― Con razón hablas así. ― ¿Así como? ―le lanzó la pregunta con fuego en los ojos. ― Con tanta formalidad y educación… no me mires así que no es malo tampoco. ― Más te vale ―sentencie aliviada―, también lograba escaparme de vez en cuando a ver la televisión una vez más que otra, pero casi siempre me castigaban por eso. Él me miró con un dejo de tristeza en sus ojos. Parecía tratar de imaginarse lo que yo le contaba aun y cuando no había recibido mayores detalles. ― Quisiera saber más de tu pasado ―me dice al fin. Su planteamiento me tomó desprevenida. No le respondí al instante, en cambio aproveche para verlo con detenimiento: esa mañana exhibía un rostro con marcas de ojeras debajo de sus ojos, pero aun así mantenía esa simetría que le confería a su presencia un aire de perfección. Llevaba puesta una camisa a rayas un poco holgada y el cabello despeinado en su totalidad. Sobre sus mejillas se empezaba a adivinar el rastro de una tímida barba. ― Preferiría no hablar de eso ahora ―le confieso cuando él se percata de que mis ojos reposan sobre su rostro. ― No hay problema ―me dice con un gesto que le resta importancia al asunto―, ¿Qué prefieres entonces? ― Me ofreciste la opción de practicar la conversación ―le digo y me doy la vuelta para ponerme a ver los libros que están sobre una de las repisas. ― ¡Perfecto! ―exclama él ― ¿Por qué no comenzamos de inmediato? Ven siéntate ―me invita sin darme chance a replica. Le hice caso sin oponer ningún reproche. Me senté en la silla de madera que él me señalo. A pesar de su apariencia antigua, como todo en esa casa, la silla tenía un olor agradable. Me acomodé lo mejor que pude del otro lado del escritorio, frente a él, incline mi espalda y apoye mis antebrazos en el borde de la madera. ― ¿Por dónde debería iniciar la conversación? ―le pregunté recuperando de a poco mi falsa altives. ― Lo ideal sería, si no conoces el nombre de la otra persona, como es el caso, preguntarle cómo se llama… esa es una buena forma de comenzar. ― Tu nombre… bien ¿Cómo te llamas? ― ¡Excelente! Aprendes rápido ―me dijo con exagerada satisfacción. ― Si, pero en serio, me gustaría saber tu nombre… tal vez así todo esto deje de ser tan raro. ― ¿Raro? ― Ya sabes: una loca asesina viviendo en la casa de un desconocido. El chiste que hice sin intención le causó mucha gracia y no se avergonzó de evidenciarlo con una carcajada que retumbó en el techo abovedado de la biblioteca. ― Mi nombre es Alan, Lis. Alan. Me gustaba ese nombre. ― Mucho gusto Alan. ―le dije adoptando un tono de formalidad. ― Bien, ahí vamos. Creo que me engañaste, por lo visto si tienes conocimientos sobre las formas de la conversación. ― No, si te dije la verdad. Lo poco que sé lo aprendí de esos libros que eran todo mi mundo. ― ¿Te gusta leer mucho entonces? ― Es lo único que me ha regalado chispazos de felicidad en esta vida. La biblioteca del guardián era minúscula en comparación a la tuya ―de a poco y con fluidez los recuerdos tomaron un poco de orden en mi cabeza. Hablar con él me hacía bien―. Una vez por semana el guardián me liberaba de las cadena y me dejaba andar dentro de la casa… que era una casucha en comparación a la tuya, me lo permitía para que yo le hiciera la limpieza y ordenara el desastre que era, a cambio de eso él me dejaba leer alguno de sus libros si hacia bien mi trabajo. Una punzada de tristeza me amargó las entrañas y un nudo se me entornó en la garganta cuando las imágenes de mi pasado fueron discurriendo a rincones que mi subconsciente se empeñaba en olvidar. ― ¿Qué leías? ―me preguntó interesado. ― De todo un poco, pero no quiero hablar de eso ahora ―le dije cortante, esperando poder evitar que aquella sensación se agravará en mi interior―, mejor cuéntame que estabas leyendo tú. ― ¡Valla que buena conversadora que sos! ―recién en ese momento se hizo más marcado en Alan ese acento que me recordó la forma de hablar del Guardián ―, le das dinamismo a la conversación ―Alan extendió la mano y volvió a tomar consigo el libro de lomo grueso y cubiertas marrones y bien cuidadas―. Este es un primer ejemplar de la edición inglesa del “El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde”… ¿lo has leído? ― No, ese no lo tenía el Guardián en su biblioteca ¿de qué trata? Alan se echó a reír, como si la pregunta le hiciera mucha gracia, y no me respondió de inmediato. Dejó el libro de nuevo sobre el escritorio y se colocó de pie. ― Estoy seguro que no creerías si te digo que el libro habla de ti… ¿no tienes hambre? Ya es hora de desayunar. ― ¡Espera! ― Al escuchar el tono con el que pronuncie esa exclamación me avergoncé un poco― pero si aún no me has contado nada de ti. Mientras yo hablaba el rodeó el escritorio y se acercó hasta donde me encontraba, y colocando su brazo en una extraña posición de gancho me dijo: ― Ya sabes las reglas: comemos y luego hablamos. No entendí de inmediato su gesto con el brazo: él me explicó que se trataba de un gesto de caballerosidad donde el hombre le ofrece a la “dama” acompañarla. Lo rechace como una idiota. Me aterrorizó la simple idea de tocarlo, pero igual lo acompañe hasta la cocina donde, de nueva cuenta, inició sus periplos de chef. Odiaba su manera de prolongar la espera y mantener todo en ese maldito suspenso, pero al mismo tiempo, para que mentirme, me empezaba a gustar… el suspenso.
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