Alan.

1200 Words
Luego de descubrir el sabor de los panqueques con queso y crema que Alan sirvió para desayunar acompañadas por un delicioso café con leche, pude por fin saber algo más sobre él: Alan era un poco mayor que yo, pero como lo intuía por su apariencia, era aún muy joven, tenía apenas veinticinco años, sin embargo, por una vida familiar según sus palabras, complicada, había aprendido a arreglárselas por si solo desde muy temprana edad, de ahí su manera de actuar tan madura y con comportamientos tan propios de una persona de mayor edad; se consideraba a sí mismo como alguien que amaba la soledad, por eso la casa siempre se encontraba deshabitada, de hecho, desde que la compró, no había compartido el lugar con casi nadie más hasta mi llegada. Según me contó, era de origen argentino, de ahí su acento tan diferente que se esforzaba en disimular. Se había mudado a Venezuela, país donde estábamos, hace un año para cambiar de aires. Le ofrecieron en venta la casa que se hallaba en una hacienda a las afueras de la ciudad, y por el estilo de la construcción y por lo retirado que esta se encontraba de la zona urbana, no dudó en comprarla. El dinero no era problema para él, por lo poco que me contó al respecto, ya que esto me lo dijo con un tanto de incomodidad, parte de su complicación familiar consistía en la abundancia de riquezas en su familia. ― En pocas palabras soy rico ―me dijo sin darle mayor importancia al asunto, al contrario de lo que pasó cuando empezó a hablarme de otras cosas en las que se extendió más de la cuenta: habló sin parar del arte, de la música, de la naturaleza, y por supuesto de la comida, se confesó amante empedernido de la buena cocina. Yo le escuché prácticamente muda. Solo hacia preguntas cuando el tema discurría hacia algún punto en el que me sintiera cómoda para decir algo. Mayormente esperaba de alguna manera entender el por qué su benevolencia hacia mí. Sin embargo, cuando le plantee el tema, su facilidad de verbo se vio profusamente truncada, cambiando incluso su lenguaje corporal cuando trató de esbozar una explicación a mi pregunta. ­― La verdad no sabría cómo explicarte ―comenzó a decir―. Cuando te encontré esa noche, sola y notoriamente cansada, corriendo como si un monstr…como si alguien te persiguiera, no podía dejarte pasar de largo… no se me ocurrió una mejor idea que brindarte refugio. Cuando terminó de hablar acompaño su explicación abriendo los brazos sobre la mesa con las palmas de sus manos hacia adelante en un gesto de rendición. Como diciendo “ponme las esposas, soy culpable” y regalándome una de sus radiantes sonrisas de miel. Pero yo no le cogí el juego, y quise seguir adelante con la indagación. ― Hasta ese punto te lo puedo aceptar ―le espeté―, pero en medio de mi desespero, recuerdo haberte confesado que yo no era una chica cualquiera: te dije que yo era un monstruo y que había hecho algo terrible, y aun así decidiste montarme en tu camioneta y traerme a tu casa ¿Por qué? ― Que se cho ― en los momentos de exaltación, su acento relucía―, quizás me paso como a Don quijote, y de tanto leer libros de príncipes que rescatan princesas, me metí demasiado en el papel. ― Sos un idiota ―le dije imitando su acento casi de manera fortuita. El chiste le causó gracia y se relajó de la presión de mi interrogatorio bebiendo un vaso de agua a medio acabar que tenía en la mesa delante de sí. Como tomando previsiones por el incidente de la última vez, no dejó ningún vaso con agua a mi alcance. Yo no estaba lista para dejar de indagar. ― Pero no se puede ser tan idiota en la vida… yo te explique mi condición, te confesé mi crimen, incluso te he tratado mal y hasta te agredí, y a pesar de que recién me dijiste que te viniste a vivir hasta acá, hasta el fin del mundo, para estar solo, con todo y eso, y aun así, te empeñas en ayudarme y me brindas refugio… no tiene sentido ¿Cuál es la explicación para eso? Hablé tan rápido y las palabras salieron con tanto ímpetu de mi boca que quedé sin aire al pronunciar la última silaba, pero en contraste con mi exaltación él se contuvo recuperando de golpe la comodidad. No respondió de inmediato. Antes de hablar se aseguró de que mis ojos se encontraran con los suyos, como para decirme con la mirada algo que las palabras no podían pronunciar. ― No sabría explicártelo ―me respondió al fin―, ni se si puedas creerme, pero de cierta manera yo comparto tu dolor. Su respuesta fue, por demás, enigmática y sin mucho contenido. Fue más una formulación abstracta que otra cosa, pero no me dejó espacio para ningún tipo de réplica: se levantó de inmediato al tiempo que le ponía fin a la ronda inquisitorial. ― Por eso espero ―acotó como cierre― que me brindes el honor de ofrecerte mi hospitalidad, por lo menos hasta que logres aclarar tu situación… te prometo ser respetuoso en todo momento y no hablar de “tú tema” si tú no quieres, mientras que tienes todo el derecho de preguntar lo que sea cuando sea... Siéntete en tu casa y te aseguro que serán buenos días. Me sentí abrumada por su propuesta, y no supe hacer otra cosa más que asentir con la cabeza a manera de conformidad; y que otra cosa podía pasar, de igual ya lo había aceptado de manera informal, lo único que hacía era oficializarlo. Él me respondió con una amplia sonrisa. De a poco iba aprendiendo que la sonrisa formaba parte de su código de comunicación. Su sonrisa era como un mensaje que decía: “todo está bien” o “eso me hace muy feliz”. ― Pero si me voy a quedar unos… un día, dos días… no sé cuántos días ―le dije con mi forzado tono de altives―, no pienso quedarme como un parasito. Deja esos platos, yo los voy a lavar. Él se sorprendió ante mi contrapropuesta, pero el tono con el que realice mi declaración no le dio margen a replica: retrocedió dejando sobre la mesa los menesteres que habíamos empleado en el desayuno, mostrando de nueva cuenta las palmas de sus manos delante de su pecho en notoria rendición. ― Bien puedas ―dijo en un forzado tono de cortesía―, siéntete libre de tomarte el tiempo que estimes necesario, pero luego necesito que vayas a tu habitación, quiero mostrarte algo. Y así terminó el periplo del desayuno. Yo me quedé con los platos mientras él se perdía en la distancia del pasillo. Me sorprendí a mí misma viéndolo sin pestañar hasta que su silueta no desapareció del todo en uno de los recodos de aquella arquitectura. Me regañé y me castigue obligándome a lavar hasta el último de los enceres de aquella cocina.  
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