Darío nunca había sido un experto interpretando las señales mudas de las mujeres que durante tantos años se le cruzaron en el camino. En su juventud temprana su atención estuvo dedicada a pleno a su carrera, primero como estudiante prodigio y ya luego como profesional sobresaliente. Nunca se dio el tiempo de voltear a ver el montón de mujeres que sus pocos amigos le juraban que se derretían por él. Un acomplejado adulto vio pasar los años de su juventud casi a riesgo de llegar a los treinta siendo aún virgen, de no haber sido por la hermosa rubia que llegó a trabajar un día a su consultorio, quien le permitió adentrarse en los misterios del sexo femenino. Su historia con Rebeca ya se la había contado a Sophia con lujos de detalles, lo que no había tenido el valor de contar era lo frustrant

