II
― Tú te casaste con tu paciente ―comenzó diciendo Darío con intenciones de aportarle retorica a su historia―, cosa que está mal, pero yo me case con mi secretaria, que no está mal, pero lo hice por los motivos equivocados, entonces si está mal.
― ¿Motivos equivocados? ―Sophia preguntó seguido de un gesto de fingida contradicción― ¿eso que puede significar?
― Te explico: Mi esposa Rebeca comenzó a trabajar para mí por recomendación de un familiar suyo que era mi colega. Al principio todo bien, porque su desempeño era excepcional y me facilitaba muchísimo todo el trabajo. Cuando empezó a trabajar conmigo comenzaba recién su licenciatura. Era una chica muy guapa, rubia, con un cuerpazo y de estatura mediana. Desde luego que me sentí atraído por su gran físico, pero por ética laboral mantuve la distancia… esto que te cuento paso hace unos seis años. Yo era más joven. Más inmaduro.
― ¿La cortejaste?
― No, no, para nada, por lo menos no hasta ese momento. Yo era muy tímido con las chicas, en realidad aun lo soy.
― La verdad que no me lo imaginaria ―dijo Sophia notoriamente sorprendida―. El rico, guapo y reconocido doctor Darío López tenía problemas para hablar con las chicas.
― Tengo ―aclaró Darío―, aún tengo problemas para sentirme cómodo al hacerlo. Y gracias por lo de guapo. Si lo dice así, parece que describiera a un personaje de una novela de romance juvenil.
― La verdad es que si ―dijo Sophia entre risas.
Darío había terminado su postre de chocolate y en su lugar había pedido una botella de vino. Con una copa a medio llenar en su mano, rememoraba los recuerdos de su pasado.
― Rebeca de un momento a otro quedó embarazada ―continuó contando Darío―. Fue una sorpresa ya que era una chica muy responsable, de poco salir y a quien no se le conocía ninguna pareja. La noticia me tomó un poco por sorpresa, entenderás que en mi corazón guardaba todavía la idea de poder tener algo con ella.
― Y esa noticia le tiro todo al caño.
― Al principio sí, porque pensé que se iba a casar con el padre de la criatura. La idea me dejó destrozado. Ella se iba a casar y yo ni siquiera había tenido el valor de confesarle lo que sentía por ella.
― ¿Y entonces qué? ¿No se casó?
― El tipo ni siquiera dio la cara. Rebeca me lo contó todo un día, cuando su embarazo ya comenzaba a ser difícil de disimular. Me contó que estaba esperando un niño varón y estaba aterrada por tener que afrontar todo aquello ella sola. Al principio mi intención fue la de tomar la posición del jefe buena honda y comprensivo. Le dije que no debía temer, que el trabajo no lo iba a perder y que su familia de seguro la apoyaría con su embarazo, que en pleno siglo veintiuno una madre soltera no era cosa nueva. Pero ella me confesó que su único tío, el colega que me la había recomendado para el trabajo, estaba horrorizado por su error y se encontraba distanciado de ella. Entonces no me quedó de otra más que ofrecerle mi ayuda, ya no como jefe, sino como un supuesto amigo. Digo supuesto porque estoy seguro que ella sabía lo que yo sentía por ella… en resumen, para no alargar mucho la historia, Rebeca y yo comenzamos a congeniar más allá de nuestra relación laboral. Una cosa llevo a la otra y así sucesivamente. A tal punto que yo estuve con ella haciéndole compañía el día de su parto. El niño nació sano y sin inconvenientes, entonces se comenzó a complicar la situación para mí.
― ¿En qué sentido? ―preguntó Sophia dando señas de estar metida en la historia que Darío le contaba.
― Porque desde que el niño nació, Rebeca ya no volvió a ser la misma conmigo. Toda su atención se volcó hacia la criatura, cosa entendible, pero yo volví al mismo lugar de olvido donde me encontraba antes de aquella aventura de su embarazo.
― ¿Pero usted… perdón, digo, tu no le habías confesado nada?
La pregunta de Sophia incomodó a Darío quien se encogió de hombros sabiendo lo que podía estar pensando ella. Desde luego que toda su vida se había considerado a sí mismo un cobarde, pero nada comparado con aquella vivencia de acompañar a las consultas ginecológicas a una mujer embarazada que no era nada suyo. La imagen se prestaba para un montón de chistes. Darío se volvió a acomodar el nudo de la corbata con ese gesto que le caracterizaba, era su señal de nerviosismo. La chica que tenía enfrente, enfundada en ese precioso vestido azul, con una sonrisa celestial, le abordaba con preguntas apremiantes. “Eso te pasa por lengua larga” se recriminó a sí mismo.
Un camarero se acercó para anunciar que el restaurante cerraba en diez minutos, por lo que Darío se apresuró a terminar de contar la historia.
― Hasta ese punto no había tenido el valor de confesarle nada. Solo me dediqué a la tarea de servirle de apoyo y a ayudarla en todo lo que ella necesitaba, pero cuando me vi relegado al olvido, el mundo se me vino encima y entré en crisis. Para estas alturas ya no debe ser un secreto para ti que Rebeca me traía loco, mientras más la conocía, más me enamoraba de ella.
― Si, la verdad se te nota mucho por la forma en que hablas de ella.
― Bueno imagínate como me sentí. Estaba desesperado, y en ese desespero encontré el valor para confesarle todo.
― ¿Le contaste todo? ―preguntó Sophia― ¿Y cómo se lo tomo?
― Fue directa: ella quería un esposo, no estaba dispuesta a aventurar, así que yo, encantado de la vida, le propuse matrimonio ahí mismo, y me fui a vivir al mundo de los finales felices.
― ¿Se casaron y todo bien?
― Bueno, nos casamos sí, pero la situación no cambió mucho. Yo la tenía a Rebeca en el pedestal más alto de mi corazón, pero en cambio yo para ella estaba siempre en un segundo lugar.
Sophia no dijo nada cuando Darío guardó silencio. Se notaba que aquella herida estaba aún abierta en el alma del médico. Ella prefirió en cambio improvisar un avance de cordialidad colocando su mano sobre la de Darío en un gesto de apoyo moral. Pero el gesto le resulto mal. El rose de sus pieles levanto chispas de intensidad no presagiadas. Sophia retiró su mano disimuladamente para beber un trago de vino buscando sofocar la aprensión. Darío volvió a ocuparse en el nudo de su corbata. Las mesas a su alrededor de a poco comenzaban a quedar desiertas.
― No le recriminé nunca nada ―sentenció Darío al cabo de su silencio― ni a ella ni al niño, todo lo contrario, al niño lo reconocí como si fuera de mi sangre y lo amo como tal hasta el día de hoy, y a Rebeca, aunque no le encuentro sentido a su excusa, aprendí a vivir con ello.
― ¿Qué excusa?
― Del por qué no podía amarme como yo la amaba a ella. Me decía que su corazón había quedado roto por la traición sufrida, y que debía abocarse a su hijo por no haberle podido dar el privilegio de tener un padre legítimo.
Sophia se contuvo de lo que de verdad quería decir: “Pero que mujer de mierd...” fueron las palabras que estuvo a punto de pronunciar, pero hizo silencio. Ese hombre amaba a esa mujer, y por más que se hallara sufriendo, no resultaba buena idea echarle leña fuego. En su lugar le pareció mejor desviar un poco el asunto.
― Pero se le nota a usted como un tipo feliz… imagino que de a poco la situación mejoró.
Darío sacó un fajo de billetes y dejo el pago de la cuenta junto a la propina al tiempo que se levantó de su silla. Con mucha cortesía se apresuró a sacarle la silla a Sophia antes de responderle.
― Feliz por mi hijo y por la vida, pues si… feliz por mi matrimonio, la verdad no tanto.
― Esto parece una competencia de matrimonios desdichados entonces ―soltó Sophia sin mucha gana.
Darío encontró gracia en la afirmación de Sophia. De pronto se dio cuenta de cuan cómodo se sentía a su lado. No sabía si era motivado por su dulzura, o por el hecho de sus historias trágicamente similares, o si simplemente era a causa del vino que empezaba a hacer de las suyas, pero sintió pánico al pensar que ya debían despedirse. Entonces se armó de valor, y decidió proponerle a Sophia lo siguiente:
― Si no tienes planes para el resto de la noche, no me molestaría continuar con esa competencia.
El corazón de Darío amenazaba con desbaratar su caja torácica. Las manos le temblaban y el nudo de la corbata le apretaba como nunca antes. Las palabras ya habían sido liberadas al aire y no había forma de abortar la misión, lo mejor que podía hacer era continuar adelante con lo que tenía. Sin esperar respuesta de la hermosa mujer del vestido azul, le ofreció su brazo en un gesto de caballerosidad.
Sophia tardó un poco en reaccionar, como debatiéndose entre dos aguas. Pero por más que le aterrorizara la idea de adentrarse a terreno peligroso, las chispas de inquietud que su roce con la mano de él le habían hecho sentir, aun le quemaban la piel. Quitándose cualquier miedo de enfrente, se decidió dando un paso adelante y entrelazando su mano entre el brazo del simpático doctor, entonces dijo:
― Muy bien doctor ¿Qué propone?
― Te dije que soy malo tratando con mujeres, pero veamos que se me ocurre.
Sophia le respondió con una sonrisa a medio camino entre el miedo y la curiosidad. Y se encomendó en manos de Darío.
Con sus pieles tocándose y palpitando de expectación, salieron a paso rápido del restaurante, rumbo a la habitación de Darío.