La necesidad de escuchar otra voz que no fuese la mía propia me hizo aceptar, aunque fuese de mala gana, la condición impuesta por él: no hablar del tema en cuestión hasta no haber terminado de comer.
Mientras se movía por la cocina ―que a diferencia de las otras estancias de la casa, tenía un estilo mucho más moderno― se explayó en hablar de temas variados y tediosos.
Sentada a la mesa de madera solo me limitaba a asentir con la cabeza mientras que me hallaba embelesada de ver sus dotes de cocinero. No le di muchas vueltas al asunto y aproveché su periplo entre ollas y sartenes para observarlo con detenimiento y sin tapujos. Quería entender quién era ese chico y cuáles eran sus intenciones, pero solo alcancé a descubrir que se trataba de un joven de gran atractivo: Sus ojos dorados que rebosaban de vida contrastaban con unas cejas pobladas que le conferían a su rostro cierto aire de tímida tristeza, lo que se evidenciaba aún más cuando gesticulaba al cortar las cebollas, su piel blanquecina bañada por la luz led de las lámparas de la estancia adquiría tonos casi iridiscentes o angélicos, su cuerpo esbelto pero un poco delgado se movía con agilidad entre los gabinetes y mostradores de mármol, dejando adivinar su musculatura debajo de una camiseta gris, su cabello oscuro y sin peinar se movía acompasado a la rítmica danza que realizaba entre el refrigerador y la estufa, y su sonrisa de miel y su mirada de cazador, que no desaparecían ni un segundo, seguía atravesándome el alma todavía. Parecía el príncipe de una de las películas que daban en la televisión los sábados por la mañana.
Me quedé lela un rato, asombrada de no entender como estaba yo metida en esa situación, mientras él me hablaba de no sé qué cosa de los vegetales y del por qué la ensalada que preparaba se llamaba como los emperadores romanos.
Terminó de cocinar y sirvió la mesa con maestría: Llegaba entonces la hora de comer.
Lo crujiente de la lechuga y lo penetrante del aderezo deleitó mi paladar con sensaciones que en mi vida pensé siquiera que pudiesen existir, por lo que dejé, un rato todavía más, que lo absurdo de la situación no me arruinase el gusto. Así terminamos de comer la ensalada y una carne con papas y vegetales acompañada con un vino tinto. Al principio le reparé en el hecho de que no estaba bien que me diera a beber alcohol, pero un poco él me sonrió sonrojado y me guiñó el ojo.
― Solo es una copa ―me dijo sonriendo con desenfado―, no voy a dejar que te alcoholices.
Y que acertado que fue. El calor que le dejo a mi garganta el jugo de la uva fue el complemento perfecto a la ligereza del plato fuerte.
Reposando de la buena comida nos quedamos sentados sin alcanzar a movernos hasta no ver terminado el postre. Para contrastar con la compleja preparación que conllevo el plato principal, el postre no fue otra cosa más que un helado de chocolate que saco del congelador.
Así permanecí otro rato escuchando lo que él hablaba, temas al azar y sin mucha importancia, sin hacer otra cosa más que asentir con la cabeza y un gesto de labios de vez en cuando. En mi vida había disfrutado yo de alguna comida que siquiera se acercara a lo que él me había preparado, y le agradecí inmensamente en mis adentros, pero ni por un segundo me permití exhibir algún ápice de accesibilidad o cortesía, y si le escuchaba la cháchara era solo para cumplir con su condición, pues al toque de la última cucharada de helado con mi boca, le exploté en la cara sin ningún disimulo.
― Muy bien, ya podemos hablar ― le dije así sin más.
Él no me respondió enseguida, como si calculara sus palabras, se dedicó a amontonar los platos y los enceres unos sobre otros al cabo de lo cual solo dijo:
― ¿Cómo te llamas?
La formulación de esa pregunta tan sencilla y vulgar, que desde luego que debía habérmela formulado yo misma desde antes, me desnudó aún más a la disparatada situación a la que me enfrentaba. Solo entonces fui capaz de permitirle a mi cerebro que me dijese lo que yo no quería escuchar: No quería recordar nada de mi pasado, ni siquiera mi nombre, quería autoimponer un estado de olvido que me permitiera arrancar de mi cabeza los últimos dieciocho años de cruda existencia.
De solo una cosa estaba segura: que era un monstruo, de eso no había duda, mi nombre sin embargo, lo dije sin mucha certeza.
― Lis… creo… si, Lis, me llamo Lis.
El me miró a los ojos. A esas alturas su rostro había adquirido una expresión de seriedad que me incomodó más de lo que ya estaba.
― ¿No recuerdas con claridad cierto?
― La verdad es que no ―le respondía a él, pero al mismo tiempo hablaba para mí misma―. No recuerdo las cosas con claridad.
Me dedicó una de sus amplias sonrisas de miel. Se levantó y llevó los platos al fregadero, dejándome al borde de la locura con aquel desbarajuste formado en mi pecho. Tomó para si un vaso de agua del refri, y me trajo otro a mí hasta la mesa. Se sentó, después me dijo:
― Bien. Comencemos por lo último que recuerdes
Entonces volvió a mi memoria aquel recuerdo que un par de noches atrás consideré que solo se trataba de un sueño: “La sombra gigantesca cae al suelo convirtiéndolo con el impacto en un mar de sangre que brota a borbotones de la herida que aun puedo ver abierta en su pecho. Mis pies chapotean en el viscoso charco, descubro con terror al monstruo que ha salido, al fin, de mis adentros… la primera víctima ha llegado una vez que mi carcelero ha caído, el festín de muerte y de carne ha de comenzar…”