Despierto con el cuerpo cansado de tanto dormir. En el cielo, con sus tonos naranjas, purpuras y amarillos, al sol lo encuentro en una posición donde no logro determinar si es el amanecer o el atardecer; no sé dónde está el norte ni el sur ni el este ni el oeste, ni siquiera se en donde estoy.
¿Dónde estoy? ¿Quién soy? ¿Qué quiero? Son preguntas que temo hacerme a mí misma.
Me levanto de la cama para no darle chance a mi cerebro y descubro mi desnudez. Me aterra la idea de que hubiesen podido espiarme mientras dormía de esa manera pero me tranquilizo al confirmar que la puerta aún mantiene el seguro.
No puedo permitirme volver a caer. Sus hermosos ojos dorados y su sonrisa de miel no pueden debilitar mis defensas.
Reviso la ropa que he dejado sobre la mesa de noche. Descubro con mucha sorpresa prendas que en mi vida había solo anhelado poder vestir: ropa interior en toda regla, cómoda y limpia, una camiseta negra con el dibujo de un cachorrito, unos vaqueros azules ajustados que marcan algunas curvas que no sabía que existían en mi cuerpo, y un par de zapatillas deportivas de color n***o. Me visto sin demasiada prisa, disfrutando el rose de la ropa limpia sobre mi piel y dejando volar mi imaginación como la niña que creo que soy.
Estoy lista, pero por ningún pienso me atrevo a mirarme al espejo. Me aterra lo que pueda descubrir. Me hago una cola de caballo improvisada para controlar la maraña de mi cabello antes de hacer lo que estoy convencida que es lo mejor.
Debo dar explicaciones y pedir algunas otras a cambio.
Mi cerebro es un barullo de confusión pero de algún lugar de mi ser surge un empuje de curiosidad que no me deja quedarme recostada para siempre en esa cama.
Abro la puerta, esta vez por mi entera voluntad, y recorro los pasillos de la casa. El lugar es grande y espacioso. Una construcción con pisos de madera y mucha decoración. Un hogar en el que podrían vivir varias familias pero que extrañamente se encuentra prácticamente desierto.
Con timidez recorro las habitaciones, atemorizada por lo que pueda encontrar en el camino. Solo entonces caigo en cuenta que ni siquiera se su nombre, no sé ni quien es ni en donde puedo encontrarlo, lo cual puede dificultar mis intenciones, y a punto estoy de volver sobre mis pasos para regresar al refugio de aquella habitación cuando escucho aquel sonido.
Dejo que mi sentido auditivo guie el rumbo de mis pies, a esas alturas ya no tengo tiempo para reparar en miedos ni en paranoias. Recorro un tramo del pasillo adornado con pinturas de paisajes surrealistas, y desemboco en una estancia amplia y de techos abovedados. Las paredes cubiertas por estanterías repletas de libros lo rodean a él, quien se encuentra sentado en el piso en un rincón junto a la ventana, con un violín entre sus manos, toca las cuerdas con los ojos cerrados, arrancando de la madera de su instrumento una melodía triste pero hermosa que me eriza la piel.
No me atrevo a hablar, incluso limito mis movimientos al máximo para evitar alterar la atmosfera de aquel momento. Un rostro agraciado y vulnerable surcado por lagrimas se entrevé en las tenues sombras que se cuelan a través de la ventana frente a él, solo entonces compruebo que, efectivamente, me desperté al atardecer.
La melodía termina y todo el espacio es invadido por el silencio de la joven noche que empieza a cubrir con sus tinieblas el espacio de aquella biblioteca. Él permanece quieto, sumido en su silencio. La calma me inquieta, le da espacio a mi cerebro a que me juegue en contra, entonces decido rápido y me lleno de valor. Cruzo la habitación hasta llegar a su lado, el sonido de mis pisadas retumban al chocar contra la madera, pero aun así el no hace el mínimo gesto que denote que hubiera descubierto mi presencia, por lo que me veo en la obligación de ser la primera en hablar para no tener que acercarme más:
― Disculpa que te interrumpa ―sin saber hacerlo de otra manera, le habló de una forma altiva y distante―, me has pedido hablar y a eso he venido.
Con toda naturalidad, y como si el tono de mis palabras no hiciesen el mínimo efecto en su ánimo, giró su rostro abriendo sus ojos para atravesarme por completo con una mirada conciliadora y de amplia sonrisa. Con el reverso de su mano seca las lágrimas de sus mejillas color mármol al tiempo que deja sobre su regazo el violín. Con un gesto me invita a sentarme y al mismo tiempo me saluda.
― Espero que hallas logrado descansar lo suficiente.
Entré en pánico por un segundo. De nuevo no sé cómo reaccionar ante su mirada que no es de odio ni de miedo ni de reproche. Me imaginé recorriendo mis pasos a la inversa para regresar a la habitación y el tiempo que hacerlo me tomaría, pero logré mantener la compostura. No salí huyendo pero tampoco hice caso de su invitación. Desde la distancia que nos separaba alcancé a articular las palabras para contestar su cortesía.
― Si, el sueño de la noche ha sido reconfortante.
― ¿Noche? ―dijo con una sonrisa que no disimulaba― Pero si has dormido casi dos días seguidos ―aunque sus palabras eran de ironía, el tono tan agradable con el que me hablaba no me dejaba espacio para molestarme.
― Lo siento no fue mi intención abusar de tu hospitalidad ―le respondí apenada.
― No tienes por qué pedir disculpas, luego de ver la forma como te encontrabas esa noche estaba seguro que necesitarías varias horas de buen sueño… veo que la ropa que te conseguí te ha quedado muy bien… te ves muy linda.
Mi apariencia de estabilidad se vino abajo al escuchar sus últimas cuatro palabras. No podía soportar una burla tan grande.
― ¡Maldición! ―grité sin comedimientos―. Ya no entiendo lo que está pasando, no entiendo quién eres ni lo quieres de mí. No entiendo ni en donde estoy ni el por qué tú me tratas así… exijo que de una vez por todas hables y me digas que quieres de mí. Ya basta de tantos rodeos y de tanta postergación. ya me estoy cansando.
Al gritar aquello de manera tan brutal sentí como un peso se arrancaba de mi espalda, y la dilatación de mis vasos sanguíneos me permitió experimentar una adrenalina, que aunque me llevo a quedar al borde de liberar al monstruo, me arrojó un poco de claridad en medio de aquella neblina que me plagaba la mente.
Por suerte, para mí y para él, la calma y la templanza del chico con la sonrisa de miel parecían no tener límites. Con un gesto apaciguador se colocó de pie, e ignorando por completo mi estallido, le dio la vuelta al asunto.
― Debes estar hambrienta… sígueme, voy a preparar la cena. Con el estómago lleno la mente trabaja mejor… luego de comer hablaremos todo lo que tú quieras.
Sin darme derecho a réplica pasó a mi lado sin dejar de sonreír en ningún momento. En el instante de mayor cercanía comprobé que no solo su sonrisa era de miel, también lo era su fragancia y su olor.
No pude oponerme, su recia cortesía y el vacío en mi estómago me hicieron seguirle de nuevo por el pasillo.