La noche llegó y Alan no volvió. Recostada en mí recamara mirando el vacío de la noche a través de la ventana y jugando con los flequillos de la cobija, caí en la cuenta de que me estaba sumiendo en una nueva y extraña sensación: lo extrañaba. Un vacío en mi interior era una recordatorio de lo bien que me sentía a su lado; cuando Alan no estaba cerca, mi ser se resentía. Durante toda mi vida me había ocurrido todo lo contrario, de a poco lo empezaba a recordar, y es que cuando el guardián salía de la casa, yo pedía al cielo que él no regresara más, que se perdiera de alguna manera. Y en eso se me iba el tiempo, imaginando a un príncipe, como el de los libros que leía, que llegaba para liberarme de las cadenas, y del monstruo que me oprimía desde adentro. Pero claro está que eso nunca p

