La realidad se le estrelló en la cara a Sophia de golpe. Y es que todo había pasado muy rápido desde aquella noche de ensueños. El despertar, la culpa, las excusas, las mentiras, las despedidas y el viaje, se le habían antojado demasiado frenéticos. Ahora se debía enfrentar a un Roberto que aguardaba por su regreso, ansioso como siempre, llorando por su ausencia y desbordante de ese amor enfermizo que él le sabía regalar. Sus besos, sin embargo, luego de haber probado las mieles de la boca de Darío, le resultaban insípidos, inertes, vacíos. Consideró aquello como un efecto colateral, como una consecuencia de la impresión que le ocasionó el haber intimado con otro hombre que no era su esposo. Sabía que las secuelas de experiencias de esa magnitud de impacto sensorial, podía afectar la psi

