5.La pieza sacrificada

1628 Words
5.La pieza sacrificada POV Stella —¿Pasado mañana? No, no… eso es demasiado pronto. —Mi voz se eleva un poco más de lo necesario. —Además, ya tengo cirugías programadas. Me cruzo de brazos, como si ese gesto pudiera detener la maquinaria que ahora gira sin freno a mi alrededor. Claudio ni siquiera parpadea. —No se preocupe, doctora Harrington —responde con esa calma imperturbable que me crispa los nervios. —Ya hablé con la dirección del hospital. Un médico de confianza cubrirá sus turnos. —¿Un médico de confianza? —repito, sintiendo que la indignación me sube por el cuello. —Esos pacientes son míos. Ellos confiaron en mí. No soy una celebridad con agenda movible, soy una cirujana. Hay historias humanas detrás de cada expediente. —En caso de que alguno exprese inconformidad —prosigue, sin inmutarse—, se les recompensará generosamente. Ningún paciente quedará desatendido, se lo aseguro. La forma en la que dice “recompensar” me produce un escalofrío. Como si las emociones humanas pudieran resolverse con dinero. Como si la confianza se comprara como un producto más. Intento respirar hondo, pero el aire no me entra completo. —Esto es una locura —murmuro. —Apenas me estoy acostumbrando a todo esto y ya quieren exhibirme como si fuera... —Una prometida —interrumpe Claudio, con voz cortante pero sin agresividad. —Lo que es usted ahora. Y como tal, debe cumplir con ciertos compromisos públicos. En este caso, una cena con figuras clave del entorno Alberti. No será un evento masivo. Solo lo necesario para oficializar la alianza. La palabra alianza me golpea más fuerte que cualquier insulto. Ni siquiera dice “pareja”, “relación”, “vínculo”… No. Es una alianza. Como si yo fuera solo un artículo que va a mostrar en sociedad. —Hoy por la noche —agrega con eficiencia — se le enviará el vestido que usará para el banquete. Su talla ya ha sido proporcionada. También se incluirán las instrucciones de protocolo: color de manicura sugerido, peinado, accesorios discretos. Todo coordinado con la imagen proyectada para la prensa. —¿Quién demonios les dio mi talla? —pregunto, ya más por dignidad que por curiosidad. Claudio pestañea, pero no responde. Eso es lo más perturbador de todo. No necesita hacerlo. —Su familia ya ha sido notificada —añade —están preparando su asistencia. Su padre pidió instrucciones para el código de vestimenta y su madre preguntó si puede llevar una joya familiar. El señor Alberti dio el visto bueno. ¿El visto bueno? ¿Sobre lo que mi madre puede usar? El nudo en mi estómago se transforma en una mezcla de furia, incredulidad y resignación. Como si cada palabra de Claudio fuera una piedra más en la construcción de mi jaula. —Usted solo tiene que hacer acto de presencia —concluye él, sin emoción. —Todo lo demás está controlado. La forma en que lo dice… controlado... me deja helada. Él no es un ser humano en esta conversación. Es un sistema operativo con corbata y modales perfectos. Un ejecutor de voluntades ajenas. Un recordatorio de que lo que firmé no solo fue un contrato: fue una entrega. Y ahora cada decisión personal pasa por filtros, permisos, instrucciones y horarios que no decido yo. —¿Y si digo que no? —pregunto, solo para probar. Claudio me observa por fin. Su mirada no cambia. No hay juicio. No hay presión. Solo una pausa calculada. —No es recomendable —responde. —El señor Alberti ha sido muy claro en cuanto a la importancia de este evento. Fallar en esta primera aparición podría… malinterpretarse. No dice castigo. No dice represalia. Pero el subtexto está ahí, como una sombra larga que cubre todo. —Lo pensaré —digo al fin, aunque ambos sabemos que no hay nada que pensar. Claudio asiente con profesionalismo. —Le enviaré los detalles esta tarde. Buen día, doctora Harrington. Se da la vuelta y se marcha, dejando tras de sí un silencio espeso que no logro despejar. Y mientras lo veo alejarse, impecable, lejano, casi irreal, no puedo evitar preguntarme si esto es lo que se siente cuando te conviertes en una extensión de alguien más. No soy la doctora Harrington. No del todo. Ahora también soy la prometida de Magnus Alberti. Y al parecer, eso es lo único que importa. ***** —¿Estás segura de lo que vas a hacer? ¡Ese hombre es un monstruo! La voz de Aneliz retumba en la habitación que tengo disponible en la casa de mis padres, como una bofetada mal disimulada. Levanto la mirada y la observo a través del espejo. Estoy sentada frente al tocador, aún en bata, con el cabello semihúmedo. Me había propuesto tener unos minutos de calma antes de vestirme… pero con Aneliz aquí, eso es imposible. Su rostro está marcado por la indignación, sí. Por el juicio. Pero también hay otra cosa que se cuela, fugaz, cuando sus ojos se posan en la cama. Allí están el vestido, los zapatos de diseñador, una caja de terciopelo con las joyas que el asistente de Magnus trajo esta tarde. Todo dispuesto con una precisión que asusta. Todo impecable. Todo calculado para una sola función: mostrar al mundo que la nueva señora Alberti ya tiene rostro, estilo… y precio. Y Aneliz los mira con una mezcla difícil de nombrar. ¿Arrepentimiento? ¿Envidia? ¿Celos? No lo sé. Pero lo siento. Ella nunca ha sido exactamente la mejor de las hermanas. Desde que tengo memoria, ha existido en su cabeza una especie de competencia silenciosa entre nosotras. Una carrera que yo nunca pedí correr, pero en la que ella siempre ha querido ganarme. Y lo más irónico es que, si alguien ha gozado de favoritismo en esta familia, ha sido ella. Desde mis padres, pasando por mis abuelos, tíos y hasta los amigos en común. Ella era la brillante, la radiante, la que siempre decía lo correcto en el momento justo. La que sabía cómo ganarse a todos sin siquiera esforzarse. Yo… solo trataba de existir. Pero hoy, por primera vez, estoy del otro lado del espejo. Y no por elección. —Serías tú quien debería estar recibiendo estas cosas —digo, sin apartar la mirada del reflejo. .Tú deberías estar ostentando el título de señora Alberti. No es un apellido con linaje, es un nuevo rico, pero… en este mundo, eso ya no importa. Tiene poder. Tiene presencia. Ella frunce el ceño. —No digas estupideces. Yo no me vendo. —¿Y crees que yo sí? La encaro por fin, girando levemente en la silla. —¿Tú crees que esto lo hago por gusto? ¿Que me emociona firmar un contrato con un hombre como Magnus Alberti? Sus labios se abren para responder, pero no dice nada. —Fuiste tú la primera opción —continúo, con voz baja. —Él te buscó a ti. Y tú dijiste que no. Así que ahora me toca a mí. Se queda en silencio, observando el vestido, las joyas, el anillo que aún no me he atrevido a ponerme. —Tuvo el descaro de proponerme un contrato —murmura, como si aún no lo superara. —¿Sabes lo que es eso? ¿Casarse como si fueras una propiedad? —Lo sé —respondo. —Porque si recuerdas, firmé ese mismo contrato. —Pudiste negarte como yo. ¿Por qué aceptaste? —¡Qué irónico! Ella tuvo opciones, yo no. —Porque mamá no habría resistido un escándalo. Porque papá habría acabado en una lista de deudores muertos. Porque no soy tú, Aneliz. No puedo quedarme sentada viendo cómo todo colapsa si tengo el poder de evitarlo… aunque sea destruyéndome un poco a mí misma en el proceso. Ella baja la mirada. Es un gesto pequeño, pero dice más que cualquier palabra. Se muerde el labio inferior. Un gesto que no le veía desde que éramos adolescentes y la descubrían mintiendo. Como cuando rompió la bicicleta de mamá y me dejó la culpa a mí… y yo la asumí, porque “era lo correcto”. Ahora la bicicleta es una vida entera. Y yo vuelvo a pagar. —Stella… —empieza, pero no termina. —No necesito tu aprobación —le digo, sin dureza, pero con firmeza. — Solo necesito que no me estorbes. Ella levanta la cabeza, herida. Pero no se va. Camina hacia el vestido, lo roza con la yema de los dedos, y suspira. —Es hermoso. —Es un disfraz, pero si, es hermoso—reconozco. Silencio. La tensión entre nosotras no se disipa, pero algo cambia. Tal vez mis palabras movieron algo en ella. No lo sé. Creo que nunca la he entendido. —¿Tienes miedo? —dice, sin mirarme. —Sí —respondo, y esta vez no me avergüenzo. —¿Y él… te tocará? Su voz es apenas un susurro. Me quedo quieta. —No lo sé. —¿Lo odias? —No todavía. Me mira, sorprendida por la respuesta. —Pero lo haré —añado. —O me odiaré yo. Cualquiera de las dos cosas será inevitable. Ella asiente, despacio. Se acerca, me acomoda un mechón de cabello que ha caído sobre mi rostro. Es un gesto torpe, casi incómodo… pero inusualmente sincero viniendo de ella. —Si alguna vez quieres escapar —susurra—, puedes llamarme. Asiento. Aunque no sé que tanta sinceridad haya en sus palabras. Tal vez, por primera vez, no estamos en lados opuestos. Eso me gustaría creer. Aunque una vez más, estamos en lados opuestos del tablero, y para seguir el juego, me tocó ser la pieza sacrificada.
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