Carolina — Primera persona presente
Sé que hay algo en mi interior. Algo que no debería existir. Algo que, desde pequeña, he sentido como un murmullo lejano en mis noches más oscuras, como un frío en mis huesos cuando me quedaba sola en casa, como una sombra que se extendía más allá de mi respiración.
Está sellado, enterrado en lo más profundo de mí, pero aun así se abre camino cada vez que mi enojo supera los límites.
Él lo llama libertad.
Yo lo llamo condena.
Esa voz, la voz que insiste en nombrarse “el diablo”, ha aprendido a moverse entre mis emociones, a esconderse en mis miedos, a salir con violencia cuando siento que todo se derrumba. Y aunque intento reprimirlo, la rabia siempre lo trae de vuelta.
No entiendo por qué mi padre y Max actúan ahora de una forma tan distinta a como solían hacerlo. No logro descifrar esa súbita preocupación, esos gestos de cariño que antes jamás existieron. Cuando mamá murió, todos señalaron hacia mí. Me miraban con asco, me trataban peor que a una rata, me convertí en la culpable oficial de una tragedia que nunca comprendí del todo. Durante años me arrojaron al vacío de la indiferencia, a la crueldad de las palabras que duelen más que los golpes.
Y ahora, de repente, cambian.
Ahora me miran como si importara.
Ahora Max dice que me cuida.
Ahora mi padre intenta acercarse.
Es exasperante. Me enfurece.
Si tanto me odiaban antes, ¿qué los obliga a fingir que ahora me quieren?
Cierro los ojos y recuerdo lo que pasó hoy en la universidad. Por primera vez no fui la víctima. Por primera vez no me quedé callada. Por primera vez defendí lo que era mío. Ese grupito de idiotas que solía atormentarme me vio transformarme en algo que ellos nunca imaginaron. Pude con ellos. Los hice temblar. Y lo peor, lo que más me aterra, es que me gustó. Sentí la adrenalina correr como un río de fuego dentro de mí.
Me obligo a sacudir esos pensamientos, pero no alcanzo a hacerlo. La puerta de mi habitación se abre lentamente y Max aparece. Sus ojos están cargados de angustia, de un miedo que intenta disimular bajo una máscara de calma. Se queda en el umbral un instante, como si temiera que un paso en falso lo destruyera. Luego avanza, despacio, hasta quedar frente a mí.
—Estoy aquí, Carol —dice con un hilo de voz—. Estaré para ti, pase lo que pase.
Me quedo en silencio. Lo observo, lo estudio. Y en lo más profundo de mí, la carcajada del diablo resuena como un eco sordo, burlándose de la escena. La ternura de Max me parece absurda. Sus palabras me saben a mentira. Y lo único que logro hacer es reír.
Una risa corta, seca, amarga al principio. Pero pronto se desata en mí como un río desbordado. Risa nerviosa, risa rota, risa escalofriante. La carcajada crece, vibra en las paredes, y yo misma me estremezco al escucharla.
—¿Qué te hizo cambiar de opinión, Maximiliano? —le recrimino entre risas, dejando que la ironía me consuma.
Lo miro directo a los ojos. Quiero respuestas. Quiero la verdad. No quiero ese consuelo barato.
Max se incomoda. Se muerde el labio. Aparta la mirada por un segundo, como si no pudiera sostener el peso de la mía. Sus hombros se tensan. Y finalmente responde:
—Eres mi hermana.
La respuesta debería calmarme, pero lo único que consigue es encenderme más. Hermana. ¿Eso soy para él? ¿Ahora decide recordarlo? ¿Ahora que vio de lo que soy capaz? La palabra me atraviesa como un cuchillo y la carcajada que brota de mi garganta es aún peor que la anterior.
No es risa de alegría.
No es risa de alivio.
Es cultural, sí, pero también cruel, rota, escalofriante.
La risa de alguien que ya no cree en nada.
Max da un paso hacia atrás, como si esa risa fuera un muro que lo empuja lejos de mí. Y en el instante en que lo miro, siento que algo en mí se desprende, que la carcajada no solo es mía. Que es de él, del que me habita.
—Lárgate de mi habitación —digo al fin, con voz ronca.
Alzo la mano, apenas una seña vaga, un gesto casi infantil. Pero lo que ocurre me paraliza. Max es lanzado hacia atrás con violencia, como si una fuerza invisible lo hubiera empujado contra el pasillo. La puerta se cierra de golpe tras él, con tal fuerza que las paredes vibran.
Me quedo quieta. El silencio retumba en mis oídos. Mi pecho sube y baja como si hubiera corrido kilómetros. Mis manos tiemblan.
¿Qué acabo de hacer?
Doy un paso atrás, mirando mis propias manos como si fueran armas. El corazón me late con tanta fuerza que me duele. ¿Fui yo? ¿Fue él? ¿De dónde salió ese poder?
Y entonces, lo escucho. Esa voz.
Esa voz oscura, grave, viscosa, que se desliza entre mis pensamientos.
—Es el poder del diablo… —susurra.
Siento un escalofrío subirme por la columna, como si alguien me recorriera con uñas heladas. Mis rodillas flaquean. Me abrazo a mí misma intentando recuperar el control, pero su risa se cuela, suave, burlona.
—Te advertí que no podías contenerme siempre, Carolina.
Me tapo los oídos con desesperación.
—¡Cállate! —grito, aunque sé que no sirve de nada.
El eco de mis propias palabras rebota en las paredes. Me dejo caer en la cama, jadeando, con la certeza de que esto apenas comienza.
Porque lo que hoy lancé contra Max… fue solo un susurro del poder que llevo dentro.
Y sé, con terror y con una extraña fascinación, que esto apenas empieza.