(continuación)
Carolina — Primera persona presente
El silencio me rodea, pesado, como si la casa entera contuviera la respiración después de lo ocurrido. Mis manos siguen temblando, mis uñas arañan la sábana como si quisieran enterrarse en ella. Intento calmarme, contar hasta diez, hasta veinte, hasta cien. Pero la voz persiste, acariciando mi mente como una serpiente paciente.
—Déjame salir, Carolina. No tengas miedo. El miedo es inútil. Lo único real es el poder… y lo tienes en tus manos.
Cierro los ojos con fuerza. Me niego a responderle, aunque sé que escucha cada pensamiento mío, cada recuerdo, cada duda.
Respiro hondo. Necesito dormir. Necesito descansar aunque sea un poco, porque siento que mi cuerpo está al borde de un colapso. Me acomodo en la cama, abrazando la almohada como si me protegiera, y poco a poco, el agotamiento me vence.
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El sueño llega como un golpe.
Me encuentro en un pasillo largo, oscuro, con paredes que se estrechan a medida que avanzo. El aire huele a humo y a hierro, como sangre seca. Camino descalza y cada paso resuena como si llevara cadenas.
Al fondo, escucho un llanto. Una voz femenina. Mamá.
—Carolina… —me llama entre sollozos—. ¿Por qué me dejaste morir?
Me detengo en seco. El pecho me duele.
—¡Yo no lo hice! ¡No fui yo! —grito, con lágrimas nublando mi visión.
Pero ella aparece frente a mí, con el cabello empapado en sangre, con los ojos vacíos. Levanta la mano, temblorosa, y señala mi pecho.
—Siempre fuiste tú. Siempre… tú.
La oscuridad se espesa a mi alrededor. De pronto, detrás de su figura, surge esa otra silueta: alta, retorcida, con cuernos que se curvan hacia adelante y un par de ojos brillando en rojo. El diablo. Mi sombra.
Se acerca y pone sus manos sobre los hombros de mamá, como si la guiara, como si la manejara como una marioneta.
—Míralo bien, pequeña —me dice con voz grave—. No soy yo quien la mató. Fuiste tú quien me abrió la puerta.
Quiero correr, pero mis pies se hunden en el suelo, como si el pasillo me tragara. Intento gritar, pero mi voz se ahoga.
De pronto, el diablo sonríe y me muestra un espejo que aparece de la nada. En él no veo a mamá, ni a él. Me veo a mí misma, con los ojos negros como la noche y una sonrisa demente pintada en el rostro.
Despierto gritando.
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Me incorporo bruscamente, sudando, con el corazón desbocado. Las sábanas están empapadas, como si hubiera estado nadando en mis propias pesadillas. Me llevo las manos al rostro y respiro, respiro hasta que el aire vuelve a entrar en mis pulmones con normalidad.
—Solo un sueño —murmuro, aunque sé que no lo fue. No del todo.
Miro hacia la puerta cerrada y me pregunto si Max sigue ahí afuera. Parte de mí lo desea, parte de mí lo teme.
Me levanto y acerco sigilosamente al espejo grande que tengo junto al ropero. La luz de la luna entra por la ventana y dibuja sombras en mi reflejo. Mis ojos… se ven normales. ¿O no? Me acerco más, casi pegando la frente al vidrio. Y allí está otra vez: ese brillo fugaz, como un destello oscuro que me devuelve la mirada.
—Eres hermosa cuando dejas de fingir —susurra la voz.
Doy un paso atrás, horrorizada.
—No soy como tú.
—¿Ah, no? ¿Y quién le aplastó la cabeza al mocoso en la universidad? ¿Quién lanzó a su propio hermano contra la pared como si fuera un muñeco?
Me tapo los oídos.
—¡Cállate!
—Dime, ¿qué se sintió cuando Cassandra tocó a Max? Esa furia no fue mía. Fue tuya, Carolina. Yo solo la alimenté. Tú querías verla sangrar.
Me tambaleo. No, no, no. No puede ser cierto. No quiero ser ese monstruo.
Pero la verdad arde dentro de mí. Quise hacerlo. En el fondo, sí. Y eso es lo más aterrador de todo.
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Del otro lado de la puerta, escucho un golpe suave.
—Carol… —la voz de Max suena apagada, como si hablara recostado contra la madera—. Sé que no quieres verme, pero no me moveré de aquí hasta que hables conmigo.
Cierro los ojos, respiro hondo. ¿Por qué insiste tanto? ¿Por qué no huye de mí como debería?
—Vete, Max. —Mi voz sale fría.
Silencio. Solo su respiración.
—No puedo. Eres mi hermana.
La palabra vuelve a atravesarme como un cuchillo. Siento que todo dentro de mí se rompe otra vez. Quiero abrir la puerta y abrazarlo, pero también quiero gritarle que me deje en paz. Quiero protegerlo, pero al mismo tiempo, sé que algún día podría destruirlo.
El diablo se ríe, suave.
—Déjalo entrar, Carolina. Déjame mostrarte lo divertido que sería arrancarle el corazón con tus propias manos.
Las lágrimas me nublan la vista. Me dejo caer en el suelo, abrazando mis rodillas, temblando.
—No. No lo haré. No lo permitiré.
El silencio me rodea de nuevo. El reflejo en el espejo me observa, paciente.
Y sé que esta lucha no terminará esta noche.
Ni mañana.
Ni nunca.