-deberiamos de ir a la capacitación?
-claro! Ana María
-alistemonos para irnos
-si por favor
-¿Tu irás a misma capacitación?
-claro! Recuerda que ahí van hablar muchas cosas y necesitamos enfocarnos en todos los proyectos que tenemos así que necesitamos presentarnos las Dos-dice Ana en voz alta
-si tienes razón hay que ir de inmediato
Comienza la charla de la empresas, estamos lista para esto método por el que el deseo de riqueza se puede transmutar en su equivalente monetario consiste en seis pasos prácticos y definidos, que son los siguientes:
sin embargo, por mi parte no he dejado de pensar en él. Tú sientes, sin
duda, que la frase con que contesté á tu extraña interrogación equivalía á
una evasiva galante.
¿Por qué no hablar con franqueza? En aquel momento dí aquella
definición porque la sentí, sin saber siquiera si decía un disparate.
Después lo he pensado mejor, y no dudo al repetirlo. La poesía eres tú.
¿Te sonríes? Tanto peor para los dos. Tu incredulidad nos va á costar, á tí
el trabajo de leer un libro, y á mí el de componerlo.
¡Un libro! exclamas palideciendo y dejando escapar de tus manos esta
carta. No te asustes. Tú lo sabes bien: un libro mío no puede ser muy
largo. Erudito, sospecho que tampoco. Insulso, tal vez; mas para tí,
escribiéndolo yo, presumo que no lo será, y para tí lo escribo.
Sobre la poesía no ha dicho nada casi ningún poeta; pero en cambio, hay
bastante papel borrado por muchos que no lo son.
El que la siente se apodera de una idea, la envuelve en una forma, la
arroja en el estadio del saber y pasa. Los críticos se lanzan entonces
sobre esa forma, la examinan, la disecan, y creen haberla comprendido,
cuando han hecho su análisis.
La disección podrá revelar el mecanismo del cuerpo humano; pero los
fenómenos del alma, el secreto de la vida, ¿cómo se estudian en un
cadáver?
No obstante, sobre la poesía se han dado reglas, se han atestado infinidad
de volúmenes, se enseña en las Universidades, se discute en los círculos
literarios, y se explica en los Ateneos.
No te extrañes. Un sabio alemán ha tenido la humorada de reducir á notas
y encerrar en las cinco líneas de una pauta el misterioso lenguaje de los
ruiseñores. Yo, si he de decir la verdad, todavía ignoro qué es lo que voy á
hacer; así es que no puedo anunciártelo anticipadamente.
Solo te diré, para tranquilizarte, que no te inundaré en ese diluvio de
términos que pudiéramos llamar facultativos, ni te citaré autores que no
conozco, ni sentencias en idiomas que ninguno de los dos entendemos.
Antes de ahora te lo he dicho. Yo nada sé, nada he estudiado
que sus sueños se han cumplido.
Marconi soñaba con un sistema para dominar las intangibles fuerzas del éter. Las pruebas de que no soñaba
en vano podemos encontrarlas en cada aparato de radio y de televisión que hay en el mundo. Quizá le interese
saber que los «amigos» de Marconi lo pusieron bajo custodia, y fue examinado en un hospital para psicópatas
cuando anunció que había descubierto un principio mediante el cual podría enviar mensajes a través del aire,
sin la ayuda de cables ni ningún otro medio físico de comunicación. A los soñadores de hoy en día les va
mejor.
El mundo está lleno de una abundancia de oportunidades que los soñadores del pasado jamás conocieron.
deseo ardiente de ser y de hacer es el punto inicial desde el que el soñador debe lanzarse. Los sueños
no están hechos de indiferencia, pereza, ni falta de ambición.
Recuerde que todos los que consiguen triunfar tienen un mal comienzo y pasan por muchas dificultades
antes de «llegar». El cambio en la vida de la gente de éxito suele surgir en el momento de alguna crisis, a
través de la cual les es presentado su «otro yo».
John Buynan escribió Pilgrim's Progress, que se cuenta entre lo mejor de la literatura inglesa, después de
haber estado confinado en prisión y haber sido duramente castigado a causa de sus ideas sobre la religión.
D. Henry descubrió el genio que dormía en su interior después de haber conocido graves infortunios, y
estuvo encarcelado en Columbus, Ohio. Forzado a través de la desgracia a conocer a su «otro yo», y a usar su
imaginación, descubrió que era un gran autor en vez de un criminal despreciable.
Charles Dickens empezó pegando etiquetas en latas de betún. La tragedia de su primer amor penetró las
profundidades de su alma para convertirlo en uno de los más grandiosos autores del mundo. Esa tragedia
produjo primero David Coperfield, y luego una sucesión de obras que hacen un mundo mejor y más rico a
todo el que lee sus libros.
Hellen Keller se quedó sorda, muda y ciega después de nacer. Pese a su terrible desgracia, ha escrito su
nombre con letras indelebles en las páginas de la historia de los grandes. Toda su vida ha sido la demostración
de que nadie está derrotado mientras no acepte la derrota como una realidad.
Robert Burns era un campesino analfabeto. Sufrió la maldición de la pobreza y creció para ser un borracho.
El mundo fue mejor gracias a su vida, porque vistió de prendas hermosas sus pensamientos poéticos, y, por
tanto, arrancó un espino para plantar un rosal en su lugar.
Beethoven era sordo, y Milton ciego, pero sus nombres perdurarán en el tiempo, porque soñaron y tradujeron
sus sueños en ideas organizadas.
Hay una diferencia entre suspirar por algo y hallarse preparado para recibirlo. Nadie se encuentra listo para
nada hasta que no crea que puede adquirirlo. El estado mental debe ser la convicción, y no la mera esperanza
o anhelo. La mente abierta es esencial para creer. La cerrazón de ideas no inspira fe, ni coraje, ni convicción.
Recuerde, no se requiere más esfuerzo para apuntar alto en la vida, para reclamar abundancia y
prosperidad, del que hace falta para aceptar la miseria y la pobreza. Un gran poeta ha expresado
acertadamente
Como culminación adecuada de este capítulo quiero presentar a una de las personas más excepcionales
que he conocido. Lo vi por primera vez pocos minutos después de que hubiera nacido. Vino a este mundo sin
ningún rastro físico de orejas, y el médico admitió, cuando le pedí su opinión sobre el caso; que el niño sería
sordo y mudo toda la vida.
Me opuse a la opinión del médico. Estaba en mi derecho. Yo era el padre del niño. Tomé una decisión y me
formé una opinión, pero expresé esa opinión en silencio, en el fondo de mi corazón.
En mi interior supe que mi hijo oiría y hablaría. ¿Cómo? Estaba seguro de que tenía que haber una manera,
y sabía que la encontraría. Pensé en las palabras del inmortal Emerson: «El curso de las cosas acontece para
enseñarnos la fe. Sólo necesitamos estar atentos. Hay indicadores, claves, para cada uno de nosotros, y si
escuchamos con humildad, oiremos la palabra justa».
¿La palabra justa? ¡Deseo! Mucho más que ninguna otra cosa, yo deseaba que mi hijo no fuera sordomudo.
De ese deseo no renegué jamás, ni por un segundo.
¿Qué podía hacer? Encontraría alguna forma de trasplantar a ese niño mi propio deseo ardiente de dar con
maneras y medios de hacer llegar el sonido a su cerebro sin la ayuda de los oídos.
Tan pronto como el niño fuese lo bastante mayor para cooperar, le llenaría la cabeza de tal manera de ese
deseo ardiente, que la naturaleza lo traduciría en realidad con sus propios métodos.
Todos estos pensamientos pasaron por mi mente, pero no hablé de ello con nadie. Cada día renovaba la
promesa que me había hecho a mí mismo de que mi hijo no sería sordomudo.
Cuando creció y empezó a percibir las cosas que lo rodeaban, notamos que mostraba débiles indicios de que
oía. Cuando alcanzó la edad en que los niños suelen empezar a emitir palabras, no hizo intento alguno de
hablar, pero de sus actos podíamos deducir que percibía ciertos sonidos. ¡Eso era todo lo que yo quería saber!
Estaba convencido de que, si podía oír, aunque fuese débilmente, sería capaz de desarrollar una mayor
capacidad auditiva. Entonces sucedió algo que me llenó de esperanza. Surgió de algo totalmente inesperado.
Compramos un fonógrafo. Cuando el niño oyó la música por primera vez, entró en éxtasis, y muy pronto se
apropió del aparato. En una ocasión estuvo poniendo un disco una y otra vez, durante casi dos horas, de pie
delante del fonógrafo, mordiendo un borde de la caja. La importancia de esa costumbre que adquirió no se
nos hizo patente sino hasta años después, ya que nunca habíamos oído hablar del principio de la «conducción
ósea» del sonido. Poco después de que se apropiase del fonógrafo, descubrí que podía oírme con claridad
cuando le hablaba con los labios junto a su hueso mastoideo, en la base del cráneo.
Una vez hube descubierto que podía oír perfectamente el sonido de mi voz, empecé de inmediato a
transferirle mi deseo de que oyese y hablase. Pronto descubrí que el niño disfrutaba cuando yo le contaba
cuentos antes de dormirse, de modo que me puse a trabajar para idear historias que estimularan su confianza
en sí mismo, su imaginación, y un agudo deseo de oír y de ser normal.
Había un cuento en particular, en el que yo hacía hincapié dándole un renovado matiz dramático cada vez
que se lo contaba. Lo había inventado para sembrar en su mente la idea de que su dificultad no era una
pesada carga, sino una ventaja de gran valor. Pese al hecho de que todas las maneras de pensar que yo había
examinado indicaban que cualquier adversidad contiene la semilla de una ventaja equivalente, debo confesar
que no tenía ni la menor idea de cómo se podía convertir esa dificultad en una ventaja.
Al analizar la experiencia retrospectivamente, puedo ver que su fe en mí tuvo mucho que ver con los
sorprendentes resultados. Él no cuestionaba nada que yo le dijera. Le vendí la idea de que tenía una ventaja
original sobre su hermano mayor, y que esa ventaja se reflejaría de muchas maneras. Por ejemplo, los
maestros en la escuela se darían cuenta de que no tenía orejas, y por ese motivo le dedicarían una atención
especial y lo tratarían con una amabilidad y una benevolencia extraordinarias. Siempre lo hicieron. También le
vendí la idea de que cuando fuese lo bastante mayor para vender periódicos (su hermano mayor era ya
vendedor de periódicos), tendría una gran ventaja sobre su hermano, porque la gente le pagaría más por su
mercancía, debido a que verían que era un niño brillante y emprendedor pese al hecho de carecer de orejas.
Cuando tenía unos siete años, mostró la primera prueba de que nuestro método de apoyo rendía sus frutos.
Durante varios meses imploró el privilegio de vender periódicos, pero su madre no le daba el consentimiento.
Entonces se ocupó por su cuenta del asunto. Una tarde en que estaba en casa con los sirvientes, trepó por
la ventana de la cocina, se deslizó hacia fuera. y sé estableció por su cuenta. Le pidió prestados seis centavos
al zapatero remendón del barrio, los invirtió en periódicos, los vendió, reinvirtió el capital, y repitió la operación
hasta el anochecer. Después de hacer el balance de sus negocios, y de devolverle a su banquero los seis
centavos que le había prestado, se encontró un beneficio de cuarenta y dos centavos. Cuando volvimos a casa
aquella noche, lo encontramos durmiendo en su cama, apretando el dinero en un puño.
Su madre le abrió la mano, cogió las monedas y se puso a llorar. Me sorprendió. Llorar por la primera victoria
de su hijo me pareció fuera de lugar. Mi reacción fue la inversa. Reí de buena gana, porque supe que mi
empresa de inculcar en la mente de mi hijo una actitud de fe en sí mismo había tenido éxito.
Su madre veía a un niño sordo que, en su primera aventura comercial, se había escapado a la calle y había
arriesgado su vida para ganar dinero. Yo veía un hombrecito de negocios valiente, ambicioso y lleno deconfianza en sí mismo, cuyo valor intrínseco se había incrementado en un cien por cien, al haber ido a
negociar por su cuenta y haber ganado. La transacción me agradó, porque había dado pruebas de una riqueza
de recursos que lo acompañaría toda su vida.
El pequeño sordo asistió a la escuela, al instituto y a la universidad, sin que fuese capaz de oír a sus
maestros, excepto cuando le gritaban fuerte, a corta distancia. No lo llevaron a una escuela para sordos. No le
permitimos que aprendiese el lenguaje de los sordomudos. Habíamos decidido que viviese una vida normal, y
mantuvimos esa decisión, aunque nos costó muchas discusiones acaloradas con funcionarios escolares.
Cuando estaba en el instituto, probó un aparato eléctrico para mejorar la audición, pero no le dio resultado.
Durante su última semana en la universidad, sucedió algo que marcó el hito más importante de su vida. En lo
que pareció una mera casualidad, entró en posesión de otro aparato eléctrico para oír mejor, que le enviaron
para probar. Estuvo indeciso en probar el aparato, debido a su desilusión con otro similar. Finalmente lo cogió,
se lo puso en la cabeza, le conectó las baterías, y ¡sorpresa!, como por arte de magia, su deseo de toda la vida
de oír normalmente se convirtió en realidad. Por primera vez oía tan bien como cualquier persona con audición
normal.
Alborozado con el mundo diferente que acababa de percibir a través de ese aparato auditivo, se precipitó al
teléfono, llamó a su madre, y oyó su voz a la perfección. Al día siguiente oía con claridad las voces de sus
profesores en clase, ¡por primera vez en su vida! Por primera vez en su vida también, mi hijo podía conversar
con la gente, sin necesidad de que le hablaran con voz de trueno. Realmente, había entrado en posesión de un
mundo distinto.
El deseo había comenzado a pagar dividendos, pero la victoria todavía no era completa. El muchacho tenía
que encontrar todavía una manera definida y práctica de convertir su desventaja en una ventaja equivalente.
Sin apenas darse cuenta de la importancia de lo que acababa de obtener, pero embriagado con la alegría del
descubrimiento de ese mundo de sonidos, escribió una entusiasta carta al fabricante del audífono, relatándole
su experiencia. Algo en ella hizo que la compañía lo invitase a Nueva York. Cuando llegó, lo llevaron a visitar la
fábrica, y mientras hablaba con el ingeniero jefe, contándole de su mundo recién descubierto, una corazonada,
una idea o una inspiración, llámesela como se quiera, destelló en su cerebro. Era ese impulso del pensamiento
que convertía su dificultad en una ventaja, destinada a pagar dividendos en dinero y en felicidad por millares
durante todo el tiempo venidero.
El resumen y el núcleo de ese impulso de pensamiento era así: se le ocurrió que él podría ser de gran ayuda
para los millones de sordos que viven sin el beneficio de audífonos si pudiera encontrar una manera de
relatarles la historia de su descubrimiento del mundo.
Durante un mes entero llevó a cabo una intensa investigación, durante la cual analizó todo el sistema de
ventas del fabricante de audífonos e ideó formas y medios de comunicarse con los duros de oído de todo el
mundo, decidido a compartir con ellos su nuevo mundo recién descubierto. Una vez lo tuvo hecho, puso por
escrito un plan bienal, basado en sus investigaciones. Cuando lo presentó a la compañía, al momento le dieron
un puesto de trabajo para que llevara a cabo su ambición.
Poco había soñado, cuando empezó a trabajar, que estaba destinado a llevar esperanza y alivio a millares
de sordos que, sin su ayuda, se hubieran visto condenados para siempre a la sordera.
No me cabe duda de que Blair hubiera sido sordomudo toda su vida si su madre y yo no nos las hubiésemos
ingeniado para formar su mente tal como lo hicimos.
Cuando sembré en su interior el deseo de oír y de hablar, y de vivir como una persona normal, alguna
extraña influencia hubo en ese impulso que hizo que la naturaleza tendiese una especie de puente para salvar
el golfo del silencio que separaba su cerebro del mundo exterior.
En verdad, el deseo ardiente tiene maneras tortuosas de transmutarse en su equivalente físico. Blair
deseaba una audición normal; ¡ahora la tiene! Nació con una minusvalía que fácilmente hubiera desviado a
alguien, con un deseo menos definido, a la calle, con un puñado de lápices en una mano y una lata vacía en la
otra.
La pequeña «mentira piadosa» que sembré en su mente cuando él era un niño, llevándolo a creer que su
defecto se convertiría en una gran ventaja que podría capitalizar, se justificó sola. Ciertamente, no hay nada,
correcto o equivocado, que la confianza, sumada a un deseo ardiente, no pueda hacer real. Estas cualidades
están al alcance de todosUn breve párrafo en un despacho de noticias en relación con madame Schumann-Heink da la clave del
estupendo éxito de esta mujer como cantante. Cito el párrafo porque la clave que contiene no es otra que el
deseo.
Al comienzo de su carrera, madame SchumannHeink visitó al director de la ópera de Viena para que le
hiciera una prueba de voz. Pero él no la probó. Después de echar un vistazo a la desgarbada y pobremente
vestida muchacha, exclamó, nada cordial:Con esa cara, y sin ninguna personalidad, ¿cómo espera tener éxito en la ópera? Señorita, olvide esa idea.
Cómprese una máquina de coser, y póngase a trabajar. Usted nunca podrá ser cantante.
¡Nunca es demasiado tiempo! El director de la ópera de Viena sabía mucho sobre la técnica del canto. Sabía
muy poco del poder del deseo, cuando éste asume las proporciones de una obsesión. Si hubiera conocido
mejor ese poder, no hubiese cometido el error de condenar el genio sin darle una oportunidad.
Hace varios años, uno de mis socios enfermó. Se puso cada vez peor a medida que el tiempo transcurría, y
finalmente, lo llevaron al hospital para operarlo. El médico me advirtió que había muy pocas posibilidades de
que yo volviera a verlo con vida. Pero ésa era la opinión del médico, y no la del paciente. Poco antes de que se
lo llevaran al quirófano, me susurró con voz débil: «No se preocupe, jefe, en pocos días habré salido de aquí».
Una enfermera me miró apenada. Pero el paciente se recuperó satisfactoriamente. Cuando todo hubo
terminado, su médico me dijo: «No lo salvó otra cosa que su deseo de vivir. Nunca hubiera salido de este
trance si no se hubiese negado a aceptar la posibilidad de la muerte».
Creo en el poder del deseo respaldado por la fe, porque he visto cómo ese poder elevaba a hombres desde
comienzos humildes a posiciones de poder y riqueza; lo he visto cómo saqueaba la tumba de sus víctimas;
cómo servía de medio para que los hombres llevaran a cabo su rehabilitación después de haber fracasado en
un centenar de formas distintas; lo he visto darle a mi propio hijo una vida normal, feliz y llena de éxito, a pesar
de que la naturaleza lo enviase a este mundo sin orejas.
¿Cómo se puede dominar y usar el poder del deseo? Eso queda explicado en este capítulo y los sub-
siguientes de este libro.
Mediante algún extraño y poderoso principio de «química mental» que nunca ha divulgado, la naturaleza
envuelve en el impulso del deseo ardiente «ese algo» que no reconoce la palabra «imposible», ni acepta el
fracaso como realidad.La fe es el elemento químico primordial de la mente. Cuando la fe se mezcla con el pensamiento, el
subconsciente capta la vibración, la traduce en su equivalente espiritual, y la transmite a la Inteligencia
Universal, como en el caso de la plegaria.
Las emociones de la fe, el amor y el sexo son las más poderosas entre las principales emociones positivas.
Cuando se mezclan las tres, tienen el efecto de «colorear» el pensamiento de tal manera que éste alcanza al
momento el subconsciente, y allí se transforma en su equivalente espiritual, la forma singular que induce una
respuesta de la Inteligencia Infinita.Quizás el concepto le quede más claro con la siguiente explicación de la forma en que los hombres, a veces,
se convierten en criminales. Para decirlo con las palabras de un famoso criminólogo, «Cuando los hombres
entran por primera vez en contacto con el crimen, éste les repugna. Si siguen en contacto con él durante algún
tiempo, se acostumbran, y lo toleran. Y si permanecen en contacto con el crimen durante el tiempo suficiente,
acaban por aceptarlo y se dejan influir por él».
Es el equivalente de decir que cualquier impulso de pensamiento que sea repetidamente encauzado hacia el
subconsciente resulta aceptado e influye en el subconsciente, que procede a traducir ese impulso en su
equivalente físico por el procedimiento más práctico que halle disponible.
En relación con esto, vuelva a considerar la proposición de que todos los pensamientos que han sido
«emocionalizados» (cargados emocionalmente) y mezclados con la fe empiezan inmediatamente a traducirse
en su equivalente física o en su contrapartida.
Las emociones, o la porción «sentimental.» de los pensamientos, son los factores que dan vitalidad y acción
a éstos. Mezcladas con cualquier impulso de pensamiento, las emociones de la fe, el amor y el sexo le añaden
más energía de la que tendría por sí sola.
No sólo los impulsos de pensamiento que se hayan mezclado con la fe, sino los que se mezclan con
cualquiera de las emociones positivas, o de las negativas, pueden alcanzar el subconsciente, e influir en él.A partir de esta afirmación, usted comprenderá que el subconsciente traducirá. en su equivalente físico un
impulso de pensamiento de naturaleza negativa o destructiva con tanta facilidad como actuaría con
pensamientos de naturaleza positiva o constructiva. Esto explica el extraño fenómeno que millones de
personas experimentan, denominado «infortunio» o «mala suerte».
Hay millones de personas que se creen «condenadas» a la pobreza y al fracaso, por culpa de alguna fuerza
extraña que creen no poder controlar. Ellos son los creadores de su propio «infortunio», a causa de esta
creencia negativa, que su subconsciente adopta y traduce en su equivalente físico.
Este es un momento apropiado para sugerirle de nuevo que usted puede beneficiarse, transmitiendo a su
subconsciente cualquier deseo que quiera traducir en su equivalente físico o monetario, en un estado de
esperanza o convicción de que la transmutación tendrá lugar. Su convicción, o su fe, es el elemento que
determina la acción de su subconsciente. No hay nada que le impida «embaucar» a su subconsciente al darle
instrucciones a través de la autosugestión, tal como yo «engañé» al subconsciente de mi hijo.
Para llevar a cabo este «engaño» de manera más realista, cuando se dirija a su subconsciente, compórtese
tal como lo haría si ya estuviera en posesión del objeto material que está pidiendo.
Su subconsciente traducirá en su equivalente físico, por el medio más práctico y directo, cualquier orden que
se le dé en un estado de convicción o de fe en que la orden se llevará a cabo.
Sin duda, se ha dicho bastante para señalar un punto de partida desde el cual uno puede, mediante la
experimentación y la práctica, adquirir la capacidad de mezclar la fe con cualquier orden que se le dé al
subconsciente. La perfección surgirá a través de la Práctica. No puede aparecer por el mero hecho de leer las
instrucciones.
Es esencial para usted que estimule sus emociones positivas como fuerzas dominantes de su mente, y quite
importancia y elimínelas emociones negativas.
Una mente dominada por emociones positivas se convierte en una morada favorable para el estado mental
conocido como fe. Una mente así dominada puede, voluntariamente, darle al subconsciente instrucciones que
éste aceptará y ejecutará de inmediato.Durante todas las épocas, las religiones han exhortado a la humanidad en conflicto a «tener fe» en este o
aquel dogma o credo, pero no han logrado explicar a las multitudes cómo tener fe. No han afirmado que «la fe
es un estado mental que se puede inducir mediante la autosugestión».
En un lenguaje que cualquier ser humano normal podrá entender, describiremos todo lo que se sabe sobre el
principio mediante el cual la fe puede aparecer donde ya no existe.
Tenga fe en usted; fe en el infinito.
Antes de empezar, debería recordar que: ¡La fe es el «elixir eterno» que da vida, poder y acción al impulso
del pensamiento!
Merece la pena leer el enunciado anterior una segunda vez, y una tercera, y una cuarta. ¡Merece la pena
leerlo en voz alta!
¡La fe es el punto inicial de toda acumulación de riquezas!
¡La fe es la base de todos los «milagros» y de todos los misterios que no se pueden analizar con los
parámetros de la ciencia!
¡La fe es el único antídoto conocido contra el fracaso!
¡La fe es el elemento, el «componente químico» que, combinado con la plegaria, nos proporciona co-
municación directa con la Inteligencia Infinita!
¡La fe es el elemento que transforma la vibración ordinaria del pensamiento, creada por la mente finita del
hombre, en su equivalente espiritual!