El sábado llegó cargado de esa electricidad invisible que Fernando sabía provocar. Durante todo el día había mantenido contacto con Paola, mensajes cortos, estratégicos, suficientes para que la ilusión creciera dentro de la muchacha. Ella lo esperaba con el corazón al galope, arreglada con una blusa ligera de tonos pasteles, un pantalón entallado y su cabello n***o suelto, brillando bajo la luz de los faroles de la calle. Fernando llegó puntual, con ese aire impecable que lo distinguía: camisa oscura, el cabello perfectamente peinado y esa mirada que podía hacer tambalear incluso a la más prudente. —¿Lista, preciosa? —preguntó al verla. —Sí… más que lista —respondió Paola con una sonrisa que delataba sus nervios. Fueron al cine. La sala oscura, los asientos juntos, el sonido envolvente

