Esa noche la casa tenía un silencio cómodo; la película romántica envolvía la sala y las palomitas crujían como un ritmo doméstico. Fernando estaba ahí, en el sofá, y Paola se había acurrucado sobre su pecho, pequeña y confiada. La señora —la mamá de Paola— estaba en el sillón contiguo, sonriendo a veces, comentando la película. Era una escena que a Fernando, por dentro, le resultaba sorprendentemente cálida: risas sencillas, una cercanía sin artificios, la sensación de pertenecer por primera vez a algo que no oliera a estrategia. En medio de ese cuadro cotidiano, el teléfono vibró. Fernando lo sacó, apagó la pantalla y vio el nombre: Amelia. Se le clavó un sobresalto, porque ella rara vez iniciaba conversaciones. Abrió el mensaje: Amelia le contaba que un investigador había pasado a preg

