Habían pasado siete días desde el último mensaje que Fernando le había enviado a Amelia. Siete días exactos en los que ella no se molestó en contestarle, simplemente lo dejó en visto, como si con ese silencio le dejara claro que no lo necesitaba… aunque por dentro las cosas fueran muy distintas. En ese lapso, Fernando se había acostumbrado a la calidez del ambiente en casa de Paola. La madre de ella lo recibía siempre con una sonrisa, con comida hecha en casa, con preguntas sencillas que le resultaban extrañamente reconfortantes. Paola, por su parte, era una presencia suave, tierna, atenta. A pesar de lo calculador que podía ser, Fernando empezaba a sentir algo genuino por esa niña de ojos negros y aire inocente, como si en ella encontrara una especie de descanso que no conocía. Pero ese

