La vida se habÃa empeñado en hacerme sentir miserable desde que mi madre murió. Desde entonces, sobrevivir era mi único objetivo. De no ser por mi tÃa Ruth, no sé qué habrÃa sido de mÃ. Lo bueno —si algo podÃa rescatar— era que logré graduarme con éxito. Ser arquitecta en un mundo dominado por hombres era difÃcil, pero mi vida siempre lo fue.
Como cada mañana, Amelia mordió un trozo de pan tostado, bebió su café casi frÃo y salió corriendo al trabajo. Ya en el tráfico, mientras el auto anunciaba el clima en la radio, revisó mentalmente su lista de pendientes:
—Lavar el carro… TodavÃa aguanta.
—Comprar cereal… Lo pido por Rappi.
—Reparar la fuga del fregadero… Ouch, urge eso.
—Impermeabilizar… Cotejar costos. Urge.
—Un novio… Ufff, me vendrÃa bien. Jajaja. Ya me cansé de mi Mambo.
—Planos del edificio… Listo.
—¿Un novio? Jajaja, estás loca, Amelia.
Suspiró y aceleró. Al llegar a la oficina saludó con familiaridad. Entre el bullicio matutino, sus ojos lo vieron: Esteban Ordoñez, arquitecto reconocido por haber diseñado el emblemático puente que cruzaba la autopista de Denver a Colorado. Alto, canoso, con una mirada firme pero serena. Su voz, cuando habló, le revolvió el estómago.
—Buenos dÃas, arquitecto Ordoñez. Soy Amelia Peralta.
—Un gusto, arquitecta. Bueno, muéstrame lo que tienes.
—Claro —respondió, sonriendo mientras desplegaba los planos sobre la mesa.
Él los observó con atención y asintió.
—Se ve ambicioso el proyecto. Me gusta.
—Gracias, arquitecto.
—Llámame Esteban.
—Está bien… Esteban.
Ese dÃa trabajaron juntos hasta las cinco. La tensión era profesional, pero no faltaron las miradas, ni el roce de las manos al pasar hojas. Amelia salió corriendo del trabajo a cotizar la impermeabilización de su casa.
—Son dieciséis mil pesos, señorita —le dijo el técnico.
—¿Qué? Déjeme ver…
No tenÃa ese dinero. Y las lluvias se avecinaban. Al dÃa siguiente, en la oficina, preguntó al contratista si conocÃa a alguien más accesible. David, el contratista, le respondió:
—SÃ, pero no te bajan de doce o catorce mil.
—Vaya…
A lo lejos, Esteban la escuchó. Se acercó con las manos en los bolsillos y una sonrisa discreta.
—¿Buscas quién impermeabilice?
—SÃ… pero no es para la obra, es para mi casa. Ya sabes, las lluvias vienen y hay muchas cosas que resolver.
—Yo te ayudo —dijo, sin dudar.
—No, ¿cómo crees, arquitecto…?
—Esteban, Amelia.
—Esteban… no puedo aceptarlo, perdón.
—Vamos a hacer un trato. Tú compras el material, y yo lo instalo. ¿Está bien? Y como pago… me invitas a cenar.
Amelia se quedó en silencio. Él la miraba tranquilo, seguro de sà mismo. Un hombre que sabÃa lo que querÃa y cómo conseguirlo. Ella aceptó.
Ese dÃa, Esteban la invitó a un café. Afuera, en la banqueta, conversaron como si se conocieran de antes. Amelia le contó cómo habÃa llegado a ese trabajo, lo mucho que se esforzó para destacar y las batallas que libró contra el machismo en la industria. Esteban la escuchaba atento, sin interrumpirla, sin quitarle la mirada de encima.
Este hombre me pone atención… y sabe escuchar. Dios… es maravilloso.
La llevó a casa, y antes de que bajara del coche, le dijo:
—Me agrada tu compañÃa. Eres inteligente, valiente… y muy bella.
Amelia sonrió, halagada. Él se acercó, le apartó un mechón de cabello detrás de la oreja y se despidió.
Esa noche no pudo dormir. No por preocupación, sino por emoción.
Pasaron los dÃas. Esteban se volvió habitual en su rutina: una flor en la mañana, un chocolate en la tarde, una dona glaseada con notas graciosas. La dejaba en casa por las noches y le regalaba besos tiernos pero cargados de deseo.
Un sábado, Esteban llegó con todos los materiales para impermeabilizar. VestÃa un overol azul, botas gruesas, y cargaba una caja de herramientas. Amelia le abrió la puerta en pijama: short de cuadros y una camisa holgada sin sostén. El roce de la tela revelaba más de lo que cubrÃa, y Esteban tuvo que hacer un esfuerzo para no quedarse observando demasiado.
—Te ves… cómoda —dijo con una media sonrisa.
—Tú vienes listo para trabajar, ¿eh? —rió ella.
Mientras él subÃa a la azotea, ella preparó el desayuno: panqueques, huevo revuelto, tocino y café. Al bajar, Esteban ya estaba sin camisa, con el overol abierto hasta la cintura y los músculos brillando por el sudor.
Se ve tan sexy… pensó Amelia.
—Me lavo las manos y voy contigo —le dijo él.
Sentados a la mesa, comenzaron a comer en silencio. La tensión era espesa, el deseo flotaba. Al terminar, Esteban se levantó, recogió los platos… y de pronto, la tomó por la cintura.
Le besó el cuello con lentitud. Su respiración en su oÃdo la hizo cerrar los ojos. Las manos de él bajaron a sus pechos, acariciándolos sobre la tela. Amelia gimió suavemente, arqueando la espalda. Se quitó la camiseta de un tirón, dejando sus pechos a la vista. Esteban los besó con hambre, lamiendo sus pezones mientras ella hundÃa los dedos en su cabello rizado.
Él se deshizo del overol y la cargó, sentándola sobre la mesa. Bajó su short y comenzó a besarla entre las piernas. Ella se aferró al borde de la mesa, gimiendo con intensidad. Luego la penetró con fuerza, haciendo que Amelia alcanzara un orgasmo casi al instante. Gritó su nombre mientras él la besaba, y después de unos minutos, él también alcanzó el clÃmax.
Esa tarde repitieron el acto dos veces más, hasta quedar exhaustos.
Desnudos en la cama, entre sábanas revueltas, Esteban acarició su cabello y le dijo, casi en susurro:
—Tengo un hijo. Tiene 18 años. Se llama Fernando.
Amelia parpadeó, sorprendida.
—Vive con su mamá, pero ha tenido algunos problemas… Estoy pensando traerlo a vivir conmigo. Solo estoy esperando el momento adecuado.
Ella lo miró sin decir nada. Él la abrazó.
—Sé que es mucho. Su mamá y yo nunca logramos entendernos. Pero por Fer… cambié mi forma de ver la vida.
—Vaya… Eres un gran padre, Esteban.
—Gracias, Ame. Te quiero.
La besó en la frente. Ella sonrió… pero por dentro, algo se habÃa activado.
¿Una madrastra?
Una madrastra joven… diez años mayor que el hijo de mi esposo.
Y sin saber por qué… esa idea le dio escalofrÃos. Pero no de miedo. De emoción.