Apenas llevaban tres días en altamar y Jelena ya había bajado dos kilos, por tanto vomitar por causa del mareo. Cosa que comía, cosa que devolvía. Y Merlín, pacientemente, le sostenía el cabello cada vez que ella se arrodillaba frente al balde, al lado de la cama, a vaciar su estómago; limpiaba todo el desastre, le hacía té de jengibre, la mantenía hidratada y le hacía masajes antes de dormir. Esa mañana, Jelena había amanecido un poco mejor. ¿Cómo no hacerlo? Si amaneció acostada sobre el pecho de Merlín. El mago aún seguía dormido, y Jelena aspiró ese particular olor de él. Olor a macho nefilim. Ese olor que siempre resultaba nauseabundo para los licántropos, pero que a ella siempre le había encantado, y de hecho siempre ha tenido un tipo de fetiche con él. Cuando eran una feliz pa

