Él me decía que el amor que le tenía no iba a ser suficiente para los dos.
—No te merezco, eres demasiado para mí. —Repetía con una tristeza infinita.
—Eres merecedor, amor mío. —Respondí con una tristeza disfrazada en una sonrisa.
—No lo soy, tu me amas demasiado y yo no puedo corresponder a tan bello sentimiento.
—Ya te he dicho que no me importa que no me ames como yo te amo a ti. Mi amor basta para los dos.
—No es así. —Me corrigió, dándome una mirada de advertencia. —No es justo para ti, pues tu mereces ser amada con la misma intensidad.
—¿Es qué acaso no te sientes digno de ser amado de esa forma? —Respondí herida. —¿Es qué no se puede amar con locura?
—No es eso, es solo que no quiero lastimarte, porque yo no te amo de la misma forma, esto terminará por consumirnos y terminaremos donde empezamos: siendo completos desconocidos.
Creo que al final el tenía razón. Yo estaba dispuesta a todo por él, tanto que hasta mi vida era capaz de entregarle con tal de que supiera lo mucho que lo amaba. Y ahí estaba yo, amarrada en un mástil de madera, tan alto que podía ver el reino, aunque con no tanta claridad, pues me rodeaba una hoguera gigante que hacia que mi vista se nublara.
No voy a mentir, quizá aquellos que me acusaron tendrían razón, porque no sentía nada, estaba tan inmersa en mis sentimientos y pensamientos que no sentía el fuego abrazador quemando mi piel desnuda, ni escuchaba los gritos y abucheos de la gente furiosa por acabar con mi vida. Ni sentía el calor del sol quemando mi existencia. Solo podía pensar en él.
Era injusto, mi amor era tanto que ni siquiera podía odiarlo, aunque estaba a punto de dar mi último suspiro por su culpa, yo lo seguía amando con locura.
No solté ni un grito, no maldecí a nadie por hacer sido juzgada falsamente, ni tampoco me llené de odio. Estaba serena y miraba al cielo, tratando de buscar una pizca de aliento. Mi vida se apagaba y yo solamente deseaba una cosa: que el estuviera presenciando el más grande acto de amor que pude haberle dado. Pero él no estaba ahí, y eso me hirió de una forma que mi corazón se sintió desgarrado. Solté unas cuantas lágrimas, que se camuflaron por el color rojo de las llamas ardiendo a mi alrededor, cerré mis ojos y solté mis últimas palabras: su nombre.
Al despertar, mi nombre era Dalia, una chica de la realeza en un pequeño reino de Edimburgo. Mi padre, el gran rey Nolan de Edimburgo, era conocido por ser un hombre justo y bueno, y todos en el reino estaban felices por tenerlo, claro, siempre había excepciones, pero generalmente eran todos muy felices.
Cumplidos los quince, estábamos mi padre y yo discutiendo sobre que tenía que encontrar marido pronto, para que el reino tuviera un sucesor, dado que no tenía hijos varones y yo era la hija mayor de una niña de apenas cinco años.
En media pelea, nos interrumpieron un par de guardias que irrumpieron y arremetieron sobre la puerta del salón del trono, donde mi padre atendía a la gente del pueblo. La razón de tal ofensa: entrar sin ser nombrado, fue por un joven de unos veinte o veinticinco años, el cual lo tenían agarrado por los brazos, el chico ponía resistencia, pero los corpulentos guardias lo sujetaban con fuerza. Mi padre pidió que se identificara a aquel joven, y los guardias lo reconocieron como un traidor al reino y a mi familia.
Mi padre pidió que lo soltaran, y aunque con mala gana, los guardias acataron la orden. Entonces, el joven se sacudió sus sucias ropas y se acomodó su enmarañado cabello rubio, y mirando con valentía a mi padre, esperó que le cedieran la palabra.
—Dime muchacho. —Habló mi padre. —¿Por qué te acusan mis guardias con tanto fervor de un traidor?
El joven apuntó sus verdes ojos hacia mí, quedándose prendado, y yo, como buena princesa, hice exactamente lo mismo, miré sus verdes ojos y noté su sentir. Era una mirada cálida, que me decía muchas cosas, sus ojos me prometían un futuro y una vida juntos. Pero pronto, el joven se obligó a salir de su ensoñación sacudiendo la cabeza, y volvió la mirada hacia mi padre.
—Me acusan de haber cruzado la frontera con el reino enemigo. —Alzó su voz, una voz encantadora y fuerte. —Lo que es verdad, ¡Oh mi gran rey! ¡Lo he deshonrado a usted y a su familia!, he cruzado la frontera con tal de buscar una mejor vida para mí y mi prometida. —Respondió el joven, afrontando la mirada fría de mi padre. —¡Pero estoy arrepentido! —Gritó para pedir clemencia.
Mi padre no hizo mucho, más que levantar la mano para enviarlo a ejecutar. El joven efectivamente había cometido el acto de traición más grande hacia nuestro bello reino, y las consecuencias eran su pronta ejecución en la plaza del pueblo. Pero algo me impulsó hacia el joven, una fuerza que no sabía que tenía escondida dentro de mi, y me precipité hacia él, a quien lo habían vuelto a apresar.
—¡Esperen! —Grité mientras corría hacia el. —No hagan otro movimiento sin mi consentimiento. —Terminé por decir. —Tengo un trato que hacerle a este apuesto caballero.
Mi padre se quedó boquiabierto, pero dejó que yo hiciera mi voluntad.
—Propongo a este hombre ser mi prometido, si está en verdad arrepentido y quiere volver a probar su lealtad, aceptará mi petición y se unirá a mi en matrimonio en jueves que viene.
—¡Pero princesa! —Gritó mi guardia real —¡Este hombre no es si quiera de la nobleza, no tiene título y menos pertenece a la alta cuna, mucho menos tiene el honor de ser un guardia que sirve al reino! —Al término de su frase, me miró con tristeza, él era mi amado, mi Gian, Guardia Real y noble sirviente al trono. Nos habíamos enredado una noche y después de aquello repetíamos cada que nos daba la gana. Pero mi corazón no lo amaba. En cambio, con tan solo mirar a aquel joven, mi corazón dio un vuelco de alegría, y se sintió conmovido por la historia del joven. Añadiendo que una historia de amor entre un guardia y una princesa como era yo, era más que penado por la ley, a menos que la ley se enamorara de su guardia, pero eso sería otra historia.
Tras unos minutos de meditación, mi padre aceptó la propuesta, y después miró al joven, el cual me miraba con inquietud y asombro por mi decisión.
—Entonces joven, qué decide —Alzó la voz mi padre.
—Acepto.