** ANGELA** Miré mis manos. Estaban manchadas con la sangre de Bianco. Me froté las palmas contra la tela de mi pantalón, pero el rojo parecía haberse filtrado en mis poros. —¿Sicilia? —susurré, y mi propia voz me sonó extraña, más profunda, más fría—. Allí es donde todo empezó. —Allí es donde todo terminará —respondió Bianco desde las sombras del fondo, vistiéndose con una camisa negra limpia con movimientos lentos y calculados—. En Sicilia las leyes de tu padre no valen nada. Allí el apellido Corbone es la única ley. Me acerqué a él, caminando con una seguridad que no sabía que poseía. Ya no me escondía, ya no temblaba. Si mi padre me había sentenciado a muerte por el simple hecho de sobrevivir, entonces Giovanni Colombo acababa de perder a su única hija y de ganar a su peor enemiga.

