**ANGELA** Él abrió los ojos lentamente, como si despertara de una pesadilla, y enfocó su mirada en mí. No había reproche en ella, solo una resignación cansada y algo más, algo más candente y peligroso que el miedo. —No toques nada, Angela —gruñó, pero sin fuerza—. Estoy bien. —No estás bien. Se te está reventando el costado. —¡Luca! —gritó él, ignorándome—. ¡Pisa a fondo! Que no sigan nuestra estela. El coche tomó una curva cerrada, derrapando sobre el asfalto mojado, y sentí el olor metálico de la sangre mezclándose con el cuero de los asientos. Mi padre estaba atrás. Mi vida, mi nombre, mi seguridad, todo se había reducido a polvo y escombros en esa villa. El trayecto fue una eternidad comprimida en veinte minutos. Nos adentramos en la zona industrial del puerto, entre contenedore

