**BIANCO** Ella abrió los ojos de golpe, ahogando un grito. Su mirada estaba desenfocada, llena de terror, hasta que sus pupilas se fijaron en las mías. Durante unos segundos, no hubo mafiosos, ni deudas de sangre, ni traiciones. Solo estábamos nosotros dos en el silencio de la mañana. —Bianco… —dijo, y su voz sonó rota, pequeña—. Creí que… creí que seguíamos en la carretera. Que te llevaban. —Nadie me va a llevar a ninguna parte —respondí, y para mi propia sorpresa, no sonó como una orden, sino como una promesa—. Estamos en Sicilia. Mi gente vigila cada centímetro de esta finca. Ella se incorporó lentamente, apoyándose en los codos, y se fijó en que yo seguía vestido con la ropa de ayer, arrugado y con ojeras profundas. Miró el sillón y luego volvió a mirarme a mí. —¿Has pasado toda

