**BIANCO** Llevaba horas caminando, guiado por un instinto primitivo. Mis hombres se habían quedado atrás, incapaces de seguir mi ritmo suicida. De pronto, la luz de mi linterna barrió la base de un roble inmenso y mi respiración se detuvo en seco. Allí, acurrucada entre las raíces como un pájaro herido, estaba ella. Se veía tan pequeña, tan frágil bajo la manta sucia. Tenía el rostro cubierto de picaduras, los pies ensangrentados y la piel con un tono pálido que me hizo temer que ya era solo un cuerpo vacío. Me arrojé de rodillas a su lado, tirando la linterna a un lado sin importarme nada. —Angela… —susurré, y mi voz se quebró de una forma que nunca antes había permitido—. Angela, mírame. Al sentir mi contacto, ella soltó un quejido ahogado y abrió los ojos con dificultad. Sus pupil

