**BIANCO** La solté con un desprecio que la hizo caer de nuevo sobre el colchón. Sus ojos, antes desafiantes, ahora eran dos pozos de pura confusión y miedo. Pero yo no veía a una mujer hermosa; veía la cara del hombre que se encogió de hombros mientras mi hermana perdía la razón. —¡Mañana nos vamos! —le grité, mientras me dirigía a la puerta—. Este castillo es demasiado cómodo para una rata de tu linaje. Salí sin mirar atrás y bajé al sótano de la mansión, un lugar donde el mármol se convertía en cemento frío y el aire olía a humedad y hierro. Allí, sobre una mesa de madera gastada, descansaba un sobre de cuero. Lo abrí y saqué la cámara. Subí de nuevo, pero no entré. Me quedé en el pasillo, observando por la rendija de la puerta. Ella se había quitado los zapatos y estaba hecha un ov

